miércoles, 29 de noviembre de 2017

Virtual


Calamus, un hombre felizmente casado. Medusa, una divorciada indiferente al amor. Ninguno de los dos deseaba nada fuera de esos encuentros virtuales que cada vez se prodigaban más. Ella buscaba en las entradas de su bitácora los delicados detalles de una escritura armoniosa. Él recorría con avidez los comentarios recibidos hasta encontrar el conocido avatar que la identificaba. 

Al poco tiempo, Mario dejó de ser un hombre felizmente casado y Elena una divorciada indiferente al amor.



Felipe Tajafuerte. 2017

sábado, 25 de noviembre de 2017

Vuelta a las andadas.



Parecía que en la última celebración se habían encauzado las cosas, pero el pasado viernes volvieron a cambiarse las tornas. Dos asociaciones celebraron, coincidiendo día y hora,  una la cena homenaje a la Elástica tudelana y la otra la cena homenaje a la Boina. De esta manera, aquellos a quienes nos gusta seguir estas tradiciones nos tenemos que dividir eligiendo una u otra. 


En su día comenté, recogiendo la opinión de numerosos tudelanos, que procedía una solución intermedia: festejar ambos eventos en dos viernes consecutivos distintos, uno para la boina y otro para la elástica, aunque el pregón fuese conjunto en la primera celebración. Así lo hicieron el año pasado. Por lo visto, al parecer, la idea es pésima a juzgar por la no repetición y la poca o nula aceptación suscitada en los responsables de la organización. No han hecho ni puto caso, ni a mí, ni al resto de concurrentes que solicitamos el acuerdo y mantenemos estas tradiciones con nuestra asistencia. Ellos a su bola, el uno por el otro la casa sin barrer.

En Tudela somos así. Tenemos dos agrupaciones corales, El coro Fernando Remacha y el Coro Joaquín Gaztambide, dos escuelas de jotas, la municipal Raimundo Lanas y la de Camino Martínez. En ambos casos, unas han nacido de una escisión de las otras y, por tanto, son como el agua y el aceite. Podría añadir algún incidente más, pero no quiero seguir metiendo el dedo en el ojo, y menos en el ajeno. Menos mal que también tenemos dos universidades la UNED y la UPNA, dos semanarios locales, Plaza nueva y La voz de la Ribera, tres comparsas de gigantes y cabezudos, tres museos, dos templos románicos, la Catedral y la Magdalena y hasta dos altos cargos eclesiásticos, el arzobispo  de la diócesis de Pamplona que, a su vez, es obispo titular de la de Tudela, y el obispo auxiliar para nuestra ciudad. Por tener, tenemos nada más que cuatro cuerpos policiacos: local, foral, nacional y la Guardia Civil. 


Bueno, que me voy por los cerros de Úbeda y quedan un tanto lejanos. Dejando de lado el asunto de ambos homenajes y ágapes, que tienen una mala solución aparente a corto plazo, debo decir que muy bien por el grupo murchantino con sus tostadas de ajo, bien por los Gaiteros de Tudela en su acompañamiento musical, y sólo regular el tema de las tapas de chistorra gratuitas en los establecimientos del bebercio. Propongo esta sugerencia a los organizadores: sería muy conveniente indicar en los carteles anunciadores el nombre de los bares que colaboran en este asunto, porque hay algunos que se aprovechan sin poner bota ni alforja. No acompañan nada con la bebida, costumbre muy arraigada por estos lares, y te cobran sus pinchos y no por un módico precio precisamente. Yo ya tengo vetados a un par de estos lugares pues en uno de ellos nos dieron la clavada y en el otro nos tomamos el vino a palo seco.

Este año, en esa noche, volvimos a tener de nuevo pregonera. Milagros Rubio, con boina y elástica muy bien puestas, en su condición de mujer de letras, que no de política, pronunció un hermoso pregón armonizado con una conjunción de heptasílabos y alejandrinos blancos líricamente entremezclados, como homenaje a la Boina y la Elástica tudelanas, que, por ende, fue un precioso canto a Tudela. 

Milagros Rubio y Pepe Alfaro (Foto de Jesús Marquina)

Acompañándola, además de un atento público interesado y el incombustible Pepe Alfaro, estuvimos algunos de los que hemos tenido la fortuna y el honor de haber pasado por las mismas labores pregoneriles que Milagros: Isidro López Fumero, Luis González "El jabonero", José Luis Zardoya Molinos y un servidor. Faltaron a la cita Inma Benítez  "Minina" y Fermín Aguado Pérez.  

Para finalizar esta entrada como mandan los cánones, doy mi más cordial enhorabuena a Milagros Rubio por su pregón, cuyo texto me ha facilitado amablemente y que hago extensivo para general conocimiento.

