miércoles, 6 de septiembre de 2017

Sentí desfallecer



Sentí desfallecer.
Vi emerger un sórdido leviatán
de la profundidad de los miedos,
aflorar el desaliento con giros de amargura
y semblante de crisantemo.
Percibí la desazón arañando mis mañanas
y el desasosiego hurgando el destello de mis noches.
Un escalofrío de incertidumbres
anegó mis horas una a una.
Tenía los oídos ciegos a la confianza.
Los ojos cuajados de infortunio.
Mas, un apagado resplandor
-fanal en la oscuridad-
sembró la flor dúctil de la esperanza
precursora del optimismo.
Sin embargo, a pesar de ello, todavía...
                                           sentí desfallecer.


Felipe Tajafuerte. 2017

jueves, 31 de agosto de 2017

Volver a empezar


Desde el momento en que traspasó el umbral de mi casa me gustó por su sobriedad y su sencilla elegancia. Tenía buen aspecto y las referencias eran inmejorables. Destilaba empatía. Pronto nos compenetramos. Hicimos buenas migas y pasamos horas y horas en grata compañía. Cuando albergaba alguna duda acudía a ella y habitualmente daba respuesta a todos mis interrogantes.

De un tiempo a esta parte, comenzó a renquear y sus problemas internos se fueron intensificando. Pasó unos días en observación sin llegar a saberse qué es lo que le ocurría. No se acertó en el diagnóstico. Quizás su mal era congénito. Su edad tampoco hacía prever un final a corto plazo. Sin embargo, últimamente respondía con lentitud a mis requerimientos y, en ocasiones, se quedaba parada, como en otro mundo, flaqueando su memoria cada vez con mayor asiduidad. Hasta que ayer perdió sus constantes vitales y se apagó definitivamente. Había llegado su final.

En tan sólo un día, he constatado mi dependencia de ella. No me ha quedado otra opción. Ya he tomado las medidas oportunas para adquirir una nueva computadora.


Felipe Tajafuerte. 2017

lunes, 21 de agosto de 2017

Un paseo por las Cíes


Uno de los mejores recuerdos de estas vacaciones han sido los momentos disfrutados durante mi breve visita a las islas Cíes. Una visita largamente postergada a pesar de mi interés en acercarme a ellas en mis espaciados viajes a Galicia. Por una u otra causa, en todos ellos, hasta llegar esta ocasión, quedaron frustradas mis aspiraciones.

Faro y Monteagudo unidas por la playa
En Vigo, la mañana del día veintiséis de julio pasado, festividad de Santa Ana, amaneció esplendorosa, como corresponde a un verano que se precie, aunque sea en tierras gallegas. Una suave brisa hacía que las olas acariciaran los cascos de los catamaranes amarrados y dispuestos para recibir a los impacientes pasajeros. Una vez a bordo, esa misma brisa marina se transformó, a impulso de los poderosos motores, en un viento fresco que me hizo abandonar la proa, en la que me había instalado cámara en ristre. 


San Martiño
A pesar de dar la impresión de que los islotes se encuentran a tiro de piedra del puerto, la travesía se prolongó durante cincuenta minutos hasta atracar en el embarcadero de la isla Monteagudo que, junto a las de Faro y San Martiño, conforma el archipiélago de las Cíes. A mitad del trayecto, avistamos unos delfines y, detenida la navegación, tuvimos la oportunidad de disfrutar con sus juguetonas evoluciones. 


Playa de Rodas
Conforme nos fuimos acercando, pude contemplar la espléndida playa de Rodas, la más grande del archipiélago que une las islas de Faro y Monteagudo de forma natural y que en 2017 fue catalogada como la playa más hermosa del mundo. Efectuado el desembarco en ésta última isla, decidimos hacer un pequeño recorrido en lugar de aposentarnos en las blanquísimas arenas de la orilla. Tomamos el camino que parte del mismo embarcadero girando a la izquierda en dirección al camping ubicado en la isla de Faro. 


Desde la escollera
Atravesamos la escollera que une las dos islas de forma artificial e hicimos una pausa técnica en dicho camping. Reanudamos a continuación nuestro periplo por una estrecha pista, bien acondicionada, que, serpeando entre el arbolado, se encamina hacia el mirador de Pedra da Campá


El bosque estaba precioso
Durante la marcha pude admirar la belleza del paisaje de estas islas contrastando el verde del bosque, la blancura nacarada de la arena de sus diversas calas y los distintos azules del cielo y el mar fundiéndose en el horizonte atlántico, siempre acompañado de los estridentes graznidos de las gaviotas tratando de defender su territorio de nidificación de los extraños invasores de su hábitat. 


