lunes, 21 de agosto de 2017

Un paseo por las Cíes


Uno de los mejores recuerdos de estas vacaciones han sido los momentos disfrutados durante mi breve visita a las islas Cíes. Una visita largamente postergada a pesar de mi interés en acercarme a ellas en mis espaciados viajes a Galicia. Por una u otra causa, en todos ellos, hasta llegar esta ocasión, quedaron frustradas mis aspiraciones.

Faro y Monteagudo unidas por la playa
En Vigo, la mañana del día veintiséis de julio pasado, festividad de Santa Ana, amaneció esplendorosa, como corresponde a un verano que se precie, aunque sea en tierras gallegas. Una suave brisa hacía que las olas acariciaran los cascos de los catamaranes amarrados y dispuestos para recibir a los impacientes pasajeros. Una vez a bordo, esa misma brisa marina se transformó, a impulso de los poderosos motores, en un viento fresco que me hizo abandonar la proa, en la que me había instalado cámara en ristre. 


San Martiño
A pesar de dar la impresión de que los islotes se encuentran a tiro de piedra del puerto, la travesía se prolongó durante cincuenta minutos hasta atracar en el embarcadero de la isla Monteagudo que, junto a las de Faro y San Martiño, conforma el archipiélago de las Cíes. A mitad del trayecto, avistamos unos delfines y, detenida la navegación, tuvimos la oportunidad de disfrutar con sus juguetonas evoluciones. 


Playa de Rodas
Conforme nos fuimos acercando, pude contemplar la espléndida playa de Rodas, la más grande del archipiélago que une las islas de Faro y Monteagudo de forma natural y que en 2017 fue catalogada como la playa más hermosa del mundo. Efectuado el desembarco en ésta última isla, decidimos hacer un pequeño recorrido en lugar de aposentarnos en las blanquísimas arenas de la orilla. Tomamos el camino que parte del mismo embarcadero girando a la izquierda en dirección al camping ubicado en la isla de Faro. 


Desde la escollera
Atravesamos la escollera que une las dos islas de forma artificial e hicimos una pausa técnica en dicho camping. Reanudamos a continuación nuestro periplo por una estrecha pista, bien acondicionada, que, serpeando entre el arbolado, se encamina hacia el mirador de Pedra da Campá


El bosque estaba precioso
Durante la marcha pude admirar la belleza del paisaje de estas islas contrastando el verde del bosque, la blancura nacarada de la arena de sus diversas calas y los distintos azules del cielo y el mar fundiéndose en el horizonte atlántico, siempre acompañado de los estridentes graznidos de las gaviotas tratando de defender su territorio de nidificación de los extraños invasores de su hábitat. 


Gaviotas y helechos
La vereda se empinaba poco a poco y se retorcía una y otra vez para alcanzar la altura del mirador. Solamente en el último tramo se tornó en un repecho pedregoso un tanto exigente. 


Pedra da Campá
Una roca enhiesta exhibió ante nosotros un insolente agujero central, como el ojo de un Polifemo pétreo. Luego, la inmensidad del océano Atlántico, prometiendo lejanos y exóticos destinos. 


Paisaje isleño
No sé por qué me vino al pensamiento que al otro lado de esa inmensidad, en la sierra central peruana, se encontraba mi hija, quizás bajo un cielo tan limpio y un sol tan radiante como el que yo estaba disfrutando en esos momentos. Sonreí estúpidamente al darme cuenta de la diferencia horaria y de que lo más probable es que durmiera a pierna suelta. 



Otra vista desde el mirador
Tras unos momentos de descanso y deleite, volvimos sobre nuestros pasos porque debíamos tomar el próximo ferry a Vigo. No me cansaba de darle al gatillo de mi cámara fotográfica: árboles, aves, calas, raíces retorcidas... Todo quedaba guardado en la retina de una tarjeta digital. Mientras esperaba la hora de la vuelta a la ciudad, me refresqué con una cerveza en el bar que se encuentra junto al embarcadero. 


Camino de vuelta
Al alejarnos, todavía persistí haciendo fotografías de las islas. La visita a éstas había sido parca en el tiempo pero intensa en el contenido.


Raices
Dunas
Al pisar de nuevo el puerto de Vigo, fotografié una singular escultura: una enorme cabeza, ¿femenina?, apoyada en el suelo que, con sus grandes ojos, escrutaba nuestros pasos. 


Una singular escultura
Unos pasos cansinos que se dirigían hacia el autobús que nos llevaría al hotel donde teníamos preparado un excelente menú abundante en delicias marinas.

miércoles, 16 de agosto de 2017

¡Adiós, Trimbolera!

Se me ha ido una amiga bloguera entrañable. Fue una de las primeras amistades virtuales que hice cuando me inicié en este mundo de la blogosfera. Hasta última hora hemos seguido leyéndonos. Se sobrepuso a todo: el abandono de su hogar de Lanuza por la construcción del pantano, la muerte de su esposo Marcos, el diagnóstico de un cáncer... Todo sobrellevado de una forma admirable. Quizás le ayudó a ello su bitácora en la que casi todos los días nos mostraba la cara amable de la vida.

