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miércoles, 1 de noviembre de 2023

Cáceres, de nuevo

 


Era domingo. A pesar de los amenazantes nubarrones que presagiaban lluvia, nos dirigimos a la zona histórica para dar el acostumbrado paseo que realizamos cuando viajamos a la capital cacereña. En esta ocasión, obviamos los lugares en que se ubican los magníficos edificios de visita obligada de los numerosos grupos a los que acompañan los incansables guías locales. 

Decidimos perdernos por algunos de los recónditos espacios menos concurridos que poseen ese encanto de los rincones solitarios plenos de colorido y de historia que tanto abundan en esta ciudad. Cáceres nunca defrauda. 


Comenzamos a recorrer callejuelas ya olvidadas hasta llegar a la Puerta del Río, la entrada monumental más antigua que se conserva de las murallas.


Continuamos por la calleja del moral, una empinada callejuela de ruejos y penetramos en el barrio de San Antonio con unos preciosos rincones cercanos a su ermita, la antigua sinagoga. 



Allí nos topamos con algunos dibujantes urbanos de Cáceres y Portugal que concurrían al festival de
Sketchers , plasmando en su cuadernos la belleza del casco histórico cacereño.


Últimamente no llevo cámara fotográfica. Me he apuntado a la comodidad del teléfono móvil con el que me las arreglo para conseguir instantáneas aceptables. Ascendimos hasta la Plaza de las veletas y penetramos en la casa del mismo nombre que alberga el museo de Cáceres, con la sana intención de volver a visitar el aljibe que se esconde en sus entrañas.


A través del patio central, por estancias que albergan restos de todo tipo de esculturas, mosaicos, armas  y los instrumentos más variados, pudimos acceder al aljibe que, tras las recientes lluvias, se encontraba espléndido.


Un vez en el exterior, nos encontramos con el nutrido grupo de Sketchers haciéndose la foto de familia ante las cámaras de la televisión local.


Tras esto cometimos lo que pudiéramos considerar un crimen respecto a la rica gastronomía extremeña: comer en un restaurante asiático. Los niños impusieron su ley en esta ocasión. Dado que somos de buen yantar y conformar, a pesar de la elección, salimos satisfechos. Quizás el rosado navarro con el que acompañamos las exóticas viandas contribuyó a elevar el grado de satisfacción.

viernes, 11 de noviembre de 2016

Medellín


Después de unos cuantos años, mi mujer y yo hemos tornado a Medellín, localidad extremeña, cercana a Don Benito y Villanueva de la Serena, en la provincia de Badajoz. En aquel entonces, un caluroso día de agosto, paramos a comer a la vuelta de Mérida, donde habíamos asistido en su teatro a una representación de la tragedia griega Medea, de Eurípides. Lo hicimos en un chiringuito de las playas del río Guadiana, en la margen izquierda aguas abajo, y poco vimos del pueblo entonces. También en esta ocasión nos acercamos a esta población para comer. De igual manera, a pesar de encontrarnos a finales de octubre, hacía calor. Al cruzar su hermoso puente del siglo XVII, custodiado desde las alturas por una imponente fortificación, no pude evitar dirigir mi mirada hacia nuestra derecha, al lugar donde habíamos repuesto fuerzas en aquella ocasión. El tinglado veraniego había desaparecido por completo.

El pueblo semi-desierto

Haciendo tiempo antes de la hora del yantar, estacioné el coche y dimos un paseo por el pueblo. Lo encontramos desangelado, como sin vida; apenas nos cruzamos con cuatro viandantes.


El monumento a Hernán Cortés y el castillo desde el Ayuntamiento

En la plaza del Ayuntamiento, en un florido paseo, se encuentra el monumento a Hernán Cortés. Al fondo, sobre un cerro, se divisa el castillo, vetusto vigía de la ciudad y del puente sobre el Guadiana.


