sábado, 17 de septiembre de 2016

Un islote navarro en Aragón


No sabría definir muy bien el sentimiento que me embargó al cruzar el cartelón informándonos que de nuevo entrábamos en la Comunidad Foral de Navarra, después de pasar cerca de Navardún. Veníamos de visitar la impresionante población de Sos del Rey Católico. Desde la carretera que serpenteaba entre pinares pude atisbar en las alturas de un cerro la torre cuadrangular de la iglesia del pueblo. Dejando atrás una ermita situada en otro altozano, llegamos al final de la carretera: el pueblo navarro en tierras zaragozanas de Petilla de Aragón, cuyo término municipal está compuesto por este enclave principal y otro llamado de Los Bastanes. 

Justo habían comenzado sus fiestas. La calle Mayor y la Plaza de Navarra lucían numerosas banderas de nuestra Comunidad. Me sentí reconfortado del penoso recuerdo de un pueblo, que visitamos este mismo año, del navarro valle de Sakana, del que no quiero ni mencionar el nombre, en el que solamente se veían ikurriñas de la comunidad vecina de Euskadi. 

Busto de Ramón y Cajal en su museo

Visitamos lo más reseñable del pueblo: el pequeño museo dedicado a su hijo más ilustre, Santiago Ramón y Cajal, premio Nobel de medicina en 1906, en el que pudimos contemplar cosas muy curiosas. A mi me llamó poderosamente la atención su colección de cámaras fotográficas.  

A continuación recorrimos la aldea que consta tan sólo de tres calles: la ya mencionada Mayor, otra de Ramón y Cajal, como no podía ser menos, y otra dedicada a Amadeo Marco, otrora presidente de la Diputación Foral de Navarra. Cuenta además con una plaza en la que se encuentra la iglesia y el ayuntamiento que, como ya he dicho, lleva el nombre de Plaza de Navarra. Allí animamos sus fiestas, ante la expectación de sus escasos vecinos, participando en los bailables que interpretaba un pequeño conjunto de tres músicos. Posiblemente nunca habían recibido un autobús de visitantes ajenos al pueblo.

La plaza del pueblo

La iglesia, dedicada a San Millán, es de una única nave, realizada en piedra, de estilo gótico de finales del siglo XII y principios del XIII. La entrada se encuentra en un lateral, el del evangelio, y la configura un arco de medio punto abocinado, con las arquivoltas decoradas con motivos geométricos y el ajedrezado jaqués.


Puerta de la iglesia de San Millán

Antes de marchar, la concejal que nos atendió, nos invitó a unas pastas en el pequeño hotelito que hay en el lugar, desde el que se ven unas esplendidas vistas del valle del río Onsella con la Higa de Monreal al fondo.  

Petilla de Aragón, aunque pequeño, tiene su historia. Perteneció a Aragón hasta el siglo XII en el que, según la leyenda, el rey aragonés Pedro II lo perdió a los naipes ante el navarro Sancho VII el Fuerte, además de otras ocho plazas fortificadas. Lo que sucedió en realidad es que Pedro II de Aragón ofreció estas fortificaciones en garantía de los veinte mil maravedíes que le prestó Sancho VII de Navarra, el de las Navas de Tolosa, que no daba puntada sin hilo en cuestiones crematísticas. Quedaron los castillos en manos del intermediario Ximeno de Rada durante veinte años, al cabo de los cuales, Jaime I el Conquistador no pudo cumplir sus obligaciones dinerarias y Petilla de Aragón, en 1231, pasó a pertenecer al Reino de Navarra. Ochenta y un años más tarde, en 1312, los aragoneses, no conformes con esta situación, pretendieron recuperar este municipio por las armas, pero los petilleses se defendieron con denuedo resistiendo todos los ataques y sitios. Al día de hoy, aunque parezca un anacronismo, sigue perteneciendo a la Comunidad Foral de Navarra.

Mapa de Navarra  con los enclaves en Aragón
Recordé la localidad leridana de Llivia,  incrustado en Francia, que visité el año pasado durante mi viaje a Andorra. También me vino a la memoria el caso del burgalés Condado de Treviño, enclavado en Álava, en cuya historia también intervino Navarra por medio del rey Sancho el Sabio, y cuyos habitantes se sienten vascos a pesar de pertenecer a Burgos. Por ello, pregunté a la edil que nos estaba acompañando si no se consideraban un tanto abandonados por Navarra y qué sentimientos albergaban sus convecinos. Según ella, se sienten profundamente navarros, apoyados por el Gobierno Foral y relativamente bien atendidas sus necesidades por la cercana Sangüesa, comarca de la que dependen. Un compañero le comentó en broma si no habían pensado en cambiarle el nombre por el de Petilla de Navarra en lugar de Aragón. Respondió que mantienen una muy buena relación con sus vecinos aragoneses y que el nombre está bien como está. Yo apostillé que ciertas cosas mejor no "meneallas".