VII Pregón en homenaje a la Boina y Elástica tudelanas.

Languidece el otoño en mullidas alfombras
de abatida hojarasca.
El Ebro en sus espejos recoge enriquecido
el curso de los siglos.

Celtíberos, vascones, aragoneses, mecen
sus huellas en el río.
Mudéjares, judíos, muladíes, mozárabes
perfilan la Mejana en desiguales arcos
amarrados al puente.

Se desvanece el tiempo en quebrados recodos
Flotan en sus torrentes los impulsos de Muza,
del Ciego de Tudela las derramadas lágrimas,
la luz de Benjamín en venturosos viajes,
la prolongada sombra de sabiofuertes Sanchos.
Sinagogas, mezquitas, palacios, catedrales…
esparcen sus vestigios entre prados y sotos.
De nombres no nombrados yacen en los meandros
las diluidas sombras de eminentes mujeres.

Nuestro río es liceo de acaudaladas aguas.
Su historia navegable transporta la memoria
que amamanta la savia de nuestra filiación.
El Ebro es río fuerte. No es arroyo sin vida.
Es vida en desarrollo rebasando meandros
hasta llenar la luna de compartidos sueños.

Ayer es hoy, mañana, el día que vendrá
encauzando el camino que un día será culmen
en nuestras Facultades, afluyendo saberes
que soñó Teobaldo.

El Ebro porta aludes de nuevos manantiales.
Plural, diverso, libre, corre hacia su destino
engendrando aluviones, eméritos pilares
de nuestra identidad.

Próspera identidad cargada de afluentes
donde ideamos próximos motivos de ilusión.
Nuevas naves navegan. Tudela estrena afán
manteniendo utopías, recuerdos, experiencias
de siglos perdurables.

Cambiemos, conservemos, crezcamos sin crecernos
acompañando el curso fluvial de nuestra historia.

Somos por lo que fuimos. Borremos lo ominoso.
Tiremos al barranco violencias, miedos, hambre,
xenofobia, miseria, odios y fanatismos.
Olvidemos corsés, rigideces, batallas,
exclusiones, dictados.

Remontemos el vuelo.
Rescatemos lo noble de nuestros idos lustros:
la convivencia, el verso, lo diverso, la paz.

Abramos nuestras fuentes a todos los arroyos.
Siendo tiempos difíciles, tenemos existencias,
surtido solidario de altruista cobijo
al margen de banderas, de credos, de color.

Amparemos amores contra sed de ternura.
Abriguemos la mente calzándonos la boina
Boina que quita penas
Boina que da cobijo a  nuestras dignidades
Boina que roba espantos a cualquier amenaza
Boina que aúna el ayer al hoy del labrador.
Boina que no distingue entre hombres y mujeres,
boina que enfrenta el cierzo a la orilla del frío
para seguir nadando contra viento y marea.

Arropemos la vida colmando de valores
nuestro arca de Noé.

Vistámonos la elástica al saltar a la Nave
de la supervivencia. Sintámosla en el cuerpo.
al unir nuestras huellas de tiempos ya lejanos
a las que dibujamos por nuestra decisión,
resguardando el latido que nos mantiene en marcha.

Rescatando lo noble, borrando lo ominoso,
ciñendo a nuestra piel cálidas boinielásticas,
abriendo nuestras puertas,
remaremos los siglos.
Arropando su historia a lo ancho del Ebro,
proseguirá Tudela portando en su mochila
mestizaje, cultura, cambios y tradición.

Languidece el otoño. 
Tonifica Tudela sus nuevas primaveras.




jueves, 23 de noviembre de 2017

Hay cosas que me gustan



Confieso que me encanta
dibujar caracolas en la luna,
colarme en una fiesta de sirenas,
plantar las olas del amanecer,
ver el calidoscopio de las tardes
de otoño y admirar el terciopelo
de las puestas de sol.

Y que también me agrada
el grito silencioso de luciérnagas
embriagadas de estrellas,
la oquedad que protege a las hormigas
de la desafinada melodía
de los grillos rapsodas,
ignorar el futuro de los idus de marzo
que todavía no han desovado el mañana
y observar el pasado de reojo.

Pero no sé por qué me gusta tanto
soñar con un presente verbal de subjuntivo.






Felipe Tajafuerte. 2017

lunes, 6 de noviembre de 2017

Si quisieras


Si tú quisieras,
movería los montes,
pintaría el mar blanco donde bailan los peces
con el color magenta de un nuevo atardecer.

Si tú quisieras,
sembraría la noche
de estrellas fugaces dibujando alfileres
en las constelaciones vestidas de satén.

Si tú quisieras,

compondría canciones
de mis propios poemas y abriría las fuentes
de un cromatismo vivo con mágico pincel.