Iglesia de Santa Cecilia

Seguimos el paseo por las desiertas calles hasta toparnos con la mole compacta de la iglesia de Santa Cecilia. De los siglos XVI al XVII y estilo gótico, con connotaciones clasicistas, parece querer continuar hasta la torre su nave parcialmente derruida. A pesar de ser la iglesia parroquial, no pudimos pasar al interior por encontrarse cerrada.

El Castillo

Ya en el restaurante, la persona que nos estaba atendiendo nos preguntó de dónde veníamos. De Navarra, contestamos. Pues habéis elegido un mal día. Es lunes, añadió, el castillo y el teatro están cerrados por descanso semanal y, además, el acceso principal está clausurado por un desprendimiento en la muralla que no ha sido reparado todavía. En la actualidad, la entrada está por un lateral habilitado al efecto. Al ver nuestro gesto de contrariedad, comentó que la gente traspasaba la valla que cierra el paso y que, con un poco de cuidado, se podía ver algo de la fortaleza.

Iglesia de San Martín

Después de comer nos acercamos hacia el castillo y aparcamos junto a la hermosa iglesia románica de San Martín, del siglo XII, erigida sobre un templo dedicado a Plutón y donde se encuentra la pila bautismal en que se cristianó a Hernán Cortés, según reza un rótulo adosado.


Entrada al castillo

Continuamos a pié por un camino bien empedrado, con una pendiente llevadera. No tuvimos ninguna dificultad para traspasar la valla y vimos que efectivamente había un lienzo de la muralla derruido que tampoco revestía peligro aparente. 


Teatro romano e iglesia de Santiago

Traspasamos un arco de medio punto y, a través de la reja de entrada, atisbamos el interior sin poder apreciar nada relevante.   Desde allí pudimos contemplar a nuestros pies, junto a la iglesia de Santiago, el teatro romano, abierto al público apenas hace tres años, y una esplendida panorámica de la vega del Guadiana.


El castillo y la entrada al teatro

Nos tuvimos que conformar con verlo desde el exterior. En nuestro descenso hacia la mencionada iglesia observamos las entradas a los graderíos. El templo, con un ábside románico de medio tambor, ocupa parte de la escena. Su interior alberga el Centro de interpretación de Medellín. Continuamos caminado, un tanto alejados de la muralla, dando la vuelta a la imponente fortificación. Otra preciosa vista de un verde Guadiana y su puente. En la orilla opuesta, sobre otros cerros unas urbanizaciones y un restaurante asomado al valle.

Puente de los Austrias sobre el Guadiana

Descendimos y nos encaminamos al puente. Caminamos por su calzada, de unos cinco metros de anchura subiendo la suave pendiente que nos lleva al centro y que desciende hacia la otra orilla. En la mitad del trazado un pequeño templete con tres hornacinas, una inscripción y el escudo de los Austrias que da fe de su construcción. El primitivo romano, próximo al actual, aprovechado por visigodos, musulmanes y cristianos resistió el embate de las aguas hasta principios del siglo XVI, fue sustituido por otro que duró veintiocho años y el actual, llamado de los Austrias, data de 1630, reinando Felipe IV, tiene veinte ojos, ocho menos que el primitivo romano y su longitud es de unos cuatrocientos metros.

El castillo desde el camino al teatro

Desde el pretil, constatamos el problema actual del río Guadiana, del que ya habíamos escuchado algo: el camalote.   Se trata de un jazmín de agua, una planta invasora, procedente del Amazonas, que se propaga rápidamente y muy difícil, por no decir imposible de erradicar. Un manto verde cubría una amplia zona de río y en algunos lugares el agua parecía desaparecer como en sus famosos Ojos. Esta es la causa de la desaparición de los chiringuitos y la inutilización de la playa fluvial para el ocio, con el consiguiente perjuicio económico para la población. No quisiera ver nuestro Ebro convertido en una alfombra verde como esa. Para aquellos que quieran conocer con más amplitud este problema les dirijo al artículo publicado en 2015 en eldiario.es.

