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martes, 20 de enero de 2015

De lagos por Italia. D'Orta

Salimos de Arona al punto de la mañana hacia el pintoresco lago D'Orta, paralelo al lago Mayor, separado de éste por el Mottarone.

Con una longitud de trece kilómetros, uno y medio de anchura y una profundidad media de ciento cuarenta y tres metros, es el más pequeño de los lagos previstos en nuestro itinerario. Allí nos esperaba una plácida jornada hasta que, a última hora de la tarde, dando por finalizado nuestro viaje a Italia, nos dirigiéramos al aeropuerto de Malpensa, ubicado a treinta cinco kilómetros de Milán, desde el que tomaríamos el vuelo a Madrid.

Las casas se asoman al lago

Cuando nuestro autobús nos dejó en la parte alta de Orta, contemplamos cómo el caserío se deslizaba ladera abajo acercándose a lamer las sosegadas aguas, de las que emergía una preciosa isleta situada a escasos trescientos metros de la orilla.

Hay que descender a pie

La isla de San Giulio

Descendimos por las estrechas y sombrías callejuelas hasta llegar a una plaza rectangular donde se encontraba el embarcadero desde el que los turistas se dirigían al islote en las barcas taxi dedicadas a esa labor.

Llegando a la isla


Dado que teníamos el día libre para hacer aquello que nos viniera en gana, decidimos visitar por nuestra cuenta la Isla de San Giulio, que así se llama, tomando una de esas barcas en compañía de otros compañeros que deseaban hacer lo mismo.

Un bonito rincón de la isla

La isla tiene un tamaño muy reducido pero pronto nos dimos cuenta que posee un encanto especial. Sus estrechas callejas, sus rincones recónditos, sus casas apiñadas de un hermoso colorido, su preciosa iglesia; todo formaba un delicioso conjunto que colmó las expectativas que habíamos puesto en esta visita.  

Volvemos a Orta

De vuelta al pueblo, mientras las mujeres se dedicaban a recorrer las numerosas tiendas de la población, yo me perdí de ellas y de mis compañeros y me dediqué en solitario a mi afición favorita.


Paseando por una de sus calles

Husmeé por todos los rincones, callizos, arcadas, jardines, embarcaderos y toda clase de recovecos que pudieran alimentar mi cámara fotográfica.


La iglesia del pueblo
En varias ocasiones, como el Tenorio, a las alturas subí y a las orillas bajé en una búsqueda incansable de instantáneas. Con la iglesia hemos topado, me dije al volver una esquina y, efectivamente, allí se encontraba al fondo de la calle.


El pintor de bronce

En un pequeño mirador me topé con la escultura de un broncíneo pintor tratando de plasmar la belleza que tenía ante él sobre un lienzo imaginario.


La plaza del embarcadero

Volví a la plaza y me reuní con mis amigos en el bar lindante al puerto para tomamos unos aperitivos, mientras un dicharachero camarero comentaba con uno de mis compañeros los lances del partido de fútbol del día anterior entre el Atlético de Madrid y la Juventus.

El ayuntamiento de Orta

Hacia las dos de la tarde nos reunimos todo el grupo para comer al aire libre, el día estaba espléndido, en el mismo restaurante donde habíamos tomado los aperitivos. 

Al ver esto pudimos intuir  en qué consistía la comida
Como primer plato nos sirvieron costrelli, una especie de crepes rellenos de verduras, a continuación una excelente ración de cochinillo asado, plato típico de la zona, todo ello regado con un buen vino italiano. No recuerdo muy bien el postre, pero sé que estuvo en consonancia con el resto de las viandas.


Otro bonito rincón
Aún tuvimos un breve espacio de tiempo para dar un corto paseo y hacer las últimas fotografías de este bonito lugar, antes de dirigirnos a la parte alta del pueblo y subir al autocar que nos iba a llevar directamente a Malpensa.


Mi última fotografía en Italia
Unas horas más tarde aterrizábamos en el aeropuerto de Barajas, ahora denominado de Adolfo Suárez. Allí nos esperaba otro autocar que nos acercó a Tudela pasada la media noche.

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viernes, 9 de enero de 2015

De lagos por Italia. Como

Después del plúmbeo día de nuestro recorrido por el lago Maggiore, la nueva excursión prevista era el lago Como, el tercero mayor de los italianos, compuesto por tres brazos con forma de Y invertida: al oeste el de Como, al este el de Lecco y al norte el de Colico. Tiene una longitud de cuarenta y seis kilómetros, una anchura de cuatro y medio y una profundidad máxima de cuatrocientos diez metros.

Siempre suele haber una de cal y otra de arena; en esta ocasión el sol lucía con esplendor cuando, después de partir de Arona, recorridos los setenta y ocho kilómetros que la separan de Como, hicimos la entrada en esta ciudad. No obstante, las nubes seguían agarradas en las crestas de las montañas creando una sutil y azulada neblina que nos impedía distinguir el cromatismo de sus laderas. 

