Mostrando entradas con la etiqueta relatos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta relatos. Mostrar todas las entradas

sábado, 22 de abril de 2023

La incógnita

 

(Imagen de la red)

Le habían recomendado aquel lugar con insistencia. Más tarde, ante las continuas invitaciones y promesas, a pesar de sus reticencias, decidió asistir y ver lo que allí se cocía. Sus temores se vieron refrendados. En ese convite todos se mascaban, pero nadie se tragaba, a pesar de querer hacer buenas migas. Quienes habían llegado de servilleta a mantel cortaban el bacalao y ponían las manos en la masa. Metidos en harina, rebozados en un clima de buenas intenciones, todos estaban al plato y a las tajadas, pero aquel guiso desprendía un descarnado tufo a rancio. Tampoco el pan era pan, ni el vino, vino. Sin comerlo ni beberlo, se olió la tostada: había mucho estómago agradecido cercano al bienmesabe. Con un hartazgo de milhojas, se abstuvo de participar en aquel gaudeamus y se fue a freír espárragos, abandonando la mesa en ayunas, ya que no quería hincar el diente en semejante pollo.

No supo discernir con certeza si era él quien no entendía la política o si ésta no estaba hecha para él.


Felipe Tajafuerte. 2023

jueves, 31 de marzo de 2022

Cajero poeta

 

Foto de la red

Introduje la tarjeta en la ranura adecuada. Elegí el importe preciso y, tras unos extraños jadeos, la pantalla mostró estas escamoteadoras redondillas:

Quizás prefiera el señor
que, en lugar de calderilla,
la presente ventanilla
con cajero seductor

suelte poemas de amor.
O, ¿tal vez le gustaría
cualquier otra poesía
de arte mayor o menor?

                                    Cien euros mucho mejor
                                    que tamaña insensatez
                                    -así respondí, ¡pardiez!- 
                                    al mudo interlocutor.



Felipe Tajafuerte.2022

domingo, 14 de marzo de 2021

Un encuentro inesperado

Me costó reconocerla cuando me llamó desde la cafetería del aeropuerto. Me encontraba haciendo hora para tomar mi vuelo y ella parecía regresar de algún país extranjero. Habían transcurrido casi dos lustros desde la última vez que nos vimos y su vestimenta me descolocó por completo, así como su carencia de equipaje. Me acerqué, entramos y nos sentamos junto al gran ventanal que mostraba las pistas. Ella pidió una menta poleo. Yo un cortado. Se le notaba con ganas de hablar y a mí no me importaba escuchar. Deformación profesional.

Mi amiga, movida por un arraigado sentimiento altruista, había estudiado educación especial y la solidaridad enraizó con entusiasmo en terreno abonado. Tenía un carácter fuerte y las ideas muy claras; la carta de San Pablo a los efesios, eso de que «las mujeres estén sujetas a sus maridos», no iba con ella. Con el tiempo, nos fuimos distanciando sin que hubiera ninguna causa y, durante algunos años, le perdí la pista definitivamente. Hasta ahora.

Asentí cuando comenzó a hablar: Sabes que me enrolé en una oenegé. Con ella marché a Benín para ayudar en una escuela de niños con situaciones especiales como autismo, síndrome de Down y de Asperger. Allí fui muy feliz realizando un trabajo tan satisfactorio y reconfortante como siempre había soñado. Pero surgió lo más inesperado: Era alto, enjuto, de rostro atezado, cabello ensortijado y barba un tanto rala. Apareció como por ensalmo y me atrajo como nadie lo había hecho hasta entonces. Intimamos. Noté las mariposas en el estómago y me sentí enamorada. En ese pequeño país, incluso entre las propias familias, conviven individuos de distintas religiones sin ningún problema. En mi caso lo hubo: la persona por quien me había colado era musulmán, pero no un musulmán cualquiera; se trataba de un imán. No tardé mucho tiempo en comprobar su integrismo y sufrirlo en mis propias carnes. Poco a poco me fue llevando a su terreno hasta anularme por completo. Sin embargo, estaba obnubilada, no era yo. Con el fin de agradarle, me convertí al islam, vestía de la forma que me indicaba, nunca le llevaba la contraria y siempre caminaba detrás de él. Dejamos de ir a celebraciones con mis compañeros porque no transigía que hubiera en la mesa ni una sola botella de vino o de cerveza para que ellos bebieran, aunque nosotros no lo hiciéramos. Dejé de venir a pasar las vacaciones navideñas con mi familia porque él me lo impidió. Un buen musulmán no celebra la Navidad, me decía. Fui incapaz de rebelarme. Mi refugio fue durante mucho tiempo internet, aunque a hurtadillas.

Al oírla, no salía de mi asombro. Me costaba hacerme a la idea pensando en cómo era. De cualquiera otra lo hubiera creído a pies juntillas, pero ¿de ella? Siempre había sido indiferente, más bien contraria, a las cuestiones religiosas. Aunque, por tradición familiar, era considerada católica, apostólica y romana, nunca había sido una niña piadosa. Ni siquiera consideró su primera comunión como “el día más feliz de su vida”. A pesar de realizar sus estudios primarios y de bachillerato en las jesuitinas, o quizás debido a ello, la religión le traía al pairo y, más adelante, durante su adolescencia, cuando las ideas comenzaron a reordenarse en su cabeza, se declaró abiertamente agnóstica, con gran desconsuelo por parte de su madre, que era tan devota. Aún recuerdo cuando, ante los problemas de visión de ésta, le soltó flemática: Mamá, debes hacer alguna visita al oftalmólogo en lugar de tantas a Santa Lucía, por muy abogada de la vista que sea.

Estaba perpleja con lo escuchado hasta ese momento y debió notar mi asombro porque sonrió continuando su relato: El amor es ciego, ¿sabes? Me tenía abducida. Ahora, en la distancia, dudo si fue amor o una simple atracción física. A pesar de todo, me sentía feliz. Frustrada, pero feliz. Al menos eso creía entonces. Sin embargo, ante sus celos continuados, pienso que enfermizos, poco a poco, fui recuperando la lucidez y dándome cuenta del sometimiento al que me veía forzada. Las discusiones, inicialmente tímidas, comenzaron a prodigarse más y más, aumentando día a día mi atrevimiento y aplomo. Quizá se fue apagando el fulgor del enamoramiento o los ardores de la pasión y ello hizo que brotaran en mí, de nuevo, la autoestima y el amor propio. Todo estalló de súbito. La bofetada me hizo abrir los ojos y me cerró el corazón. Había soportado vejaciones, pero que me pusiera la mano encima, ni hablar. ¡Hasta ahí podía llegar! Me planté y … Allí se ha quedado.