El camalote en el Guadiana

Era hora de volver ya a Cáceres y, desde el mismo puente, antes de tomar las de villadiego, dirigimos nuestra vista por última vez al conjunto de este pueblo pacense que tuvo una enorme importancia no sólo en época romana, a pesar de la cercana influencia de Emérita Augusta, la actual Mérida, sino en épocas posteriores como lo atestiguan el puente, el castillo, el teatro romano y las iglesias de Santa Cecilia, San Martín y Santiago. Amén de ser la cuna del conquistador de Méjico Hernán Cortes.

martes, 11 de octubre de 2016

El plató de Cáceres


Siempre que me encuentro en la monumental ciudad de Cáceres siento una imperiosa llamada que me hace buscar algún momento adecuado para acercarme a su casco histórico. Y es que, a pesar de mis reiteradas visitas, habitualmente encuentro algún lugar, rincón, motivo o detalle en el que no había reparado hasta entonces. Quizás muchas veces se trata tan sólo del cambio de luz ocasionado por la hora, la estación, la lluvia o cualquier otro motivo que influya en mi ánimo. En esta ocasión, accedí, desde la Plaza Mayor, por el Arco de la Estrella, dejando a la izquierda un andamio por las obras que se están realizado en la base de la Torre de Bujarro.

La concatedral "remozada"
Desde el inicio de la estrecha calle de la Estrella, que conduce a la Plaza de Santa María, se escuchaban unos ruidos inusuales en esta zona. Al llegar a dicha plaza comprendí la causa de tal revuelo. El espectáculo era un tanto caótico: furgonetas, camiones, palas cargadoras o elevadoras y un sin fin de operarios de varios gremios afanados en sus trabajos. Allí pululaban carpinteros, soldadores, carretilleros, albañiles, tramoyistas, conductores, técnicos de montaje, ingenieros en un totum revolutum con curiosos, repartidores y turistas. Estos últimos andaban como locos despistados buscando todo lo que les habían prometido sus agencias de viaje sin que lograran localizarlo.

Trabajando en la Plaza de San Jorge
Volví al día siguiente. Un reguero de cacereños, tan curiosos como yo, pululaban por el lugar.  La concatedral de Santa María estaba recubierta por los muros y un pórtico ojival de poliespán dándole el aspecto de una catedral gótica distinta. La plaza de San Jorge se había transformado en un mercado medieval. De las ventanas de los edificios colindantes colgaban lucidos pendones; por arte de birlibirloque había surgido una especie de cenador en el centro de ella. Un trono encubría la efigie ecuestre del patrón de la ciudad en las escalinatas y la iglesia de San Francisco Javier había cambiado el color de sus torres tratando de asemejarse a la ciudad de Verona.  La industria del celuloide la había tomado por asalto sin necesidad de asediar sus murallas.  Se iban a rodar dos películas: La catedral del mar y otra relacionada con Romeo y Julieta. También estaban pendientes del rodaje de un episodio de Juego de Tronos.

Transformación lista para rodar
La monumental Cáceres se ha convertido en un pispás, desde el rodaje de la serie Isabel, en un plató cinematográfico de moda, al que los lugareños se acercan durante las horas de ocio para ver el cambio se sufre su ciudad al albur de la película de turno.

El nuevo ambiente

Indudablemente, el Ayuntamiento ha encontrado un filón que trata de explotar. Esperemos que nos les estalle en las manos y maten la gallina de los huevos de oro que supone su condición de ciudad monumental.

La Plaza de San Jorge veronesa
Entre tanto, convendría avisar a los visitantes de que es muy probable que no encuentren el casco histórico tal como viente ilustrado en los folletos turísticos.


Y la coloreada iglesia de San Francisco Javier
Espero y deseo que en mi próximo regreso encuentre de nuevo las cosas en su sitio: la concatedral con su torre renacentista, sin poliespanes añadidos; la plaza de San Jorge con sus tiendas de souvenirs y su cafetería, sin carros ni templetes ni pendones, aunque no sean verbeneros, San Jorge en su hornacina y que las torres de San Francisco Javier hayan recobrado su clásico enjalbegado que resalte el gris del granito.