Partiendo de la ciudad que da nombre al lago, tomamos la sinuosa carretera de la margen izquierda que, tras media hora de viaje atravesando pueblos como Cernobio, con su lujoso hotel en la Villa D'Este, y algunas otras poblaciones de la Lombardía, nos situó en Tremezzo, lugar donde se encuentra la famosa villa, primer objetivo de nuestro programa.

Entrada a Villa Carlotta
Villa Carlotta es un emplazamiento de excepcional belleza, en el que conviven en perfecta armonía la naturaleza de sus ubérrimos jardines y las obras de arte atesoradas en una espléndida mansión de finales del siglo XVII, convertida en museo, rodeada por un vergel de estilo italiano con numerosas escalinatas, estatuas y fuentes, ocupando más setenta mil metros cuadrados.

Amor y Psique
Comenzamos nuestra visita de la casa museo por un salón en el que fuimos sorprendidos por una magnífica escultura de Marte y Venus y, a continuación, en otra estancia, por una de Amor y Psique, muy similar a la que ya habíamos visto en el Hermitage de San Petesburgo durante nuestro viaje a Rusia.

Galería superior
Tras el paso por otras salas, subimos a la parte superior donde una hermosa galería daba paso a los diversos salones: el Rojo, el Imperio, el Comedor, el aposento de Carlotta, el estudio de Jorge II, el dormitorio y lo que llaman la sala del tapiz por el que cuelga de una de sus paredes.

Aposento de Carlotta

El comedor
Pudimos admirar el riquísimo mobiliario, su colección de pinturas, sus vajillas y la riqueza de su decoración, amén de unas vistas sobre el lago impresionantes. 

Vista del lago

Salimos para hacer nuestro recorrido por el jardín y fuimos caminando por un paseo de camelias hasta llegar a una ladera con un colorido inigualable en sus macizos de flores emergiendo de un césped de un verde intenso, brillante.


El lago desde el jardín

Más tarde, pasando por el teatro vergel y el jardín rocoso nos situamos junto al pretil de un puentecillo sobre un riachuelo que descendía desde la fronda formando un pequeño valle de helechos con un impresionante arbolado a ambos lados. 

El valle de los helechos

Un descanso en el jardín

Caminamos descubriendo vericuetos entre azaleas, rododendros y más camelias, con rincones sombríos asomados a la lámina azul del lago.


El lago desde un rincón


Abandonamos Villa Carlotta y Tremezzo

Terminada nuestra visita el autocar nos esperaba para llevarnos a Menaggio, el sitio donde teníamos previsto comer; un luminoso restaurante con grandes ventanales que nos ofrecían el espectáculo de un pequeño y bullicioso puerto lacustre, al que nos dirigimos después de los postres, casi sin tiempo para el café.

Menaggio desde el barco

Esta vez cupimos todo el grupo en un sólo barco que dirigió su proa hacia la orilla opuesta en la que una colorida aldea se derramaba desde la montaña hasta el lago. Un pequeño paseo por este pueblo encantador, por sus empinadas callejuelas, contemplando sus casitas de colores avivados por un sol espléndido, sus arcos de piedra y sus calles transmitiendo paz y sosiego.

Varenna

De nuevo a bordo hacia Bellagio, llamada la "perla del lago", ubicada en la estrecha franja de tierra que más se adentra en él, donde se unen los dos brazos de la Y invertida del mismo y sus calles empinadas huyen hacia la montaña.

Una de las calles de Bellagio

Aquí recalamos algo más de tiempo y aprovechamos para disfrutar algunos de unos exquisitos helados y otros de unas refrescantes birras. Estábamos a gusto, mas el tiempo transcurría inexorable.


Paseando por Bellagio

Atravesamos de nuevo el lago mientras los rayos solares se filtraban entre las nubes. Tras un corto tiempo de navegación, desembarcamos en Tremezzo, donde nos esperaba el autobús para continuar nuestro viaje. 

Los rayos solares sobre el lago

Circulando detrás una auto caravana francesa, el tramo de la sinuosa carretera hasta Como se nos hizo interminable. Cuando llegamos a la plaza del Duomo, el atardecer amenazaba con hurtarnos la luz; no obstante, pudimos percibir la belleza de la fachada de la catedral, de un mármol rosáceo, en la que destaca un tímpano precioso con la representación de la adoración de los Reyes Magos. 


Fachada del Duomo de Como

Después dimos un pequeño paseo por sus alrededores hasta que el encendido del alumbrado público nos indicó que era hora de volver al autocar para retornar a Arona.

Un día muy completo en el que el colorido, la temperatura, el arte y el paisaje colmó con creces las expectativas que esta fantástica excursión había despertado en todos nosotros.


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martes, 9 de diciembre de 2014

De lagos por Italia. Maggiore



Tras nuestro recorrido por Padua, Venecia, Verona, Rávena, Bolonia, Módena y de nuevo Milán, sentamos nuestros reales en Arona, a orillas de este lago que, con sus 66 kilómetros de longitud, es el segundo en extensión detrás del Garda. Fuimos caminando desde el hotel hasta el embarcadero en una mañana gris, precursora de lluvia, en que la niebla apenas dejaba entrever las orillas. En esta ocasión fueron dos los barcos que utilizamos para la navegación.