Gaviotas y helechos
La vereda se empinaba poco a poco y se retorcía una y otra vez para alcanzar la altura del mirador. Solamente en el último tramo se tornó en un repecho pedregoso un tanto exigente. 


Pedra da Campá
Una roca enhiesta exhibió ante nosotros un insolente agujero central, como el ojo de un Polifemo pétreo. Luego, la inmensidad del océano Atlántico, prometiendo lejanos y exóticos destinos. 


Paisaje isleño
No sé por qué me vino al pensamiento que al otro lado de esa inmensidad, en la sierra central peruana, se encontraba mi hija, quizás bajo un cielo tan limpio y un sol tan radiante como el que yo estaba disfrutando en esos momentos. Sonreí estúpidamente al darme cuenta de la diferencia horaria y de que lo más probable es que durmiera a pierna suelta. 



Otra vista desde el mirador
Tras unos momentos de descanso y deleite, volvimos sobre nuestros pasos porque debíamos tomar el próximo ferry a Vigo. No me cansaba de darle al gatillo de mi cámara fotográfica: árboles, aves, calas, raíces retorcidas... Todo quedaba guardado en la retina de una tarjeta digital. Mientras esperaba la hora de la vuelta a la ciudad, me refresqué con una cerveza en el bar que se encuentra junto al embarcadero. 


Camino de vuelta
Al alejarnos, todavía persistí haciendo fotografías de las islas. La visita a éstas había sido parca en el tiempo pero intensa en el contenido.


Raices
Dunas
Al pisar de nuevo el puerto de Vigo, fotografié una singular escultura: una enorme cabeza, ¿femenina?, apoyada en el suelo que, con sus grandes ojos, escrutaba nuestros pasos. 


Una singular escultura
Unos pasos cansinos que se dirigían hacia el autobús que nos llevaría al hotel donde teníamos preparado un excelente menú abundante en delicias marinas.

miércoles, 16 de agosto de 2017

¡Adiós, Trimbolera!

Se me ha ido una amiga bloguera entrañable. Fue una de las primeras amistades virtuales que hice cuando me inicié en este mundo de la blogosfera. Hasta última hora hemos seguido leyéndonos. Se sobrepuso a todo: el abandono de su hogar de Lanuza por la construcción del pantano, la muerte de su esposo Marcos, el diagnóstico de un cáncer... Todo sobrellevado de una forma admirable. Quizás le ayudó a ello su bitácora en la que casi todos los días nos mostraba la cara amable de la vida.

De izquierda a derecha: Liova, Trimbolera y yo en 2013
En  "El bosque de trimbolera", de la mano de Angelines Allúe Escartín, así se llamaba, conocimos el paisaje de su tierra, sus fotografías, sus paseos, la música que le gustaba y nos facilitaba, su poesía, su ternura, su fortaleza, su vitalidad, los homenajes de su pueblo a su marido Marcos, el nacimiento de su nieta Lucía, a su querido bolo, la nieve en Lanuza, las tormentas, cada una de las estaciones del año...

La amistad virtual se transformó en real gracias a  Liova, otra bloguera maña, llamada Cristina, a quien había conocido en persona en Cáceres, donde reside. En una excursión a Jaca quedé con ellas para pasar un rato de una tarde a finales del verano de 2013. La empatía que habíamos cultivado hasta entonces se transformó en mutua simpatía.

No ha dejado de publicar en su blog salvo en contadas ocasiones. El día catorce escribió lo siguiente: Estoy ingresada en el hospital. Un abrazo muy fuerte a todos. Volveré cuando se vaya la niebla. 

Este medio día se ha publicado una nueva entrada: Hoy Trimbolera ha visto a Marcos entre la niebla y las vacas... y se ha ido con él.

No he llegado a cumplir los deseos que manifestamos de encontrarnos de nuevo. Se ha marchado. Quizás coincida en otras esferas con Alberto Boutellier Caparrós, otro bloguero amigo que nos abandonó el pasado año. Descansa en paz, Angelines.

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