Aspecto habitual del casco histórico
Quisiera recorrer sus calles empedradas, sus adarves y sus rincones recoletos sin ruidos insólitos, tan sólo el crotoreo incesante de las cigüeñas. Observar el verdor de las trepadoras adhiriéndose a los muros, sin colgaduras extrañas, y a los visitantes con el plano en la mano y los ojos asombrados, en lugar de soldadores y carpinteros provistos de su correspondiente herramienta.

Y caminar sin obstáculos hacia el Arco de La Estrella para echarme al coleto un Ribera del Guadiana en la Plaza Mayor. 

sábado, 8 de noviembre de 2014

Castaños, cochinos y castillo: todo en uno


Aprovechamos el sábado, un día soleado, magnífico, antes de que se instalasen entre nosotros las anunciadas lluvias. Tomamos la carretera hacia Miajadas, la que utilizábamos para ir de Cáceres a Villanueva de la Serena cuando todavía no se había construido la autovía a Trujillo.

Castillo de Montánchez
Las torres se fueron sucediendo unas a otras: Torreorgaz, Torrequemada, Torremocha y, por fin, Torre de Santa María. Aquí tomamos el desvío hacia Montánchez, el lugar quizás más emblemático del producto estrella extremeño, el jamón ibérico.

Dentro del recinto amurallado
Estacionamos nuestros automóviles junto a la plaza de toros y, como todavía no era la hora del yantar, decidimos dar un paseo por el bosque cercano. Elegimos la ruta del castañar, de algo más de dos kilómetros, suficiente para dar un paseo con los niños. Partimos pues, de la plaza de toros y, tras unos campos de vides de marchitas hojas amarillas, tomamos un camino empedrado, cómodo de andar a pesar de alguna que otra cuesta, siempre siguiendo las flechas rojas y azules que balizan la ruta ante las que mi nieto mayor mostraba la ingenua alegría de sus cuatro años al localizarlas. 

La materia prima
Llegamos a unas cochiqueras cercadas con piedra que fueron parada obligatoria para que los pequeños contemplaran una piara de cerditos pequeños, cenicientos, casi negros que, a juzgar por sus gruñidos de satisfacción, disfrutaban del sol otoñal.  En la ladera cercana, otros cerdos de mayor tamaño pastaban libremente en la dehesa de encinas de una finca delimitada por un pequeño muro pétreo. Continuamos nuestro camino, internados ya en pleno bosque.

El camino empedrado
A nuestro alrededor, encinas, alcornoques y castaños nos proporcionaban un agradable cobijo de los rayos solares. El color verde de los helechos y del musgo rompía el monótono gris de las rocas. Por un sendero a la derecha nos introdujimos en el castañar propiamente dicho.

El castañar
La alfombra mancillada de hojas secas y cápsulas vacías de las castañas ya recogidas crujía al avance de nuestros pasos por un vericueto descendente. Ante alguna de estas vainas espinosas, que todavía contenían algunos frutos, mostré a mi nieto pisándolas con un movimiento giratorio del pie, cómo sacar esos frutos sin clavarse ninguna púa. Él recogía encantado las castañas y se las daba a su padre.

De vuelta por el bosque
El sendero desembocó en un camino que nos devolvió al lugar donde se encontraban las cochiqueras y de allí, de nuevo al pueblo. La gazuza se dejaba sentir y nos dirigimos al sitio adecuado para calmarla. Muy cerca de allí se encontraba la plaza donde se ubica el Ayuntamiento. Las terrazas de bares y restaurantes estaban repletas, la magnífica temperatura invitaba a ello,  de gente cumpliendo el menester que nosotros pretendíamos llevar a cabo.