Si tú quisieras,
inhumaría el cofre
de las pulcras palabras que los poetas vierten
lamiendo mis heridas junto al viejo ciprés.

Si tú quisieras,
como quisiste entonces,
cultivar las veredas de aquel amor silente...
En fin, si tu quisieras, todo podría ser.



Felipe Tajafuerte. 2017

sábado, 21 de octubre de 2017

Mar



Acecha el viento.
Romanzas de sirenas
mecen las olas.

Cantan los pecios
en las profundidades
nanas esquivas.

Nimbos y cirros
sueñan junto a la playa
besos de espuma.



Felipe Tajafuerte. 2017

lunes, 16 de octubre de 2017

De nuevo Nerim

Mi amiga Nerim lo ha vuelto a hacer. Ha puesto voz a un trabajo mío publicándolo en su blog Audiolecturas. Al escucharlo he podido comprobar cómo, con una buena dicción sutil y cadenciosa, dando el verdadero sentido a las palabras escritas, se puede percibir la magia que, en ocasiones, encierra un breve poema.

Nerim y yo en Barcelona el pasado año


Podréis suponer mi satisfacción y agradecimiento por este nuevo regalo que me ha hecho esta bloguera tan excepcional. Nerim (Jone Miren Asteinza) es autora, además de los bogs Cajón secreto y Audiolecturas,  de los libros La escritora y el enterrador y otros relatos y Voces de madrugada

Ved el resultado final pinchando en la flecha REPRODUCIR del podcast que figura debajo de estas líneas. Podréis escuchar la sugerente voz de Nerim llena de matices y sentimientos, acariciadora, recitando el poema Sentí desfallecer que publiqué hace muy pocos días. Espero que os guste.



miércoles, 27 de septiembre de 2017

¿Omar, quizás?


Ocho y media de la mañana. Cuando penetré en la habitación siguiendo a la enfermera, la sombra de los prejuicios se abatió sobre mí al ver que me había tocado por compañero un musulmán.  Contestó a mis buenos días con otros buenos días casi inaudibles. Su acompañante dormía acurrucado en un sillón junto a su cama. Aliviado, comprobé que me habían asignado el lado de la ventana. Una cortina  a medio correr amparaba nuestra intimidad. Fui dejando mis cosas en el armario V. 
- Enseguida pasamos a rasurarte y a ponerte una vía; tu operación va a ser la segunda, me indicó la enfermera. 
Un tanto nervioso, miré por la ventana. A mi vista se ofrecía parte del barrio del Queiles, del polígono industrial y las laderas de Santa Quiteria. Un mañanero sol otoñal se abría paso entre algunas nubes de algodón y plomo.

Pidió educadamente permiso para poder utilizar su armario, el P. Lo pude apreciar mejor: era alto, delgado, moreno, con rostro demacrado y anguloso, oscurecido por una barba incipiente, en el que destacaban unos ojos vivos un tanto prominentes. Le eché entre treinta y cuarenta años. Retornó a su lugar musitando un gracias imperceptible. Volvió la enfermera y comenzaron los preparativos. Paseo en cama hasta el quirófano.  
-Hernia inguinal bilateral, ¿verdad? Asentí. ¿Quieres epidural o anestesia general?
-Total, no quiero saber nada de lo que pase ahí dentro.
Y no me enteré. Un vez en la habitación, a pesar de encontrarme amodorrado, pude darme cuenta de que recibió algunas visitas y salió con ellas fuera para no molestarme. Por los comentarios supuse que había comido poco. Tuve que pedir ayuda para ponerme en pie pues soy de las personas incapaces de hacer una micción en una redoma estando postrado. Pasé la tarde sin ganas de pegar la hebra a pesar de la compañía de amigos y familiares. 

No quise que se quedara nadie para acompañarme durante la noche. Mi mujer había sido operada recientemente y mi hijo había hecho más de seiscientos kilómetros para venir y, al día siguiente, tendría que hacer otros tantos para volver. Ya me las arreglaría con las auxiliares para levantarme.

Al poco de que mi familia se marchara, ya con la luz apagada, escuché un tenue murmullo monocorde procedente del otro lado de la cortina. Comprendí que estaba rezando. Me propuse no buscar ayuda para levantarme y orinar. Lo conseguí la segunda y tercera vez. A veces dormí y otras permanecí en duermevela. Hacia las seis y media de la mañana volví a escuchar la salmodia monótona susurrada durante un rato. Otra vez la oración, me dije. Por la mañana me preguntó qué tal había pasado la noche; me manifestó que me había escuchado pero no quiso molestar, y que estuvo atento por si precisaba algo. Después de desayunar, en la visita médica, nos anunciaron a ambos que podíamos marchar a casa en cuanto nos trajeran la documentación del alta. Como esto sucedió cercana ya la hora de la comida nos propusieron quedarnos a comer si lo deseábamos. 