Dirigí la mirada a su ropa y le pregunté qué hacía vestida de esa manera. Acabo de llegar con lo puesto y no me ha dado tiempo de comprar nada, me contestó. Pero ¿ahora eres creyente? Inquirí con curiosidad. ¡Bah! Nunca lo he sido, fue su respuesta. Me convertí al islam, ante su insistencia, por complacerle y no arruinar su carrera. A veces se cometen estupideces sin pensarlo. Este periodo me ha servido para reafirmarme en mi agnosticismo de siempre. Además, me subleva el machismo de las religiones monoteístas. Dios, por no ser humano, debiera carecer de sexo. Sin embargo, lo mismo Yahveh que Alá, Cristo, su Padre y el Espíritu Santo (aún con forma de paloma) lo poseen. Son todos muy masculinos ellos. ¡Tiene huevos! (nunca mejor dicho). Así nos ha ido a nosotras, siempre hemos sido “la mala de la película”. Esta percepción de las mujeres como causantes de todos los males se ha perpetuado lo largo de los siglos. ¡Joder, si hasta la guerra de Troya fue por culpa de una mujer que le puso los cuernos a un vejestorio!

No pude menos que sonreír ante el exabrupto. Mi amiga estaba lanzada. Todo, prosiguió relatando, está basado en la desdichada concepción del sexo como pecado, algo inexistente en la antigüedad. Las religiones patriarcales, cuyos sacerdotes siempre han sido masculinos, han encarnado la tentación, cómo no, en el cuerpo desnudo de las mujeres y jamás en los de los hombres. Nosotras, ya lo ves: brujas, siempre brujas, dispuestas para la hoguera. Como las de Salem o Zugarramurdi. La consagración de la maldad femenina se remonta al día en que, según las tres grandes religiones, la primera mujer de la historia nos arrojó a todos del Paraíso. Tanto el Corán como la Biblia coinciden en ello.

Anunciaron la próxima salida de mi vuelo. El tiempo había transcurrido sin apenas darnos cuenta. Todavía añadió con premura: Cuando escribas esta historia, cosa que estoy segura que harás, en esa revista en la que colaboras, no se te ocurra mencionar ningún nombre. Por favor, hazme caso.

Nos despedimos con un par de besos y la promesa de vernos en una nueva ocasión. Además, nos facilitamos nuestros respectivos teléfonos móviles. Ella marchó a una tienda cercana muy conocida para comprarse una ropa más acorde con su situación actual. Yo me dirigí rauda hacia mi puerta de embarque, un tanto alucinada por lo que acababa de oír. En ningún momento dudé de la veracidad de lo escuchado.

Acomodada en mi asiento, elucubré sobre las historias tan extrañas a las que conduce el amor o la pasión… O, tal vez, la religión.





                                                               (Relato publicado en la revista ASCHEL DIGITAL a solicitud de sus editoras Asunción Caballero y Chelo de la Torre)


martes, 4 de septiembre de 2018

Certeza


Era Fidel, no me cabía la menor duda. Como siempre que viajaba a Tudela, me acerqué al casco histórico para dar un paseo por sus emblemáticas calles. Las alegres notas de La primavera de Vivaldi, sobrevolando los aleros de sus casas solariegas, habían llamado mi atención cuando transitaba por el empedrado de la Rúa. 

Allí estaba, ante el portal de La Casa del Almirante. El mentón apoyado en la barbada de la tapa del violín, la mano izquierda en el mástil y la derecha meciendo el arco con la acompasada energía que exigía la música. De las cuatro cuerdas surgían vivaces los sonidos denotando su virtuosismo. 

Me costó reconocerle después de los años transcurridos desde nuestro último encuentro. Su rostro enjuto mostraba las estrías del frío, del calor, del hambre y del alcohol. De sus ojos había desaparecido la chispa de los triunfadores. Un marcado rictus de amargura había borrado su otrora sonrisa seductora. 

Me miró un instante, volvió la vista y continuó con su labor. No dijo nada, pero sé que me reconoció. Al fin y al cabo, yo no había cambiado tanto como él. Respeté su actitud esquiva y tampoco dije nada. La empatía me hizo pensar que quizás sentía vergüenza por su actual situación. No quise preguntarle por Cármen ni por su empleo como concertino en la Sinfónica de Melbourne. Ni se me ocurrió solicitar su aprobación para hacerle una fotografía. 

Dejé un billete de diez euros en la gorra tendida boca arriba en el suelo y proseguí mi camino hacia la catedral de Santa María. 


Felipe Tajafuerte. 2017 

jueves, 8 de marzo de 2018

La carta



Nunca me creíste. Por eso te mentí cuando, ante tu insistencia, confesé que te había sido infiel. Creí que así, rebajándome a solicitar un perdón que no tenía por qué, tal vez recobrases la sensatez. Fue peor el remedio que la enfermedad. Tus ojos no volvieron a reflejar la luz de la comprensión y, mucho menos, la del cariño. Tuve, además, que soportar tus infidelidades con quien ya sabes. 

Fue más tarde, entonces tú ya me habías arrojado al desván de la indiferencia, cuando conocí a otro hombre. Me trató con ternura. Era todo lo que tú no eras y ocurrió lo que tenía que ocurrir. En esta ocasión fue cierto: te engañé con él en un momento de debilidad. O de lucidez. Me propuso marcharnos, pero fue muy sincero al advertirme de que le quedaba muy poca vida. Piénsalo bien, me dijo, porque no vamos a estar mucho tiempo juntos. Fui cobarde y elegí permanecer a tu lado porque, a pesar de todo, inexplicablemente, te quería. 

Ahora, no. Cuando leas esta nota, si es que lo haces, ya no estaré aquí. Me habré encontrado con él en el lugar de los sin retorno. Cuídate de la herrumbre del rencor que ha corroído toda tu vida, pero, sobre todo, en el momento en que llegues a donde yo me he ido, no me busques. Te suplico que me hagas este único favor. Toda la eternidad contigo sería un verdadero infierno. 

Nunca más tuya, Inés. 


Felipe Tajafuerte. 2018


miércoles, 29 de noviembre de 2017

Virtual


Calamus, un hombre felizmente casado. Medusa, una divorciada indiferente al amor. Ninguno de los dos deseaba nada fuera de esos encuentros virtuales que cada vez se prodigaban más. Ella buscaba en las entradas de su bitácora los delicados detalles de una escritura armoniosa. Él recorría con avidez los comentarios recibidos hasta encontrar el conocido avatar que la identificaba. 