La animada plaza de Montánchez
Una vez satisfechos nuestros estómagos decidimos caminar hasta el castillo venciendo la modorra que se apoderaba de nosotros. Como todo castillo que se precie, éste se encuentra en la altura más escabrosa del lugar. Sin pensarlo dos veces, salimos de la plaza por una empinada cuesta, giramos a la izquierda y otra calle más pendiente todavía nos situó al pie de la fortaleza. Numerosas personas estaban haciendo el mismo recorrido que nosotros. Nos dimos cuenta de que allí mismo se encontraba el cementerio y que era el día de Todos los Santos, por lo que la mayoría se quedaron en él. Continuamos nuestra ascensión para visitar el recinto amurallado.

Puerta de entrada
El castillo lo constituyen distintos volúmenes superpuestos, adaptados al terreno abrupto, derruidos en su interior, por lo que solamente quedan sus muros almenados. De origen romano, fue reconstruido y ampliado por los almohades; fue remodelado durante la reconquista y durante los siglos XV y XVI  fue residencia de los comendadores de la orden de Santiago.

Dentro de recinto amurallado

Está edificado en la cota más elevada del terreno por lo que el panorama desde esa altura es espectacular. Esta ubicación, la altura de sus muros y la torre del homenaje emergiendo de ellos hace que el aspecto desde la carretera, al aproximarse al pueblo, sea de una esbeltez dominadora, lo que nos da una idea de lo que eran los castillos en tiempos de la reconquista.

Interior de la ermita de la Consolación
Nada más traspasar la puerta, a la izquierda, nos encontramos con la ermita de Nuestra Señora de la Consolación, toda blanca ella. Entramos y, mientras echábamos un vistazo,  descansamos de la subida.

Todo derruido en el interior
A continuación, fuimos pasando de un recinto a otro y pudimos constatar que en el interior estaba todo derruido; solamente dentro de la torre de homenaje parece que pueda haber algo en pie, pero no pudimos acceder a ella. Al pasear por las almenas escuchamos los rezos cercanos de los fieles en el camposanto situado al pie de la muralla.

El pueblo a través de otra puerta
El atardecer hacía luminoso el gris terso de dos embalses en la lejanía, mientras la bruma se hacía dueña del horizonte.

El ocaso ya muy cercano
Descendimos hacia el paisaje ocre de los tejados del caserío del pueblo. Hicimos una parada junto a la iglesia parroquial de San Mateo con su campanario exento, de cuatro cuerpos desiguales.

Campanario e iglesia. Al fondo el castillo
Mientras los niños se entretenían jugando en el parque infantil contiguo me acerqué al templo y, como la puerta estaba abierta, me  introduje sin reparar en la oscuridad; esta era tal que no hubo forma de hacerme a la idea de su interior. Más parecía haber penetrado en la boca de un lobo. En vista de ello volví donde me esperaban los míos y aún hice un par de fotos sin apenas luz ya que ésta desaparecía a pasos agigantados. Como nuestros coches estaban en la otra punta del pueblo, era ya noche cerrada -¡qué pronto anochece ahora!- cuando nos poníamos en marcha hacia Cáceres.

martes, 30 de septiembre de 2014

Por la Ruta de la Plata


Abandonamos Gijón a las nueve de una mañana clara y soleada, con un sentimiento de resignación ante las horas de viaje que nos esperan antes de alcanzar nuestro destino. Circulamos por la Autovía Ruta de La Plata que une Gijón con Sevilla; el autocar es confortable y nuestros asientos, en primera línea, nos permiten disfrutar del paisaje que, tornadizo, va deslizándose ante nuestros ojos. Hacemos nuestra primera parada en Oviedo y, después de recoger algunos viajeros, continuamos la marcha dejando atrás las calles de la capital del Principado y la torre gótico-renacentista de su catedral.

La catedral de Oviedo
Nueva parada en Mieres que abandonamos sin que nadie suba al autobús. Vamos dejando atrás los valles mineros y los restos sobrevivientes de la reconversión. Por el valle de Lena busco infructuosamente la silueta de Santa Cristina, la iglesia prerrománica visitada hace unos días. La carretera sigue el curso del río Caudal hasta llegar al túnel del Padrún, cuya largura de casi dos kilómetros nos hace pasar de las verdes montañas asturianas a los macizos rocosos leoneses.