Comenzamos a prepararnos. Me fijé en su vestimenta: un pantalón blanco y una especie de túnica también blanca, ambos impolutos; algo parecido a un jabador marroquí. Llevaba puesto lo que supuse un kufi del mismo color. Entablé una conversación parca, iniciada por él. Hablaba en tono muy bajo. Supe que llevaba internado seis días, que le habían intervenido de alguna dolencia del estómago y que vivía en el cercano pueblo de Villafranca. Nada más. Ni su nombre, ni su procedencia y, mucho menos, su situación.

Intuí que se trataba de una persona muy bien conceptuada porque tuvo numerosas visitas, de ambos sexos, todas muy atentas y comedidas. Me sorprendió que, cuando se encontraba en los momentos de oración, lo dejaban tranquilo.

No quise quedarme a comer. Él creo que sí. Al salir, estreché su mano deseándole la recuperación y que no nos volviéramos a encontrar en circunstancias semejantes.

Ya en los pasillos, un tanto abochornado por mis prejuicios iniciales, al reparar en que desconocía el nombre de una persona con la que había convivido unas horas y me había tratado con tanta corrección, hice un gesto de perplejidad, me encogí de hombros y, sin saber por qué, quizás por una de esas estupideces que a veces se nos ocurren, me dije: tal vez se llame Omar.

miércoles, 6 de septiembre de 2017

Sentí desfallecer



Sentí desfallecer.
Vi emerger un sórdido leviatán
de la profundidad de los miedos,
aflorar el desaliento con giros de amargura
y semblante de crisantemo.
Percibí la desazón arañando mis mañanas
y el desasosiego hurgando el destello de mis noches.
Un escalofrío de incertidumbres
anegó mis horas una a una.
Tenía los oídos ciegos a la confianza.
Los ojos cuajados de infortunio.
Mas, un apagado resplandor
-fanal en la oscuridad-
sembró la flor dúctil de la esperanza
precursora del optimismo.
Sin embargo, a pesar de ello, todavía...
                                           sentí desfallecer.


Felipe Tajafuerte. 2017

jueves, 31 de agosto de 2017

Volver a empezar


Desde el momento en que traspasó el umbral de mi casa me gustó por su sobriedad y su sencilla elegancia. Tenía buen aspecto y las referencias eran inmejorables. Destilaba empatía. Pronto nos compenetramos. Hicimos buenas migas y pasamos horas y horas en grata compañía. Cuando albergaba alguna duda acudía a ella y habitualmente daba respuesta a todos mis interrogantes.

De un tiempo a esta parte, comenzó a renquear y sus problemas internos se fueron intensificando. Pasó unos días en observación sin llegar a saberse qué es lo que le ocurría. No se acertó en el diagnóstico. Quizás su mal era congénito. Su edad tampoco hacía prever un final a corto plazo. Sin embargo, últimamente respondía con lentitud a mis requerimientos y, en ocasiones, se quedaba parada, como en otro mundo, flaqueando su memoria cada vez con mayor asiduidad. Hasta que ayer perdió sus constantes vitales y se apagó definitivamente. Había llegado su final.

En tan sólo un día, he constatado mi dependencia de ella. No me ha quedado otra opción. Ya he tomado las medidas oportunas para adquirir una nueva computadora.


Felipe Tajafuerte. 2017

lunes, 21 de agosto de 2017

Un paseo por las Cíes


Uno de los mejores recuerdos de estas vacaciones han sido los momentos disfrutados durante mi breve visita a las islas Cíes. Una visita largamente postergada a pesar de mi interés en acercarme a ellas en mis espaciados viajes a Galicia. Por una u otra causa, en todos ellos, hasta llegar esta ocasión, quedaron frustradas mis aspiraciones.

Faro y Monteagudo unidas por la playa
En Vigo, la mañana del día veintiséis de julio pasado, festividad de Santa Ana, amaneció esplendorosa, como corresponde a un verano que se precie, aunque sea en tierras gallegas. Una suave brisa hacía que las olas acariciaran los cascos de los catamaranes amarrados y dispuestos para recibir a los impacientes pasajeros. Una vez a bordo, esa misma brisa marina se transformó, a impulso de los poderosos motores, en un viento fresco que me hizo abandonar la proa, en la que me había instalado cámara en ristre. 


San Martiño
A pesar de dar la impresión de que los islotes se encuentran a tiro de piedra del puerto, la travesía se prolongó durante cincuenta minutos hasta atracar en el embarcadero de la isla Monteagudo que, junto a las de Faro y San Martiño, conforma el archipiélago de las Cíes. A mitad del trayecto, avistamos unos delfines y, detenida la navegación, tuvimos la oportunidad de disfrutar con sus juguetonas evoluciones. 