Al poco tiempo, Mario dejó de ser un hombre felizmente casado y Elena una divorciada indiferente al amor.



Felipe Tajafuerte. 2017

miércoles, 27 de septiembre de 2017

¿Omar, quizás?


Ocho y media de la mañana. Cuando penetré en la habitación siguiendo a la enfermera, la sombra de los prejuicios se abatió sobre mí al ver que me había tocado por compañero un musulmán.  Contestó a mis buenos días con otros buenos días casi inaudibles. Su acompañante dormía acurrucado en un sillón junto a su cama. Aliviado, comprobé que me habían asignado el lado de la ventana. Una cortina  a medio correr amparaba nuestra intimidad. Fui dejando mis cosas en el armario V. 
- Enseguida pasamos a rasurarte y a ponerte una vía; tu operación va a ser la segunda, me indicó la enfermera. 
Un tanto nervioso, miré por la ventana. A mi vista se ofrecía parte del barrio del Queiles, del polígono industrial y las laderas de Santa Quiteria. Un mañanero sol otoñal se abría paso entre algunas nubes de algodón y plomo.

Pidió educadamente permiso para poder utilizar su armario, el P. Lo pude apreciar mejor: era alto, delgado, moreno, con rostro demacrado y anguloso, oscurecido por una barba incipiente, en el que destacaban unos ojos vivos un tanto prominentes. Le eché entre treinta y cuarenta años. Retornó a su lugar musitando un gracias imperceptible. Volvió la enfermera y comenzaron los preparativos. Paseo en cama hasta el quirófano.  
-Hernia inguinal bilateral, ¿verdad? Asentí. ¿Quieres epidural o anestesia general?
-Total, no quiero saber nada de lo que pase ahí dentro.
Y no me enteré. Un vez en la habitación, a pesar de encontrarme amodorrado, pude darme cuenta de que recibió algunas visitas y salió con ellas fuera para no molestarme. Por los comentarios supuse que había comido poco. Tuve que pedir ayuda para ponerme en pie pues soy de las personas incapaces de hacer una micción en una redoma estando postrado. Pasé la tarde sin ganas de pegar la hebra a pesar de la compañía de amigos y familiares. 

No quise que se quedara nadie para acompañarme durante la noche. Mi mujer había sido operada recientemente y mi hijo había hecho más de seiscientos kilómetros para venir y, al día siguiente, tendría que hacer otros tantos para volver. Ya me las arreglaría con las auxiliares para levantarme.

Al poco de que mi familia se marchara, ya con la luz apagada, escuché un tenue murmullo monocorde procedente del otro lado de la cortina. Comprendí que estaba rezando. Me propuse no buscar ayuda para levantarme y orinar. Lo conseguí la segunda y tercera vez. A veces dormí y otras permanecí en duermevela. Hacia las seis y media de la mañana volví a escuchar la salmodia monótona susurrada durante un rato. Otra vez la oración, me dije. Por la mañana me preguntó qué tal había pasado la noche; me manifestó que me había escuchado pero no quiso molestar, y que estuvo atento por si precisaba algo. Después de desayunar, en la visita médica, nos anunciaron a ambos que podíamos marchar a casa en cuanto nos trajeran la documentación del alta. Como esto sucedió cercana ya la hora de la comida nos propusieron quedarnos a comer si lo deseábamos. 

Comenzamos a prepararnos. Me fijé en su vestimenta: un pantalón blanco y una especie de túnica también blanca, ambos impolutos; algo parecido a un jabador marroquí. Llevaba puesto lo que supuse un kufi del mismo color. Entablé una conversación parca, iniciada por él. Hablaba en tono muy bajo. Supe que llevaba internado seis días, que le habían intervenido de alguna dolencia del estómago y que vivía en el cercano pueblo de Villafranca. Nada más. Ni su nombre, ni su procedencia y, mucho menos, su situación.

Intuí que se trataba de una persona muy bien conceptuada porque tuvo numerosas visitas, de ambos sexos, todas muy atentas y comedidas. Me sorprendió que, cuando se encontraba en los momentos de oración, lo dejaban tranquilo.

No quise quedarme a comer. Él creo que sí. Al salir, estreché su mano deseándole la recuperación y que no nos volviéramos a encontrar en circunstancias semejantes.

Ya en los pasillos, un tanto abochornado por mis prejuicios iniciales, al reparar en que desconocía el nombre de una persona con la que había convivido unas horas y me había tratado con tanta corrección, hice un gesto de perplejidad, me encogí de hombros y, sin saber por qué, quizás por una de esas estupideces que a veces se nos ocurren, me dije: tal vez se llame Omar.

jueves, 31 de agosto de 2017

Volver a empezar


Desde el momento en que traspasó el umbral de mi casa me gustó por su sobriedad y su sencilla elegancia. Tenía buen aspecto y las referencias eran inmejorables. Destilaba empatía. Pronto nos compenetramos. Hicimos buenas migas y pasamos horas y horas en grata compañía. Cuando albergaba alguna duda acudía a ella y habitualmente daba respuesta a todos mis interrogantes.

De un tiempo a esta parte, comenzó a renquear y sus problemas internos se fueron intensificando. Pasó unos días en observación sin llegar a saberse qué es lo que le ocurría. No se acertó en el diagnóstico. Quizás su mal era congénito. Su edad tampoco hacía prever un final a corto plazo. Sin embargo, últimamente respondía con lentitud a mis requerimientos y, en ocasiones, se quedaba parada, como en otro mundo, flaqueando su memoria cada vez con mayor asiduidad. Hasta que ayer perdió sus constantes vitales y se apagó definitivamente. Había llegado su final.

En tan sólo un día, he constatado mi dependencia de ella. No me ha quedado otra opción. Ya he tomado las medidas oportunas para adquirir una nueva computadora.


Felipe Tajafuerte. 2017

miércoles, 17 de mayo de 2017

La escapada

Menestra de Tudela

Este fin de semana no me quedo en Bilbao, me dije. Sin pensarlo dos veces, llamé a Miren y, en un pispás, acordamos emprender una escapada.

- ¿Qué te parece Tudela? Están en plenas jornadas de exaltación de las verduras, pasaremos desapercibidos y, además, disfrutaremos de la buena mesa. 

Llegamos justo a la hora del yantar. ¡Qué menestra! Tenía, como los naipes, cuatro ases: espárragos, alcachofas, habas y guisantes.  Seguidamente dimos buena cuenta de una cazuela de cordero en chilindrón regado con un excelente vino navarro. Paseando nos llegamos a su recóndita catedral. Recorrimos engarzados como dos tortolitos de estreno las angostas calles del casco histórico cuajadas de bares en los que degustamos unos exquisitos pinchos de verdura. Nos dieron las tantas y emprendimos el camino al hotel para terminar una jornada memorable. ¡Qué noche la de aquel día! Como el poeta, montado en potra de nácar, corrí el mejor de los caminos.