El panorama va mutando progresivamente y el sol cae a plomo cuando hacemos la entrada en Benavente atravesando sus concurridas calles hasta la estación de autobuses, donde hacemos una breve parada y proseguimos. A lo largo de estas horas, el intenso verdor asturiano ha dado paso al verde-gris leonés y, más tarde, a los ocres y blanquecinos zamoranos. 

Llevo un tiempo amodorrado, la siesta del carnero, imbuido, quizás, por la monotonía del paisaje. Falta poco para las tres de la tarde cuando hacemos nuestra entrada en Zamora, con una pausa de media hora para comer. 

El Duero a su paso por Zamora

Camino de Salamanca mi sopor vuelve a incrementarse y ni se me ocurre utilizar el e-book que tengo a mano. Las siluetas de la catedral y universidad salmantinas resplandecen recortando un horizonte canicular. Tras quince minutos de receso en la capital charra, retomamos el trayecto. Yerro al pensar que nuestra próxima detención tendrá lugar en Plasencia ya que abandonamos la autovía y nos encaminamos a Béjar. Mientras recorremos sus calles trato de recordar los sitios objeto de nuestra estancia de hace un par de años, pero hemos entrado por el lado contrario y me cuesta situarme; no obstante reconozco el Palacio Ducal que tanto llamó mi atención en la anterior visita por sus connotaciones cervantinas y quijotescas.

Nuestro paso por Béjar
En lugar de volver a la autovía, cuyo elevado viaducto se nos presenta cual arco iris hormigonado, continuamos por una carretera local durante unos pocos kilómetros, atravesando un pequeño puerto y, llegados a Baños de Montemayor, volvemos a detenernos para que desciendan algunos pasajeros. Me sorprende este pueblo balneario, perdido en la serranía de Béjar, por sus numeroso hoteles y restaurantes que, a primera vista, parecen muy concurridos.

Seguimos por esta misma carretera  hasta la estación de autobuses de Plasencia, que ahora si pienso será la última antes de finalizar nuestro rumbo. El descanso de cinco minutos lo aprovecho para estirar un poco las piernas porque, como Rambo, no las siento. Retornamos a la autovía, a un panorama que reconozco de inmediato. Se van sucediendo los hitos tantas veces frecuentados: a la izquierda las obras del proyectado AVE Madrid-Lisboa, más adelante el río Tajo, después el Almonte con indicación de los Puentes de Alconétar y, por fin, los llanos de Cáceres con un campiña gualda de hierbas secas, dispuestas para propiciar cualquier incendio al menor descuido.

Cáceres al atardecer
Las ocho menos diez de la tarde marca el reloj de la estación de Cáceres cuando descendemos del autocar. Poco menos de nueve horas ha sido el tiempo invertido en nuestro desplazamiento desde Gijón. El chófer anuncia quince minutos de descanso y el cambio de conductor que finalizará el recorrido hasta Sevilla. Entre tanto, recogemos nuestro equipaje.

La experiencia de este viaje ha hecho que me reafirme en mi preferencia por el tren para este tipo de desplazamientos regulares; el ferrocarril, por muchas paradas que haga, me resulta mucho más cómodo y menos agotador. He echado en falta la amplitud de sus asientos, el poder desplazarme entre los coches, las posibilidad de tomar un café o una cerveza mientras se viaja, la brevedad de sus paradas en las estaciones, en cuyo acceso no se pierden tantos minutos como los que se invierten para llegar a las de los autobuses abandonando las autopistas, autovías o simplemente las carreteras, teniendo que volver después a ellas. Lástima que no siempre sea posible utilizarlo.

sábado, 31 de mayo de 2014

Madrigal a Cáceres



En sus vetustas calles empedradas
se percibe el perfume de las flores
colmando de frescura y de sabores
la secreta oquedad de balconadas.
Me deleita volver
de nuevo a recorrer
sus rincones, su adarve, los oscuros
dinteles blasonados,
las torres con remates almenados,
los velados aljibes intramuros.