Playa de Rodas
Conforme nos fuimos acercando, pude contemplar la espléndida playa de Rodas, la más grande del archipiélago que une las islas de Faro y Monteagudo de forma natural y que en 2017 fue catalogada como la playa más hermosa del mundo. Efectuado el desembarco en ésta última isla, decidimos hacer un pequeño recorrido en lugar de aposentarnos en las blanquísimas arenas de la orilla. Tomamos el camino que parte del mismo embarcadero girando a la izquierda en dirección al camping ubicado en la isla de Faro. 


Desde la escollera
Atravesamos la escollera que une las dos islas de forma artificial e hicimos una pausa técnica en dicho camping. Reanudamos a continuación nuestro periplo por una estrecha pista, bien acondicionada, que, serpeando entre el arbolado, se encamina hacia el mirador de Pedra da Campá


El bosque estaba precioso
Durante la marcha pude admirar la belleza del paisaje de estas islas contrastando el verde del bosque, la blancura nacarada de la arena de sus diversas calas y los distintos azules del cielo y el mar fundiéndose en el horizonte atlántico, siempre acompañado de los estridentes graznidos de las gaviotas tratando de defender su territorio de nidificación de los extraños invasores de su hábitat. 


Gaviotas y helechos
La vereda se empinaba poco a poco y se retorcía una y otra vez para alcanzar la altura del mirador. Solamente en el último tramo se tornó en un repecho pedregoso un tanto exigente. 


Pedra da Campá
Una roca enhiesta exhibió ante nosotros un insolente agujero central, como el ojo de un Polifemo pétreo. Luego, la inmensidad del océano Atlántico, prometiendo lejanos y exóticos destinos. 


Paisaje isleño
No sé por qué me vino al pensamiento que al otro lado de esa inmensidad, en la sierra central peruana, se encontraba mi hija, quizás bajo un cielo tan limpio y un sol tan radiante como el que yo estaba disfrutando en esos momentos. Sonreí estúpidamente al darme cuenta de la diferencia horaria y de que lo más probable es que durmiera a pierna suelta. 



Otra vista desde el mirador
Tras unos momentos de descanso y deleite, volvimos sobre nuestros pasos porque debíamos tomar el próximo ferry a Vigo. No me cansaba de darle al gatillo de mi cámara fotográfica: árboles, aves, calas, raíces retorcidas... Todo quedaba guardado en la retina de una tarjeta digital. Mientras esperaba la hora de la vuelta a la ciudad, me refresqué con una cerveza en el bar que se encuentra junto al embarcadero. 


Camino de vuelta
Al alejarnos, todavía persistí haciendo fotografías de las islas. La visita a éstas había sido parca en el tiempo pero intensa en el contenido.


Raices
Dunas
Al pisar de nuevo el puerto de Vigo, fotografié una singular escultura: una enorme cabeza, ¿femenina?, apoyada en el suelo que, con sus grandes ojos, escrutaba nuestros pasos. 


Una singular escultura
Unos pasos cansinos que se dirigían hacia el autobús que nos llevaría al hotel donde teníamos preparado un excelente menú abundante en delicias marinas.

miércoles, 16 de agosto de 2017

¡Adiós, Trimbolera!

Se me ha ido una amiga bloguera entrañable. Fue una de las primeras amistades virtuales que hice cuando me inicié en este mundo de la blogosfera. Hasta última hora hemos seguido leyéndonos. Se sobrepuso a todo: el abandono de su hogar de Lanuza por la construcción del pantano, la muerte de su esposo Marcos, el diagnóstico de un cáncer... Todo sobrellevado de una forma admirable. Quizás le ayudó a ello su bitácora en la que casi todos los días nos mostraba la cara amable de la vida.

De izquierda a derecha: Liova, Trimbolera y yo en 2013
En  "El bosque de trimbolera", de la mano de Angelines Allúe Escartín, así se llamaba, conocimos el paisaje de su tierra, sus fotografías, sus paseos, la música que le gustaba y nos facilitaba, su poesía, su ternura, su fortaleza, su vitalidad, los homenajes de su pueblo a su marido Marcos, el nacimiento de su nieta Lucía, a su querido bolo, la nieve en Lanuza, las tormentas, cada una de las estaciones del año...

La amistad virtual se transformó en real gracias a  Liova, otra bloguera maña, llamada Cristina, a quien había conocido en persona en Cáceres, donde reside. En una excursión a Jaca quedé con ellas para pasar un rato de una tarde a finales del verano de 2013. La empatía que habíamos cultivado hasta entonces se transformó en mutua simpatía.