Cuando estábamos desayunando, vi bajar al comedor a Julen enlazando con entusiasmo y dominio la cintura de Edurne, mi santa esposa, a la que suponía en Valencia asistiendo a un Congreso de Medicina Naturista.   


Felipe Tajafuerte. 2017

miércoles, 28 de diciembre de 2016

El bonito cuento de los juegos florales


En un lugar muy cercano, cuyo nombre recuerdo perfectamente, pero no quiero nombrar, se convocaron unos juegos florales en el que rivalizaron algo más de medio centenar de aspirantes. La mayoría de ellos, aunque no todos, como ya se verá más adelante, habían preparado concienzudamente sus trabajos con el noble propósito de alcanzar los codiciados laureles de la victoria. Como en toda competición poética que se precie, hubo un ganador, un segundo premio y tres menciones honoríficas.

Tras la apertura de las plicas y la entrega de premios, en un aparte, se oyó decir al vencedor del certamen que el trabajo con el que había concurrido no era suyo, sino obra de un amigo al que había suplantado ya que éste no quería darse a conocer. La espontánea confesión causó el estupor entre los que la escucharon. Adujo en su defensa que, en las bases del condicionado de la convocatoria, solamente se exigía que los poemas fueran inéditos y originales, pero que en ningún lugar estaba escrito que el autor debiera ser la persona que se presentaba a dicho concurso. Los que esto oían no salían de su asombro y le exponían a trochemoche sus argumentos tratando de que entrase en razón. 

Hombre, esto es similar al valor en el soldado, se le presupone, además se trata de un engaño no solo al jurado, sino también al público asistente que te ha dado su aplauso considerándote un creador, si lo que quieres es dar a conocer a tu amigo el sistema es muy sencillo, le pides su autorización, presentas la obra con su nombre y, si resulta galardonado, recoges el premio en su ausencia, no hay ningún problema, ¿no será que no se atreve a competir por temor a no ser el elegido?

A pesar de estas y otras reflexiones de los presentes, no hubo manera de convencerlo para que se apeara del burro. Es más, manifestó su firme propósito de seguir actuando de idéntica manera en próximas ocasiones y que todo su afán consistía en revelar al público las excelentes cualidades poéticas de su compañero. Nadie comprendía el extraño propósito de promocionar a alguien que no deseaba dar la cara. 

El boca a boca hizo de las suyas y la indignación crecía  y crecía como bola de nieve por algo que todos calificaban como una desfachatez. Sin embargo, el autor de tal desaguisado continuaba jactándose impunemente de su hazaña.

Llegado a oídos de los organizadores el runrún de los hechos, reunidos en cónclave, decidieron por unanimidad que, mientras no se demostrase lo contrario, se trataba tan sólo de un bulo, producto de las calenturientas mentes de algunas personas envidiosas. Eso sí, por precaución, acordaron para sucesivas convocatorias exigir que las obras fuesen propias de quien se presentase al concurso.

Narran los cronicones que la ciudad entera respiró con alivio ante esta sabia y tranquilizadora decisión a la que habían llegado sus próceres, las aguas fueron volviendo poco a poco a su cauce y todo se fue olvidando. Se iniciaron los preparativos para un nuevo certamen...

En la soledad de una habitación, alguien repasaba con obstinación los textos inéditos de un amigo pusilánime.


Felipe Tajafuerte. 2016

lunes, 24 de octubre de 2016

Revuelo cromático




El azul, al que sus compañeros rojo y verde ninguneaban por estar detrás de ellos en el orden del arco iris, se mosqueó y se marchó dejándolos plantados con el culo al aire. En un principio no les importó, pero pronto comenzaron a echarlo en falta porque, al quedarse solos, se dieron cuenta de que no podían formar el blanco y, a causa de esto, la vía láctea se volvió oscura como la noche, desaparecieron las estrellas y la luna, las montañas perdieron la nieve, las perlas el nácar y algunos pueblos el enjalbegado. 



El verde, al faltar el azul, no pudo conformar el cian, el celeste para entendernos, por lo que los cielos se llenaron de nubarrones y apareció en su lugar un color tan inesperado y triste como el gris, que transformó las turquesas en granito.



El rojo estaba preocupado, porque su mezcla con el azul daba ese color tan raro que no era ni fucsia ni violeta al que nadie había visto nunca ni sabía qué demonios se ocultaba tras él, aunque los que se creían entendidos lo llamaban magenta. De alguna forma había que llamarlo.


RGB (Los Azrover de toda la vida)

Ambos dos, el rojo y el verde, que se mascaban pero no se tragaban, haciendo de tripas corazón, se fundieron en un fuerte abrazo y surgió el amarillo. Éste tenía sus cosas buenas: doraba las espigas, pintaba el sol, los limones y hasta las naranjas si se mezclaba con algo más de rojo; pero agostaba las hierbas, y las hojas de los árboles, con el transcurso del tiempo, se caían al modificar su color verde en ocre, ese amarillo entrado en años. 


Por su parte, el azul, al que la soledad comenzaba a pesarle, estaba triste ya que no podía jugar con ningún otro color, y eso era monótono y aburrido. Por ende, al no contar con el rojo, los atardeceres habían perdido sus gamas violetas y las moras no maduraban. 

Apesadumbrados el rojo y el verde se pusieron de acuerdo para buscar a su compañero. Removieron cielo y tierra sin que diera señales de vida. El mar, donde siempre se refugiaba, había adquirido el tono gris de las tormentas y las olas se encrespaban furiosas por su desaparición.

CMYK (Los Mamcine de siempre)

Cuando ya desesperaban de lograr su propósito se vieron alterados por la presencia de un pariente cercano: el negro. El negro era el color del que todos huían como de la peste porque siempre era asociado a los hechos más nefastos, incluso a la muerte. Las cosas más horrendas llevaban su apellido: la peste negra, la pena negra, la oveja negra, la mano negra, la magia negra, la viuda negra… Sin embargo, a pesar de su leyenda negra, no era mala persona. Era un tanto oscuro, pero tenía su aquel. Viéndolos tan mohínos, preguntó la causa de su aflicción. Dejando a un lado su desconfianza, el rojo y el verde le expusieron sus penas, además de su preocupación por todo lo que estaba sucediendo por la ausencia del azul. Se sentían avergonzados por el desdén al que habían sometido a su compañero. 