Felipe Tajafuerte
2014

miércoles, 21 de mayo de 2014

Fin de semana, aves y otras cosicas

Coincidí este fin de semana que me encontraba en Cáceres con su Festival de las aves. Una de las actividades programadas, que obtuvo una gran aceptación, fue un maratón fotográfico dedicado a estos animales de pico y pluma. 

Como no me obligaba a nada, por indicación de mi hijo, me inscribí en el certamen, más que nada por incrementar el número de participantes, por hacer bulto que decimos aquí. 

Acudimos a la plaza de Santa María y allí nos proporcionaron información precisa sobre las aves más características de la zona, unos planos delimitando el área urbana de actuación y un chaleco, un par de tallas menor que la que uso, eso sí, con numerosos departamentos y una bonita inscripción en la espalda.

Armado con mi cámara me dispuse a pasar el tiempo entretenido en fotografiar pájaros, algo que me resulta muy difícil ya que para cuando me preparo han echado a volar.

Este no se me escapó
No obstante, a disparos de obturador fui cazando de todo: una cigüeña, un milano, una paloma, un gorrión y alguna cosilla más que no tenía plumas.

Una cigüeña espectante

Este gorrión aparecerá en alguna serie televisiva
No me aburrí; sin embargo, entre col y col, me dediqué a pasear contemplando el ambiente multicolor de la plaza de la concatedral, propiciado por la afluencia de familias atraídas por los actos organizados y por la excelente temperatura, muy similar a la de un día veraniego. Allí había unas cuantas carpas dirigidas especialmente al público infantil: talleres de pintura, de disfraces, de baile, de huellas, otra de audiovisuales... actividades para todos los gustos.

Todo el mundo a bailar

Esta paloma contempla el espectáculo
En la Plaza de San Jorge un par de actores representaban una función imitando a las cigüeñas, haciendo piruetas en dos columpios. Mis nietos observaban sus evoluciones con la boca abierta. Volví a la plaza de Santa María y me senté en unas gradas de la iglesia a observar lo que acontecía.

Me dio por las antenas

Se me acercó una joven, micrófono en mano, solicitándome una entrevista a la que accedí. Las preguntas de rigor: qué me parecía la feria, si era fotógrafo, si era de Cáceres... en fin, lo que suelen preguntar en estos casos. No me apercibí de ello, pero probablemente se trataba de una televisión local ya que, más tarde, vi a la chica del micrófono, acompañada de un cámara, interrogar a otra persona.

¡Ay!, perdón, me había paicido un pajaro.
En la calle Arco de la Estrella, un joven con una guitarra interpretaba, con mucho arte, lo que me parecieron unos fandangos, aunque no entiendo mucho de arte flamenco. Sevillanas no eran, desde luego. Contribuí con agrado a incrementar su recaudación.

Este se me dio mejor, se estaba quietico
La verdad es que, como quien no quiere la cosa, hice unas cuantas fotografías de aves y de todo lo que se me ocurrió. Por supuesto, sin intención de presentarlas, sino por el simple placer de hacerlas. Así fue transcurriendo el tiempo sin apenas darnos cuenta. Descendimos a la Plaza Mayor, donde había un gran ambiente con las terrazas abarrotadas.

Dos cañas y ración de oreja con patatas: dos euros. A ver si toman nota los de Tudela
En una tapería de una calle transversal a la de Pintores nos acomodamos para tomar una aperitivo. Las cañas, a precio muy asequible, fueron acompañadas de unas tapas, costumbre arraigada en la ciudad, en la que en algunos bares son abundantes y variadas; algo muy distinto a lo que sucede en nuestra tierra, en la que es casi milagroso que  unas cervezas, cobradas a riñón, vengan unidas aunque sea a un triste acompañamiento de cerdo de plástico o comida de monos. Pienso que será por el afán que tienen de vender el pincho, muy elaborado lo reconozco, pero que cuesta el otro riñón.

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