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miércoles, 11 de enero de 2012

Evocación moscovita

Una reciente entrada en el blog de mi amigo Francisco Espada relativa a la partida de su hijo hacia Moscú me ha hecho evocar una anécdota sucedida durante el viaje que hice a Rusia hace poco más de año y medio.

No recuerdo muy bien si fue el último o penúltimo día de nuestra estancia en la capital rusa. Habíamos dejado el puerto fluvial por la mañana y, a medio día, almorzado en un barquito en el que posteriormente dimos un paseo por el río Moscova admirando los bellos edificios de la ciudad.


Sobre las rojas murallas del Kremlin emergía la blanca estructura del palacio presidencial y  las cúpulas doradas de las catedrales interiores de la Asunción, la Anunciación y del Arcángel San Miguel. Negros nubarrones, tercos, se cernían sobre la ciudad luchando denodadamente por ocultarnos el sol.

Nuestro paseo por el Moscova


Los responsables de nuestro grupo nos dieron a elegir entre estas tres alternativas: volver con el autobús a nuestro barco-hotel, quedarnos un poco de tiempo más y retornar en el metro acompañados de uno de nuestros guías o regresar por nuestros propios medios a la hora que quisiéramos.

Fuentes en el Moscova


Ante la contrariedad de mi cuñada, no hubo forma humana de convencer al cagueta de mi hermano para que permaneciese con nosotros que nos habíamos inclinado por la última opción de quedarnos y marchar en el metro después de media noche ya que deseábamos escuchar el carillón de la torre Spasskaya. Seguramente pesó sobre él la experiencia padecida en San Petesburgo. 


Personajes de cuentos y leyendas rusas


La tarde mejoró muchísimo. Las nubes dejaron que un espléndido sol iluminara los hermosísimos jardines de Alexander. Nos dimos un paseo por ellos haciendo hora para presenciar el relevo de la guardia. En un bar de la galería comercial de la plaza Manezhnaya nos tomamos unas excelentes cervezas rusas. Salimos nuevamente y admiramos el precioso estanque en el que se ubican figuras que representan personajes de cuentos y leyendas tradicionales rusas. 

Relevo de la guardia


Fuimos aproximándonos a la muralla del Kremlin porque la hora estaba ya cercana. A la siete de la tarde vimos, en vivo y en directo, el cambio de la guardia en el monumento al soldado desconocido. Allí arde la llama eterna y en una placa se puede leer:

 "Имя твоё неизвестно, подвиг твой бессмертен" 
(Tu nombre es desconocido, tu hazaña es inmortal)  
Hice unas cuantas fotos en primera fila. Poco más tarde en otro lugar de la muralla presenciamos la ceremonia de arriar la bandera por la guardia presidencial.


El Kremlin desde los jardines


A pesar de que ya habíamos estado en ella con anterioridad, volvimos a contemplar la magnitud de la Plaza Roja pasando por la Puerta de La Trinidad. Avanzando por la pequeña cuesta se nos va descubriendo en el horizonte el edificio inconfundible de la catedral de San Basilio. Se nos pasaron las horas sin darnos cuenta y la noche se nos echó encima.  Después de escuchar el carillón a las doce de la noche, nos dirigimos a la parada del metro en la que habíamos quedado con otros viajeros para tornar juntos al puerto fluvial donde se encontraba nuestro barco.


Catedral de San Basilio por la noche


Sabíamos perfectamente la estación en la que deberíamos finalizar el recorrido. Tomamos los billetes e iniciamos el trayecto. Íbamos contando las paradas. Cuando faltaban tres unas voces agitadas llamaron nuestra atención. Vimos salir a la mayoría de los pasajeros y algunos se dirigían a nuestro grupo haciéndonos señas para que nosotros también les siguiéramos.


- Faltan tres, todavía faltan tres, respondíamos sin apercibirnos de que no éramos entendidos.

Una de las estaciones del metro de Moscú
Nos quedamos solos. Apareció una funcionaria, la clásica señora rusa bien entrada en carnes, que con enérgicos ademanes nos echó fuera del vagón. Ya en el andén nos miramos los unos a los otros estupefactos. Nuestra cara era todo un poema. El tren partió raudo totalmente vacío. 

Era fácil recordar el nombre de la estación Kurskaya del metro


A los tres minutos llegó una nueva unidad, subimos a ella todos los pasajeros que habíamos sido expulsados de la anterior y junto a nuestros compañeros llegamos a nuestro destino sin más incidencias.

No hemos conseguido conocer la causa de este hecho. Ignoramos si fue un fallo mecánico, técnico o bien un aviso extraño. Nunca lo sabremos. Lo primordial es que tuvo un buen desenlace y no enturbió nuestros ánimos para la feliz conclusión de este viaje.  