- El menosprecio siempre trae malas consecuencias, lo sé por experiencia, dijo el negro. Además, en vuestra familia, los Azrover, los aditivos de toda la vida, vosotros dos, junto al azul, os creéis los más importantes y os llamáis primarios. Sin embargo, en la nuestra, la de los Mamcine, los substractivos de siempre, sucede lo contrario y para nosotros sois secundarios. Aunque en todo momento os hayáis creído, por provenir de la luz,  los colores puros del cromatismo universal, no sois el ombligo del mundo. Pero no os preocupéis, creo que tengo la solución a vuestro problema. Ya sabéis que yo estoy formado por la conjunción de los pigmentos cian, magenta y amarillo. Vosotros mismos estáis también unidos a este equipo. Si todos cedemos un trocito del cian y otro del magenta que contenemos, con la unión de esas dos partes encontraremos el azul.


Sorprendidos por la agudeza de aquel familiar, llevaron a la práctica su consejo y la operación resultó satisfactoria para todos. Los tres colores volvieron a estar juntos de nuevo y aprendieron a divertirse formando otras muchas tonalidades mezclándose unos con otros, sin tener en cuenta quienes eran primarios, secundarios, terciarios o complementarios. Todos eran colores y cada uno cumplía su misión dando el matiz adecuado a cada cosa.

Mejor mezclados

Hace algún tiempo que se ve al rojo, al verde y al azul, junto con el amarillo, el cian y el magenta, arropar sin complejos al negro, pero éste, en ocasiones, prefiere huir subrepticiamente, dejando tras de sí una brillante estela irisada.

Felipe Tajafuerte. 2016

martes, 12 de julio de 2016

Donde se cuenta la verdadera causa de una negativa



Te niegas en redondo a ir conmigo al cine. No protestas del perfume de mi aftersawe, ni te molesta la untuosidad de mi crema de manos. Ni siquiera la intensidad de mi desodorante hiere tu pituitaria. La película no es violenta y tampoco te arredra lo recóndito de nuestras butacas, ni te enfada mi mano tonta debajo de tu falda. Simplemente: aborreces las palomitas.



Felipe Tajafuerte. (2016)

viernes, 3 de junio de 2016

Encantamiento




Estoy hasta los congojos, masculló el Príncipe Encantado, pegando el ojo al tentador agujero para atisbar el exterior. Nadie transita por este lugar ni pasa la mano frotando esta maldita jaula, a pesar del letrero en que prometo cumplir los tres deseos del que me libere. En tan mala hora pedí al Hada Madrina que, en lugar de en un asqueroso batracio, me transformara en el Genio de la lámpara.

Y mira que me lo advirtieron: ten mucho cuidado, si haces con esa princesa lo que estás pensando, quedarás encantado. No lo tuve en cuenta y me dejé llevar por mis libidinosos instintos. Lo cierto es que quedé encantadísimo. Luego vino lo de su madrina. Una arpía. Que tú eres un sinvergüenza, que quién arregla este virgo, que entre las princesas tiene mucha importancia el precinto de garantía… 

Total, que me encuentro encerrado en una especie de sucia tetera que nadie quiere limpiar. A pesar de un rótulo tan prometedor. 



Felipe Tajafuerte (2016)

lunes, 23 de mayo de 2016

Juntos de nuevo



La abandoné sin mediar palabra. Una sucesión de viajes por lugares fascinantes me distrajeron y la relegué al olvido. Luego, condenada al ostracismo, otros afectos ocuparon su lugar: la lectura, la música… y, ¿por qué no decirlo?, este afán por escribir que me trae a mal traer. 

Ha permanecido silenciosa allí donde la confiné y, mientras duró mi desdén, nunca se quejó por sentirse desplazada. Siempre fue consciente de no ser la niña de mis ojos, ni la preferida; sin embargo, ha guardado mis ausencias sin echarme nada en cara.

Alguna vez, sentí la tentación de acercarme nuevamente a ella y reanudar nuestra relación; mas la rutina, la abulia, y hasta cierta pereza,  hicieron que los días, los meses, y aún los años, pasaran inexorables sin que se produjera esa aproximación.

Hoy, ¡por fin!, he extendido los brazos y mis manos la han asido con cierta ternura. Me ha resultado extraño acoplarme a ella como antes, pero he vuelto a notar, otra vez, su agitación acompasada a la de mis piernas, y juntos hemos emprendido, de nuevo, un insólito baile de ritmos, de cadencias y de jadeos hasta llegar al clímax.

Me he sentido satisfecho pero extenuado. Tan agotado que me he dicho: tengo que hacerlo más a menudo, de lo contrario,  si no entreno, la puta bicicleta acabará conmigo.

Felipe Tajafuerte
2016

sábado, 14 de mayo de 2016

Homenaje literario

Con ocasión de que el Instituto de Educación Secundaria "Benjamín de Tudela" cumple cincuenta años desde su apertura en 1966, se ha editado un libro como homenaje literario al ilustre viajero tudelano que da nombre al centro desde 1978, ya que durante doce años no tuvo ninguna denominación. 

Se trata de una antología de ciento doce microrrelatos escritos por otros tantos autores con alguna vinculación al centro educativo, entre los que me encuentro. Ciento trece si contamos la traducción del italiano del primero de ellos, realizado por la ex alumna Carmen Llera, viuda del escritor Alberto Moravia. Todos comienzan con la misma frase, condición sine qua non, impuesta para poder participar: "Volveré aunque solo sea para morir en tus orillas". Palabras que bien pudo decir el viajero tudelano al despedirse del río Ebro. 

Es fácil pensar que la lectura de esta serie de microrrelatos, todos con idéntico inicio, pueda resultar, cuando menos, un tanto tediosa. Sin embargo, esta condición nos permite constatar la peculiar e imaginativa manera de cada autor para desarrollar un mismo tema y los diversos puntos de vista desde los que puede ser afrontado.  Sí que habrá que tener en cuenta la advertencia de la editora, Ana María Mateo Gómez, en la introducción, que aconseja desgranar los textos poco a poco, saboreando los matices de cada uno.


Me siento satisfecho de haber contribuido al homenaje de nuestro insigne paisano Benjamín de Tudela, el sabio judío trotamundos, precursor del género literario del libro de viajes. Felicito a la editora Ana María Mateo Gómez por haber llevado a feliz término este bonito proyecto y le doy las gracias por haberme permitido colaborar incluyendo mi relato; al mismo tiempo, agradezco al persuasivo Pepe Alfaro el haberme inducido a ello. Por último, aquí está el texto con el que abordé este reto. Lleva por título:

La Espera 

Volveré aunque sólo sea para morir en tus orillas. Eso dijiste; y te creí. Repetiste, sin saberlo, la promesa del ilustre viajero tudelano; yo, ingenua, seguí mi deambular por los senderos intrincados de la vida, lamiendo las heridas de tu lejanía.