Nuestra partida de Arona
Poco después de dejar atrás la lejana silueta de nuestro hotel, camino ya de las islas Borromeas, vislumbramos entre la bruma la gigantesca estatua de San Carlos Borromeo con su color de cobre oxidado mimetizándose con el paisaje.

Jardines de Isla Bella
Tres cuartos de hora duró la travesía hasta arribar a la primera de las islas que íbamos a visitar: Isla Bella, Isola Bella, como rezaba un letrero cuando desembarcamos. En la pequeña isla se asienta el majestuoso Palacio Borromeo, con unos preciosos jardines a la italiana del periodo barroco y un reducido poblado de pescadores.


Llegada al Palacio de  Isla Bella
Dimos comienzo por la mansión de los Borromeo y fuimos recorriendo una a una todas las habitaciones, admirando la decoración, el mobiliario, las vajillas, la pinacoteca, las lámparas... 

Interior del Palacio

Una de las estancias
Atravesamos unas estancias decoradas con extrañas rocas, salimos al jardín y por unas escalinatas nos situamos en la terraza superior donde pudimos contemplar numerosas fuentes adornando una especie de retablo barroco en el que, situadas en hornacinas, así como en la parte superior, descansaba una variada colección de estatuas de personajes mitológicos, coronados por un majestuoso y desafiante unicornio.

Una extraña decoración

La terraza superior

Los parterres descendían en terrazas escalonadas, llenas de flores y plantas exóticas,  hacia las olas que rompían contra los muros, al tiempo que unos faisanes blancos picoteaban entre el verde del césped. A través de las aberturas que dejaban los nubarrones de la ribera del lago se adivinaban los Alpes, oscurecidos en un día plomizo.

Las estatuas contemplan impávidas una de las orillas desde Isla Bella
Mientras algunos hacían compras, aprovechamos para degustar una cerveza en una terraza junto a la orilla, contemplando el monótono ir y venir de las olas, esperando el traslado a la cercana isla de los pescadores.

La Isla de los pescadores
Pasamos a la diminuta isla de los pescadores, Isola dei pescatori. Un corto paseo por sus estrechas y tortuosas callejuelas, una breve parada en su iglesia y a comer. Pasta, por supuesto, y pescado. Después de los cafés, tomamos una copita de grappa que nos servimos de un botellón de dos litros que puso ante nosotros la dueña del ristorante. Excelente, por cierto.

Llegada a Isla Madre
Embarcamos de nuevo y, dejando atrás las dos islas, nos dirigimos a Isla Madre, Isola Madre, la mayor del archípiélago borromeo. Allí el palacio del siglo XVI se encuentra inmerso y en un exuberante jardín botánico a la inglesa, con una frondosa vegetación en la que descuellan las azaleas, las camelias y las palmeras.

Un faisán mira sorprendido

Otro nos ignora

Mientras hacíamos el recorrido, unos faisanes de vivos colores correteaban y se perseguían unos a otros, en tanto otros blancos se pavoneaban junto a los árboles.

Este posa coqueto

En la plaza, delante del palacio, contemplamos un enorme árbol sujeto por grandes sirgas. Se trata de un ciprés de Cachermira, símbolo de Isla Madre, nacido de semillas traídas de la región del Himalaya en 1862. A este ciprés lo abatió un tornado en junio de 2006, fue replantado de nuevo y se encuentra en periodo de recuperación.

El ciprés de Cachemira

La delicia del jardín

Visitamos el palacio, no tan espectacular como el de Isla Bella, pero si muy interesante en el que destaca su colección de porcelanas. A resaltar una sala con un escenario para teatro de marionetas. A la salida, en el jardín, se encuentra una pequeña capilla dedicada a San Carlos Borromeo, cuya festividad celebrábamos los bancarios el cuatro de noviembre.

El teatro de marionetas

La capilla de San Carlos Borromeo

Volvimos a embarcar y nos encaminamos a la población de Stresa, a orillas del lago. Rodeada de las altas cumbres de los Alpes piamonteses, es una ciudad coqueta que cautivó en el siglo XIX a la alta burguesía y al empresariado de Italia, que todavía conserva el esplendor pasado de sus villas y palacetes. Ernest Heminway, fascinado por el encanto de sus aguas azules y el verde de sus montañas, eligió este lugar como escenario de su novela Adiós a las armas.

Stresa desde Isla Bella
Su casco histórico se recorre en pocos minutos. Cansados del ajetreo del día, nos sentamos en una terraza para practicar nuestro deporte favorito: levantamiento de vidrio sobre barra libre; claro está, el vidrio rebosante de birra.

Anochecía cuando tomamos de nuevo el barco para volver a nuestro hotel. Durante la travesía traté de descubrir, entre las negras sombras de las montañas, la estatua verdiazul de Don Carlone. Vano empeño, había sido devorada por la oscuridad. Al desembarcar en Arona, era noche cerrada, como boca de lobo, y caía una lluvia fina y persistente.

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