No ha dejado de publicar en su blog salvo en contadas ocasiones. El día catorce escribió lo siguiente: Estoy ingresada en el hospital. Un abrazo muy fuerte a todos. Volveré cuando se vaya la niebla. 

Este medio día se ha publicado una nueva entrada: Hoy Trimbolera ha visto a Marcos entre la niebla y las vacas... y se ha ido con él.

No he llegado a cumplir los deseos que manifestamos de encontrarnos de nuevo. Se ha marchado. Quizás coincida en otras esferas con Alberto Boutellier Caparrós, otro bloguero amigo que nos abandonó el pasado año. Descansa en paz, Angelines.

martes, 25 de julio de 2017

Jotas a Santa Ana



El formato habitual de una jota es el de la copla, es decir, una composición de arte menor, compuesta por cuatro octosílabos cuyo esquema es -a-a con rima asonante, aunque algunas veces lo hagan en consonante y rimen también el primer y el tercer verso.

A la hora de interpretar las que conozco, tanto las aragonesas como las riojanas y las navarras, las famosas Jotas del Ebro, tienen la misma estructura: se entonan comenzando por el segundo verso, continúan con el primero, segundo, tercero y cuarto, se repite este cuarto y se termina con el primero, guardando todo ello un sentido. Se convierte por tanto en una estrofa de siete versos en total que se cantan en este orden: 1,2,1,3,4,4,2, siguiendo la rima a-a-aa-. 


Esta entrada y estas jotas, cuyas letras he escrito, además de a nuestra Patrona Santa Ana, se las dedico a todos los joteros y joteras que contribuyen al mantenimiento de las costumbres y tradiciones de nuestra tierra, en especial a mi compañero de Javierada Jesús María Iturre, "Puchero", a quien siempre se le encuentra en esos menesteres, de cuya amistad disfruto y espero que algún día utilice alguna de estas cuatro jotas que muestro, acompañadas de otras tantas imágenes tudelanas de Santa Ana. 

¡Va por ellos!

Santa Ana triple en una de las capillas del coro de la catedral.
La gloriosa Santa Ana,
en su regazo de abuela,
tiene a la Virgen y el Niño
y es patrona de Tudela.


Santa y la Virgen en el Museo de Tudela
Son las jotas tudelanas
como el humo de las velas:
ascienden hasta los cielos
para ensalzar a la Abuela.


Imagen de Santa Ana triple en la iglesia de la Magdalena de Tudela
Que es consuelo de Tudela
en los gozos se proclama
los días de la novena
en honor a Santa Ana



Santa Ana Triple trasladadasal altar mayor de la catedral

Cuando pasa Santa Ana
durante la procesión
se hace un nudo en la garganta
y se inflama el corazón.


Felipe Tajafuerte. 2017

martes, 18 de julio de 2017

La playa del desembarco


Hacía solamente nueve días del setenta y tres aniversario del desembarco de las fuerzas aliadas en Normandía durante la segunda guerra mundial. Salimos de  la ciudad de Caen con destino a la población de Arromanches, el centro de las playas donde tuvo lugar dicho desembarco el día seis de junio de 1944, el denominado día D. Allí se construyó uno de los dos puertos artificiales Mulberries, el B, que fue primordial para el éxito de la Operación Overlord al permitir poner en tierra toda clase de bagajes necesarios para la contienda.

El Memorial de Caen
Yo, creo que como muchos de mis compañeros, me encontraba un tanto decaído después de visitar el Memorial de Caen, un museo imprescindible para conocer los entresijos de la segunda guerra mundial pero que resulta desalentador. La tarde, al contrario que la mañana, pintaba el paisaje con unos amenazadores y plomizos nubarrones grises más acordes con mis sentimientos. 

Interior de Memorial
La visita previa al Memorial había sido muy dura, en especial el documental del desembarco y los bombardeos que sufrió la ciudad, que causaron la destrucción del setenta por ciento de la misma. A pesar de la dificultad para entender el francés, el reportaje causó verdaderos estragos en mi ánimo. El realismo y la crudeza de las imágenes de los soldados durante la batalla fueron escalofriantes, mucho más descarnadas que cualquier escena de una película bélica. Al fin y al cabo, la segunda guerra mundial fue la primera guerra filmada.

La playa de Arromanches

Arromanches-les bains se encuentra a unos veinticinco kilómetros de Caen y, como ya he dicho, llegábamos un poco tocados.  Nuestro autobús pasó por una carretera en cuyas cercanías se encuentra el cementerio americano, aunque no lo vimos, afortunadamente creo yo, y nos dejó situados en un mirador sobre el pueblo, que desciende de las laderas y se ubica en una hondonada resguardada por acantilados. 