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Noches blancas

sábado, 3 de septiembre de 2011

Noches blancas

Hace unos días llegó a mis oídos por casualidad, creo que fue en la tele, algo sobre las auroras boreales. Esto inmediatamente trajo a mi recuerdo el viaje que hicimos el pasado año a Rusia.

Fue un viaje inolvidable en todos los sentidos. Lo iniciamos en San Petesburgo y continuamos con un crucero de más de mil kilómetros a través de los ríos Neva, Svir, Canal del Volga-Báltico, Sheksna, Volga y Canal Moskvá, pasando por los lagos Ládoga, Onega, Blanco y embalse de Rybinsk, con paradas en Mandroga, Kizhi, Goritsy y Uglich para finalizar en Moscú.

Los días a bordo del Zosima Shashkov transcurrieron apaciblemente siendo testigos de unos amaneceres y unas puestas de sol impresionantes, rodeados de agua y de una vegetación exhuberante. La comida fue excelente en calidad y presentación. Por poner un pero, la estrechez de los camarotes.

En San Petesburgo es donde coincidimos con las noches blancas. Teníamos nuestra residencia en el barco, anclado en el puerto fluvial, a unos 15 kilómetros de la ciudad. Una noche (por decir algo), decidimos un grupo salir después de cenar para conocer este fenómeno natural en la propia ciudad. Tomamos el metro, a cuya boca nos acercó el autobús lanzadera. A las diez de la noche estábamos en San Petesburgo. Era sorprendente. La luminosidad era similar a la de España en agosto a las nueve de la tarde y estábamos a finales de mayo. 

Avenida Nevski a las diez y media de la noche

Y nos dieron las once

Eramos un grupo de nueve personas. Foto aquí, foto allá. ¡Cuantas limunsinas!... El tiempo se nos paso en un verbo. Como en la canción, nos dieron las diez y las once, y las doce y la una y las dos... Era hora de volver al barco porque ya había caído la noche y  a las cuatro de la mañana el sol nos daría de pleno a través del ventanal del camarote. 

Y las doce

Y la una

Quisimos hacerlo todos juntos en una limusina pero el puerto fluvial se excedía de su radio de acción. Optamos por el taxi y nos dispusimos para el consiguiente regateo. En el primero marchó un matrimonio con otra señora, en el siguiente dos amigas y en el tercero lo hicimos mi hermano y yo con nuestras esposas. Craso error el separarnos e irnos sin esperarnos los unos a los otros.

El taxi que tomamos nosotros no era oficial sino clandestino. Nos pidió 1.000 rublos. Sabíamos que los demás habían concertado 600, por tanto ofrecimos 400. Tras el regateo acordamos definitivamente 500 rublos (unos 13 euros). Como no estábamos seguros de que supiera donde llevarnos le facilitamos el teléfono del barco. Hablaba por el móvil a la vez que conducía a toda pastilla por las no muy iluminadas calles de la ciudad paralelas al río Neva. 

San Pedro y San Pablo a la una de la mañana

En la oscuridad, sin referencias, no sabíamos si nos llevaba por buen camino. Por señas le dijimos que le daríamos los 600 rublos, más bien por tranquilizarnos nosotros ya que mi hermano, un cagueta integral en estos casos, nos lo estaba poniendo más negro que la noche.



No sé cuanto tiempo duró la carrera pero se nos hizo eterna. Era noche cerrada cuando nos dijo que ya habíamos llegado y que le pagáramos. Nosotros no lo teníamos muy claro. De noche todos lo gatos son pardos. Enviamos a nuestra mujeres al puesto que había de vigilancia a preguntar. Al poco rato volvieron con las guías de guardia de nuestro barco. Tranquilizados ya, le dimos los 600 rublos. Nos exigía los 1.000. Sin hacerle el menor caso nos dirigimos hacia la pasarela y a nuestros respectivos camarotes. 

Anochecer durante el crucero

Por la mañana, comentando con nuestros compañeros contempladores de noches blancas, nos dijeron que a ellos también les habían solicitado el importe de los 1.000 rublos a pesar de ser taxistas con credencial.

La maravillosa excursión "nocturna" nos hizo pasar, sin solución de continuidad,  de una noche blanca a otra  negra, inquietante, tenebrosa a criterio de nuestras mujeres, ya que nos podía haber pasado cualquier cosa, según creían ellas.

Amanecer en el lago Onega

Es muy probable que tuvieran razón. Yo estaba más despreocupado pero mi hermano estaba totalmente de acuerdo con ellas. A partir de ese momento, creo que me he vuelto más precavido, aunque soy muy consciente de que en todas partes cuecen habas.


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