La carretera ya en tierras navarras
Lo cierto es que la carretera que nos había conducido hasta allí se encuentra en muy buen estado a partir de la muga con Aragón, a pesar de las curvas. El entorno, poblado de pinos, posee una serena belleza y el pueblo está limpio y bien acondicionado. Muy distinto de aquel que describe Ramón y Cajal, que abandonó el pueblo de pequeño y regresó a su lugar de nacimiento cuando contaba setenta y un años. En su libro Páginas de mi vida lo califica como «uno de los pueblos más pobres y abandonados del alto Aragón, sin carreteras ni caminos vecinales que lo enlacen con las cercanas localidades aragonesas de Sos y Uncastillo, ni con las más lejana Aoiz, cabeza del partido al que pertenece. Sólo sendas ásperas y angostas conducen a la humilde aldehuela, cuyos naturales desconocen el uso de la carreta. El panorama que tienen los ojos desde el portal de la iglesia no puede ser más romántico y a la vez más triste y desolado. Más que asilo de rudos y alegres aldeanos, parece aquello lugar de expiación y castigo».

A pesar de los últimos cincuenta años, la población parece seguir el destino alarmante de de todos estos pueblos debido a su descenso demográfico. En 1860 contaba con seiscientos sesenta habitantes, en 2015 solamente con treinta y cuatro y en la actualidad sus vecinos se pueden contar con los dedos de las manos. Sólo aumenta su número en las celebraciones familiares, aunque, según manifiestan, reciben visitantes aficionados al senderismo, la caza y las setas.

Paisaje desde Petilla de Aragón
El tiempo se nos hizo corto en este enclave navarro dentro de las Cinco Villas aragonesas. Cuando nos dirigíamos de regreso al autocar por la calle Mayor, de un portal salió un anciano preguntando de dónde éramos. De Tudela, respondimos al unísono. Se le alegró el semblante y soltó un espontáneo, enérgico y emocionado grito que pareció salirle del alma: ¡Viva Navarra!

lunes, 29 de agosto de 2016

Aguas claras


Aguas puras cristalinas
descienden entre guijarros
forjando nuevos destinos
por la senda de castaños.

Alas de plata en los ruejos
conjugan del sol  los rayos.
Oscuros troncos dibujan
viejas leyendas de prados
y los ripios de granito
murmuran de claro en claro.
Al discurrir de las aguas,
camino del puente bajo,
las raíces renegridas
florecen junto a peñascos.

El concierto de unos grillos
se escucha no muy lejano.

Larga tarde de canícula,
de siesta, cerveza y baño,
sombrero, gafas  de sol,
brisca y tinto de verano.

Mientras los niños, con risas,
se bañan en los remansos,
ninfas y gnomos silvestres 
se ocultan en los meandros.

Aguas de negra pizarra,
río lento acompasado,
cauce que al fluir repite
las cantinelas de antaño
.


Felipe Tajafuerte. (2016)

miércoles, 24 de agosto de 2016

Cáceres



Esas que ves ahí asaz lejanas,
como flechas hieráticas erguidas,
no son torres exentas, albarranas.
De Cáceres son alma, renegridas
oquedades de luz, atarazanas
de una noble ciudad reconocidas.
Hollar de los adarves la memoria
es adentrarse audaces en su historia.

Felipe Tajahuerte. (2016)

miércoles, 17 de agosto de 2016

Romance de la añoranza



La luna se ha equivocado,
sigue en pie muy de mañana.

El sol la contempla atónito,
tras su aparición temprana.
Se oye el tañido muy claro,
lejano, de una campana
y el ladrido de los perros
de la alquería cercana.
Mientras, los tristes recuerdos,
al mirar por la ventana,
se agolpan en la memoria
de la venerable anciana
añorando los momentos
felices pasados. Sana
tiene la vista y la mente.
Aun se conserva lozana,
mas su rubia cabellera
ahora se ha tornado cana.
Un día ya muy lejano
la ribera provinciana
dejó para residir
en una urbe inhumana.
Mustia transcurre su vida,
con tristeza cotidiana.
Ayer oropel y riquezas,
hoy penuria franciscana.
Sus ojos cansados muestran
un gran desconsuelo. Gana
la nostalgia siempre viva
del presente y del mañana.


Felipe Tajafuerte. (2012)

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