Supe que alardeabas de ciudades y puertos visitados. Sospecho que, en alguno de ellos, amaste a otra mujer y que tus labios libaron en otra boca las mieles de nuestros encuentros. Yo, sin embargo, he guardado tus ausencias con la perspectiva de que tus brazos abrocharan de nuevo mis riberas.

Y aquí continúo, deshojando la margarita de los regresos, tratando de encontrar la llave de los olvidos, sin desesperar en la espera. Mas no hallo salida para mi cauce baldío, porque tú eres río de aguas turbulentas que se funden en otros ríos y yo las márgenes plácidas que lo ciñen. Tú: trotamundos impenitente; yo: incansable oteadora de horizontes. 



Felipe Tajafuerte. (2016)

martes, 8 de marzo de 2016

Mi segundo galardón

A pesar de mi reticencia a participar en concursos, en ocasiones he acudido a alguno de los que nuestro profesor Pepe Alfaro nos exhorta a enviar nuestros trabajos. Uno de ellos es el convocado por la Asociación de Cultura Popular de la Mujer "El Tazón-Santa Ana" con motivo del Día internacional de la mujer. Decidí concurrir a este certamen con un ejercicio que previamente había sometido al habitual análisis en nuestra clase de escritura creativa. 

Caminaba fatigosamente durante este pasado sábado de la Javierada por el tramo que discurre desde Gallipienzo hacia Sangüesa, soportando las molestias que la fascitis plantar me produce en el pie, cuando una llamada telefónica de una representante de esa asociación cultural me sorprendió en plena ascensión de un repecho. Por ella tuve conocimiento de que un microrrelato mío estaba seleccionado, citándome para el martes, día ocho, a las seis de la tarde, en Castel Ruiz.  

Allí hemos estado esta tarde, con el salón de actos repleto, en el que se ha dado cuenta de los seis premios,  cuatro de la categoría de adultos y dos de la de jóvenes, amén de ocho menciones honoríficas. Los galardonados, hemos dado lectura de nuestras obras ante el numeroso público, tras recibir los premios correspondientes. Después hemos posado para la prensa junto al concejal de cultura Javier Gómez Vidal y la concejala del área de asuntos sociales Marisa Marqués. Si digo la verdad, al ser el único varón premiado, me he sentido un tanto extraño entre tanta mujer laureada. Aquí no ha habido paridad. 

Aquí estamos los destacados. Bendito yo entre todas las mujeres

De los cincuenta y ocho trabajos presentados, estos hemos sido los autores que, de una u otra forma, hemos conseguido destacar en este certamen:


PREMIADOS



XII Premio de Poesía y Microrrelato, organizado por la Asociación de Cultura Popular de la Mujer "El Tazón-Santa Ana", de Tudela


Primer premio de POESÍA adultos, dotado con 200 €, al poema titulado "CALLES NO ASFALTADAS" de Eva Álvaro García

Segundo premio de POESÍA adultos, dotado con 100 €, al poema titulado "SOBRE LUIS MUÑOZ A LO NICANOR PARRA SKETCHES AL TELÉFONO" de Felisa Martín de Aguilera 

Mención honorífica a los poemas
"CONVULSO" de Gloria Giménez Carreras 
"TACONES" de Pilar Chueca Madurga 
"MAÑANA MUJER" de Maite Sanz Gallego 
"ORIGEN" de Lourdes Arilla Álvarez 

Primer Premio de MICRORRELATOS adultos, dotado con 200 €, al microrrelato titulado "Y LO QUE SURJA" de Maite Sanz Gallego 

Segundo Premio de MICRORRELATOS adultos, dotado con 100 €, al microrrelato titulado "TERESA" de Felipe Tajafuerte Corral 

Mención honorífica a los microrrelatos
"NO TE ADELANTES AL TIEMPO", de Isabel García Viñao 

"TREN DE LAS 10", de Jara Palacios Escudero 

"TÚ O YO", de Inés Munuera Amador 

"TRENZAS DE DOMINGO" de Leyre Ruiz Vicente 


Primer premio de POESÍA, categoría joven, dotado con 100 euros, al poema titulado "FEMINIDADES" de Imane Hidi 


Primer premio de MICRORRELATOS, categoría joven, dotado con 100 euros, al microrrelato "¿SOY INFERIOR?" de Sheila Gallardo Argente del Castillo 

Leyendo mi relato

A continuación facilito el texto de la narración causante de estos agradables momentos que estoy viviendo al proporcionarme un nuevo galardón que añadir al conseguido el pasado año con mi poesía dedicada al aceite navarro. A este relato le puse en su momento este título para concursar:

TERESA

Siento una gran ternura por Teresa. Es una mujer menuda, con los ojos más llenos de vida de la que le queda. De carácter jovial, apenas tiene estudios y en su ajado deneí ostenta una profesión ya extinguida: sus labores. Viuda desde hace algunos años de un fontanero estúpido que siempre la ignoró, dedicado al cuidado de conductos ajenos, mantiene incandescentes las ganas de vivir y acuna nuevas inquietudes.

En el Club de Jubilados, acude a ejercicios de yoga y la tengo de alumna en el taller de informática, donde continúa buscando las letras en el teclado con un empeño encomiable.



Hace una semana vino un tanto compungida; me confesó que su nieto -¿para qué quiere la abuela un ordenador?- la había dejado sin la computadora recién adquirida con tanto esfuerzo e ilusión. En ella había aprendido entusiasmada a situar y conocer, mediante Google Maps, la ciudad peruana de Arequipa, lugar donde, hace tiempo, reside su hija. Pero Teresa nunca protesta. Siempre ha sido de buen conformar. 

Más aún, tengo la impresión de que un alado diablillo ha lanzado sus dardos seductores dando en el blanco, porque, de un tiempo a esta parte, creyendo que nadie la observa, mira de soslayo a su compañero Miguel y sus ojos adquieren un brillo de primaveras olvidadas. 

- Luis, por favor -la oigo llamarme- no encuentro la erre. 