Otra vista de Arromanches
La torre de la iglesia se yergue airosa sobre el caserío que se acerca a la playa. En ella y dentro de sus aguas se encuentran los restos de los grandes cajones de hormigón que fueron traídos desde el puerto de Southampton para construir este puerto artificial al que llamaron puerto B y que fue el único operativo puesto que el denominado puerto A fue destruido días antes del desembarco por una descomunal tormenta.

Una de las entradas al pueblo de Arromanches
Descendimos hacia el poblado para hacer nuestro particular desembarco y un tanque con el cañón apuntando al mar nos dio la bienvenida. Más abajo, ya junto a la playa, unas plataformas metálicas que formaron parte de las pasarelas del puerto. Y más armas de esa guerra a lo largo del recorrido en jardines y estacionamientos. Todo orientado a rememorar los hechos acaecidos en la zona. 

Pasarelas
Hoy día, Arromanches es un sitio turístico localizado en un buen punto para visitar lugares de batallas y cementerios de guerra. No se trata de algo agradable pero, estando en Normandía,  lo creo imprescindible por las connotaciones históricas en un conflicto bélico, que no vivimos por los pelos, cuyas consecuencias contribuyeron a la configuración de un nuevo orden mundial.

Restos del puerto artificial Mulberry
Si Saint Michel me impactó por su belleza, el pisar las arenas de la playa de Arromanches lo hizo por el recuerdo histórico de una guerra que causó grandes sufrimientos en tantísimas personas.

Mural en Arromanches
Como es habitual, terminamos el recorrido en uno de los bares de la zona marítima. Sentado, saboreando una cerveza, observé enfrente un mural con unos niños escribiendo este mensaje: please no more war love.

Escultura a la entrada del Memorial de Caen
Como no domino el inglés, soy de la generación que maltrata el francés, aunque intuía el significado, he recurrido a la corte celestial; en concreto a un nuevo santo, un tal san Google y éste me ha puesto en contacto con su traslator que me informa que ese texto quiere decir en román paladino lo siguiente: por favor, no más amor de guerra. Me parece un buen mensaje, similar a la escultura junto a la entrada del Memorial de Caen, aunque los asuntos del santoral no sean muy de fiar.

miércoles, 12 de julio de 2017

Un lugar mítico

Desde hace mucho tiempo la roca normanda del Mont Saint Michel me había parecido un lugar esotérico y legendario que soñaba visitar. Este deseo se intensificó cuando, hace un par de años, leí el triller, publicado por Frederic Lenoir y Violette Cabesos, La promesa del Ágel, un bestseller al estilo de Los pilares de la tierra que, sin ser ninguna obra importante literariamente hablando, acrecentó el interés que siempre había sentido por poner los pies en ese imponente islote berroqueño. Pude cumplir este deseo hace escasamente un mes.

Saint Michel desde el estacionamiento de autobuses
Salimos temprano de Rennes y para las ocho y media de la mañana del miércoles catorce de junio, el autocar en el que viajábamos logró estacionar, prácticamente en solitario, en el parking habilitado a tres kilómetros de la isla rocosa donde se ubica la abadía dedicada a San Miguel.


Saint Michel desde la pasarela
Desde allí contemplé la majestuosa figura piramidal, inconfundible, de este monumento emergiendo de las arenas húmedas de la playa, en ese momento al descubierto por el retroceso de las aguas, donde se asienta la base de sus murallas y culminada por la aguzada torre de la iglesia abacial de la que sobresale una brillante estatua del Arcángel San Miguel luchando contra el dragón.

Hacia la Grand Degré
Unos autobuses lanzadera, navettes les llaman allí, nos aproximaron por el nuevo puente pasarela a unos cuatrocientos metros de las puertas del mítico islote, en cuyo entorno se producen las mareas más altas del continente europeo, dejándonos el camino expedito para que, como peatones, pudiéramos disfrutar de unas preciosas vistas despejadas sobre el Mont y la bahía.

El pueblo, que se desarrolló más abajo del cenobio edificado por los benedictinos, se extendió hasta el pie del peñasco transformándose en una plaza inexpugnable, ejemplo de arquitectura militar, y sus murallas y fortificaciones resistieron todos los ataques a lo largo de los siglos. Más tarde, tras la disolución de la comunidad durante la revolución francesa, fue transformada en prisión y en 1874 fue convertida en edificio histórico.

Iglesia parroquial de San Pedro
Tras la puerta de acceso, iniciamos una exigente ascensión por una estrecha calle, la Grande Rue, cuajada a ambos lados de comercios de souvenirs, ropa, libros, licores, bares, restaurantes etc. en dirección al abadengo. A la izquierda, un pequeño templo sale al paso del visitante; se trata de la iglesia parroquial de San Pedro en la que se encuentra una efigie del siglo XVI de Santa Ana educando a la Virgen. Un breve descanso en un mirador al pie de las escaleras que llevan a la sala de guardias nos permitió admirar el paisaje de la costa.