La presente narración, galardonada con este premio, se la brindo especialmente a esas abnegadas mujeres, como la mía, que abandonaron su trabajo por cuenta ajena para dedicarse, en cuerpo y alma, como trabajadoras autónomas sin remuneración ni cotizaciones a la Seguridad Social, al cuidado del hogar y de sus hijos. Fueron tratadas de forma despectiva e injusta, incluso por sus propias congéneres que trabajaban fuera de su casa, consideradas poco menos que vagas, y denostadas con el apelativo de marujas; fueron tácitamente excluidas de la celebración que hoy tiene lugar, al llamarse inicialmente Día de la Mujer Trabajadora, distinguiendo, peyorativamente, entre las que lo hacían fuera y dentro del hogar. Afortunadamente esto ya se ha corregido y hoy se conmemora el Día internacional de las mujeres. Sin embargo, su silenciosa labor ha sido y es inconmensurable, impagable; esto último nunca mejor dicho. No quiero dejar pasar esta ocasión para manifestar mi admiración, comprensión y agradecimiento a todas ellas, especialmente a mi esposa, rindiéndoles este sencillo homenaje. Tengo muy claro que mis hijos son lo que son gracias, principalmente, a ella.

(Fotos de Jesús Marquina Arellano)

lunes, 28 de diciembre de 2015

Versión infantil de un cuento

El cuento que publiqué el día de Navidad, es un cuento, o relato corto, o como se le quiera llamar, que no está dirigido a los niños sino a los adultos. No por su contenido, que es absolutamente blanco, sino por las formas de expresión utilizadas en su escritura. Palabras y frases aunténticamente tudelanas incardinadas en una historieta que se debe contar a los chiquillos de una manera más asequible a su comprensión. Con el fin de facilitarles a mis hijos, y a cualquier otro que lo desee, la lectura a los más pequeñines de Resplandor en la paridera (Cuento de Navidad tudelano), he realizado esta otra versión que puede servir muy bien a ese fin, en estas fechas, y más a la hora de acostar a los niños.



La paridera que brillaba

Había una vez un pastor de ovejas, que se llamaba Chechu, que las guardaba del frío de las noches en una corraliza situada en las afueras de la ciudad. Una corraliza es como un corral grande con comederos y almacenes para guardar la paja y todo lo necesario para el ganado.
El día de Navidad, después de la cena de Nochebuena en casa de su hermana, con sus sobrinas, a las que quiere al querer de la vida, es decir, mucho, infinito, hasta el cielo, cogió el coche y se fue a dar una vuelta para ver si las ovejas necesitaban algo de agua o de comida.
Hacía mucho frío y había una niebla enorme que no dejaba ver nada. Cuando llegó, oyó una especie de balido pero, no donde estaban las ovejas, sino en una choza cercana en la que metía a las que iban a tener corderitos enseguida. Se extrañó mucho porque no había ninguna así. Se acercó y, entonces, se hizo un claro en la niebla y un rayo de sol iluminó la puerta de la paridera, que así se llama esa cabaña. 
Algo asustado se asomó y ¿sabéis lo que vio? Un hombre y una mujer con un bebé, que lloraba muy despacico, envuelto en una sudadera. Ese era el balido que había oído. Se dio cuenta de que eran inmigrantes porque la mamá llevaba en la cabeza un yihab, uno de esos pañuelos que se ponen ahí algunas mujeres. El papá llevaba puesta una camiseta de manga corta y temblaba de frío. ¿Qué hacéis aquí?, les preguntó. Nos metimos aquí anoche porque hacía mucho frío y ella iba a tener el bebé. ¿Ha dado a luz ella sola, sin ayuda de nadie, sólo contigo? Mira, me llamo Jesús, pero todos me dicen Chechu. ¿Cómo os llamáis vosotros y de dónde venís? Me llamo José y ella María. Venimos de un país muy pequeño de África y vamos a Francia. Aún no hemos pensado el nombre para el bebé.
Chechu fue al cuatroporcuatro, cogió unas pringles y una cocacola y se las dio. Luego se quitó el anorak y se lo ofreció al marido. Toma, ponte esto que vas a coger un buen catarro. Fue a llamar a la Cruz Roja, pero se dio cuenta de que se había dejado el móvil en casa. Subid al coche que nos vamos al hospital. Una vez allí, esperó a que los atendieran, para saber cómo estaban. El hombre salió y le dijo que estaban bien y que habían decidido que el bebé se llamaría como él. ¿Chechu, como yo? No, Chechu no, Jesús. ¡Jo! Se puso más contento... Mira, le dijo, ahora me voy a la corraliza a terminar de arreglar las ovejas y luego os traeré algo para comer.
Yendo por la carretera, se le ocurrió que, mientras se ponían buenos los tres, podrían ocupar la habitación que tenía vacía en casa; al menos hasta que continuaran su viaje a Francia.
La niebla había desaparecido y lucia un sol espléndido y el cielo estaba guay, muy azul, azulísimo. Al llegar al corral, le pareció que la paridera tenía una luz especial; muy, pero que muy brillante. Y, no se sabe por qué, pero eso aún le puso más contento. Y colorín colorado... 

Felipe Tajafuerte
Navidad 2015

jueves, 24 de diciembre de 2015

Resplandor en la paridera (Cuento de Navidad tudelano)

A Chechu Alcate, el de la Motrila, alias Pocoapego, le dio la turruntera y decidió darse un garbeo por la corraliza donde guarda las ovejas. Nunca se sabe qué puede ocurrir en un día festivo, pensó. Eso pensó mientras conducía su Nissan Patrol hacia la majada de la Remonta, pasado el Soto de los Tetones, a la izquierda del meandro. Hacía frío, un frío del que te entra ganchera en las manos y duelen hasta los zapatos. Aún así, un sol apocado, cohibido por la rosada matinal, intentaba, sin conseguirlo, abrir una brecha en la densa boira reinante.

  

La Nochebuena en casa del cansalmas de su cuñado Paco, el Fanfarrias, con el que ya ha tenido más de un empentón, había sido similar a la de otros años. Le estuvo corrompiendo durante la cena con los mismos injonazos de todos los días: Mira a ver si te echas novia y te casas, que para luego es tarde; a ver si tienes más aforros y sientas la cabeza, tienes que ser más agre, que no vales más que para pingonear... Este tío es un canso, un tontolaba y un metete con el que acabo pleiteando siempre. Algún día tendremos una enganchada. No sé qué ve la Feli en ese carnuz, porque es más corto que el caño de una braga. Si no fuera por las muetas... Y aún añadió, ya lo dice el refrán: parentesco que lleva la U, pa tú.


Feli Alcate, la de la Motrila, es su hermana pequeña, la tardanica y, como ya se ha dicho antes, está casada con el mendrugo de Paco Bermejo, el Fanfarrias. Tienen dos preciosas niñas a las que Chechu quiere al querer de la vida. Son las causantes de que, con ellas, el apodo de Pocoapego le cuadre menos que a un Santo Cristo dos pistolas. Por ellas no se cantea y acude a casa de su hermana todas las Nochebuenas, aguantando al samaruco del Fanfarrias, en lugar de emprender cualquiera de esos viajes que le tienen devoradico desde hace algún tiempo. Con avisar al Faustino, el Pinto, para que le cuidase las ovejas durante unos días... 


Chechu Alcate es un mozo viejo, un camastrón entreverao, algo rebotudico, que nunca ha querido sujetarse a mujer alguna. O no ha logrado convencer a ninguna para que se amarre a él. Que eso tampoco se ha sabido nunca. De ahí le viene el dichoso mote que le tiene encangrenao. Bueno, el caso es que se encuentra más sólo que el kiosco del Prao. Suele decir: más vale sólo que mal acompañado o el buey suelto bien se lame o cada cual en su corral. Eso dice muchas veces. Aunque, en otras ocasiones, cuando está un poco mantudo, cree que el dinero y la mujer son para la vejez.

Entre estas y otras pichorradas, sin apenas darse cuenta, llegó al corral. Bajó del Patrol, se ajustó el anorak y se dirigió al aprisco. Le pareció oír un balido en el chamizo cercano que utiliza para separar las ovejas preñadas próximas a parir. Extrañado porque no tenía ninguna en ese estado, se encaminó, a trompatalega, hacia la choza. Al acercarse, un resplandor de radiante claridad, algo parecido a un cañón de luz, hendió la niebla, alcanzando la paridera como si incidiera sobre un escenario. Abrió, con medrosa precaución, el negro portón desvencijado y cruzó la cancela.


Chechu, con los ojos como platos, contempló aquel belén. Una joven, cubierta con un yihab, daba el pecho a un  niño envuelto con una sudadera. A su lado, un sujeto alto, de rostro atezado, cabellos ensortijados y barba rala, ataviado con vaqueros ajustados y, solamente, con una camiseta de manga corta, tiritaba de frío. A Checu le dio, de pronto, una ardorada y se concaró con ellos, a pesar de que no tenían mala traza.

- ¿Qué hacéis aquí?
Il fatit froid dehors. Nous sommes mieux ici.
- ¡Joder! No entiendo nada. ¿Tú no spik español?
- Je ne parle pas espagnol, mais je comprends un petit peu. Je ne parle que français.
- Pues, si no hablas cristiano, vamos a hacer un pan como unas hostias. A ver cómo nos entendemos, porque yo sé poco de francés, aunque alguna palabra juno. Sólo hablo castellano, o sea, español. ¿Por qué estáis aquí? -preguntó ya más calmado.
- Elle a doné naissance. L'enfant est né la nuit dernière
- ¿Dio a luz aquí? ¿Anoche? ¿Solos? ¿Sin ayuda?
- Oui monsieur. Mieux ici, l'exterieur est mauvais. Nous avons faim... hambre.

Chechu fue al cuatroporcuatro, volvió y les ofreció unas pringles, un par de cafareles más duros que pie de Cristo y una cocacola algo esbafada; todo ello sacado de la guantera. El hombre bebió un trago largo, con avidez. La muchacha comió unas patatas e ingirió un sorbo, sonriendo agradecida. El bebé rompió a llorar con un llanto débil, como un balido. Justamente como el balido que Chechu había escuchado antes.

- No tengo otra cosa. ¿Cómo te llamas? -dijo quitándose el anorak.
- Mon nom est Joseph. Elle s'apelle Marie.
- Toma, ponte esto que vas a coger un pasmo de muerte. Y al niño, ¿qué le pasa, cómo se llama?
- Le garçon..., comment dit'on?... débil, ne pas nom encore.
- Mi nombre es Jesús Alcate, pero todos me llaman Chechu. ¿De dónde venís?
- Nous venons du Bénin. Nous allons à la France.

¡Cagoensós! Sé tanto de geografía como de idiomas, rezongó Chechu, el de la Motrila. ¿Dónde leches estará Benin? Seguro que allá, donde Cristo dio las tres voces. Echó mano al bolsillo en busca del móvil para llamar a la Cruz Roja y, al no encontrarlo, se dio cuenta de que lo había dejado olvidado en casa, sobre la mesilla de noche. ¡Me ca...!, las veces que me pasa lo mismo.

- Venga, subid al coche que vamos al hospital escopetiaos. Malo será que me paren los forales y me pongan una multa por no llevar la silleta. Luego os llevaré algo para comer.

Chechu, el Pocoapego, a pesar de que allí pintaba menos que Caramba en el Bocal, se quedó en la sala de espera del Reina Sofía, aguardando, un tanto nervioso, la vuelta de Joseph, que había desaparecido, junto a la mujer y el crío, por la puerta de urgencias. Quería saber, antes de marcharse, en qué estado se encontraban.

- ¿Cómo están? - preguntó en cuanto Joseph asomó la cabeza.
- Tres bien. L'enfant est forte et Marie fatigué..., cansada. Merci beaucoup. Nous appelons l'enfant comme toi.
- ¿Le vais a llamar Chechu, como yo?
- Ne pas Chechu, Jésus.

Chechu, el de la Motrila, mostró una sonrisa de oreja a oreja. Quizás sea una buena idea, reflexionó mientras se marchaba colicanguila, comenzar el nuevo año junto a esta pobre gente. En el piso tengo una habitación de sobra que podrían ocupar. Al menos hasta que se repongan y decidan marcharse. Desde luego, casi voy a estar mejor con ellos que con la Feli y el sinsustancia de Paco. Si no fuera por las muetas, no volvía a su casa jamás de los jamases.


- Cuando termine de arreglar las ovejas, aunque sean las tantas, volveré y se lo plantearé, a ver qué les parece. Que no se me olvide llevarles unos bocatas. Así discurrió Pocoapego quien, como podéis ver, no tenía nada de roñoso ni hornicao. 

El sol, por fin, había logrado romper por el flanco las defensas de la niebla, levantando un manto de vaho blanquecino, vaporoso, de las huertas lindantes. A pesar de que el termómetro todavía señalaba cuatro grados, el cielo lucía un azul intenso. Cuando llegó a la paridera, le pareció que ésta resplandecía con una luz diferente, muy peculiar.

- Sí, volveré y, según lo que decidan, me los traeré conmigo.

Eso afirmó Chechu Alcate, el de la Motrila, alias Pocoapego.

Felipe Tajafuerte
Navidad 2015

Dedicado a mis hijos, hoy ausentes, para que se lo lean o cuenten a mis nietas y nietos



LinkWithin

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...