El río Couesnon desde la terraza
Después de atravesar dicha sala, previa entrega de los tickets para recorrer la abadía, subimos más escaleras entre los edificios de los monjes a la izquierda y la iglesia a la derecha, unidos por unos pasajes suspendidos, llegamos a una gran terraza en la que se encuentran el atrio de la iglesia abacial y unos tramos de la nave destruidos por un incendio en el siglo XVIII. Desde esta terraza se disfruta de una espléndida vista de la bahía, el islote Tombelaine, el canalizado río Couesnon y, más lejanos, el peñasco de Cancale y el Mont Dol.

La gaviota y el islote Tombelaine
Una insolente gaviota posó impertérrita ante mi objetivo, indiferente a todos los concurrentes.

La iglesia abacial

Cruzamos la sobria puerta que da acceso a la basílica. Es de tres naves, la central más alta que las laterales, majestuosa, sin más adornos que su soberbia arquitectura y unos sencillos bancos de madera.


Otro aspecto del interior

Está situada en la cima del peñasco, a ochenta metros sobre el mar y presenta tres alturas constituidas por arcadas, tribunas y ventanas altas. 


El claustro
Un pasaje en el lateral del evangelio nos abrió camino a un nuevo espacio que nos permitió admirar, a pesar de encontrarse en plenas obras de restauración, un magnífico claustro con una doble fila de columnas que trazan diversas perspectivas mutantes


Sala de huéspedes o visitantes
Mientras los obreros se afanaban en el trabajo, atravesamos su galería y recorrimos diversas salas comunicadas unas con otras y a distintas cotas: el refectorio, la sala de los Huéspedes, la cripta de gruesos pilares y otras capillas y criptas dispares hasta alcanzar una escalera que nos situó en la sala de los Caballeros, construida para sustentar el precioso claustro por el que habíamos pasado.


Cripta de gruesos pilares

Finalizamos el recorrido de esta maravilla en la Capellanía, establecida en el primer nivel, bajo la sala de los Huéspedes.


Sala de los Caballeros

Salimos al exterior, atravesamos un pequeño jardín y descendimos hasta llegar a la base de la escalera del Grand Degré


Otro aspecto de la sala de los Caballeros

Tomamos el camino de las murallas y continuamos bajando por el adarve, dejando el mar a nuestra izquierda y el pequeño caserío a la derecha, hasta sumergirnos en la vorágine del río de visitantes que a esa hora, cerca de las once de la mañana, atestaban la Grande Rue.


Una de las escaleras interiores
El calor apretaba de lo lindo por lo que nos introdujimos en una de las cervecerías allí situadas y pedimos unas bières très froides. A pesar de no estar a la temperatura solicitada y que tuvimos que llevarlas nosotros mismos a la mesa, nos soplaron la módica cantidad de 6,40€ por cada cervecica.


Escalinatas hacia la sala de guardias
Abandonamos el recinto amurallado no sin detenernos ante el restaurante La Mère Poulard, junto al puente levadizo, famoso por sus tortillas francesas de langosta y de bogavante, amén de los sablazos que dan al personal. 

La pasarela estaba repleta de viajeros que en esos momentos se acercaban al lugar que nosotros ya abandonábamos; unos a pie, los más en los autobuses navettes y otros en las coloristas navettes hippomobiles, unos grandes carruajes bien pertrechados tirados por caballos. 

Descendiendo por el adarve, a la izquierda el mar

No recuerdo las veces que, como la mujer de Lot, volví la vista atrás para retener en mi memoria y tomar las últimas instantáneas del mítico lugar que estaba dejando a mis espaldas, la gran pirámide del Mont Saint Michel, coronada por la dorada estatua del Arcángel San Miguel sobre la aguja de la torre de la iglesia, a ciento setenta metros por encima de la orilla.

Por el adarve, a la derecha el caserío

No tuvimos la suerte de contemplar la perspectiva de esta maravilla, este grand site de France, durante la pleamar cuando, gracias a la eliminación de la antigua carretera sobre el dique, sustituida por un puente pasarela eliminando el obstáculo que impedía el tránsito de las aguas de las mareas, adquiere el carácter de isla marítima, tal como la percibió el obispo de Avranches cuando, en el año 708, erigió el primer santuario en el Mont-Tombe, que así se llamaba entonces. De no haberse llevado a cabo esta modificación, dentro de veinticinco años, Saint Michel y su milenaria abadía hubieran estado rodeadas de praderas verdes en lugar de aguas azules.



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