De izquierda a derecha: Liova, Trimbolera y yo en 2013
En  "El bosque de trimbolera", de la mano de Angelines Allúe Escartín, así se llamaba, conocimos el paisaje de su tierra, sus fotografías, sus paseos, la música que le gustaba y nos facilitaba, su poesía, su ternura, su fortaleza, su vitalidad, los homenajes de su pueblo a su marido Marcos, el nacimiento de su nieta Lucía, a su querido bolo, la nieve en Lanuza, las tormentas, cada una de las estaciones del año...

La amistad virtual se transformó en real gracias a  Liova, otra bloguera maña, llamada Cristina, a quien había conocido en persona en Cáceres, donde reside. En una excursión a Jaca quedé con ellas para pasar un rato de una tarde a finales del verano de 2013. La empatía que habíamos cultivado hasta entonces se transformó en mutua simpatía.

No ha dejado de publicar en su blog salvo en contadas ocasiones. El día catorce escribió lo siguiente: Estoy ingresada en el hospital. Un abrazo muy fuerte a todos. Volveré cuando se vaya la niebla. 

Este medio día se ha publicado una nueva entrada: Hoy Trimbolera ha visto a Marcos entre la niebla y las vacas... y se ha ido con él.

No he llegado a cumplir los deseos que manifestamos de encontrarnos de nuevo. Se ha marchado. Quizás coincida en otras esferas con Alberto Boutellier Caparrós, otro bloguero amigo que nos abandonó el pasado año. Descansa en paz, Angelines.

martes, 25 de julio de 2017

Jotas a Santa Ana



El formato habitual de una jota es el de la copla, es decir, una composición de arte menor, compuesta por cuatro octosílabos cuyo esquema es -a-a con rima asonante, aunque algunas veces lo hagan en consonante y rimen también el primer y el tercer verso.

A la hora de interpretar las que conozco, tanto las aragonesas como las riojanas y las navarras, las famosas Jotas del Ebro, tienen la misma estructura: se entonan comenzando por el segundo verso, continúan con el primero, segundo, tercero y cuarto, se repite este cuarto y se termina con el primero, guardando todo ello un sentido. Se convierte por tanto en una estrofa de siete versos en total que se cantan en este orden: 1,2,1,3,4,4,2, siguiendo la rima a-a-aa-. 


Esta entrada y estas jotas, cuyas letras he escrito, además de a nuestra Patrona Santa Ana, se las dedico a todos los joteros y joteras que contribuyen al mantenimiento de las costumbres y tradiciones de nuestra tierra, en especial a mi compañero de Javierada Jesús María Iturre, "Puchero", a quien siempre se le encuentra en esos menesteres, de cuya amistad disfruto y espero que algún día utilice alguna de estas cuatro jotas que muestro, acompañadas de otras tantas imágenes tudelanas de Santa Ana. 

¡Va por ellos!

Santa Ana triple en una de las capillas del coro de la catedral.
La gloriosa Santa Ana,
en su regazo de abuela,
tiene a la Virgen y el Niño
y es patrona de Tudela.


Santa y la Virgen en el Museo de Tudela
Son las jotas tudelanas
como el humo de las velas:
ascienden hasta los cielos
para ensalzar a la Abuela.


Imagen de Santa Ana triple en la iglesia de la Magdalena de Tudela
Que es consuelo de Tudela
en los gozos se proclama
los días de la novena
en honor a Santa Ana



Santa Ana Triple trasladadasal altar mayor de la catedral

Cuando pasa Santa Ana
durante la procesión
se hace un nudo en la garganta
y se inflama el corazón.


Felipe Tajafuerte. 2017

martes, 18 de julio de 2017

La playa del desembarco


Hacía solamente nueve días del setenta y tres aniversario del desembarco de las fuerzas aliadas en Normandía durante la segunda guerra mundial. Salimos de  la ciudad de Caen con destino a la población de Arromanches, el centro de las playas donde tuvo lugar dicho desembarco el día seis de junio de 1944, el denominado día D. Allí se construyó uno de los dos puertos artificiales Mulberries, el B, que fue primordial para el éxito de la Operación Overlord al permitir poner en tierra toda clase de bagajes necesarios para la contienda.

El Memorial de Caen
Yo, creo que como muchos de mis compañeros, me encontraba un tanto decaído después de visitar el Memorial de Caen, un museo imprescindible para conocer los entresijos de la segunda guerra mundial pero que resulta desalentador. La tarde, al contrario que la mañana, pintaba el paisaje con unos amenazadores y plomizos nubarrones grises más acordes con mis sentimientos. 

Interior de Memorial
La visita previa al Memorial había sido muy dura, en especial el documental del desembarco y los bombardeos que sufrió la ciudad, que causaron la destrucción del setenta por ciento de la misma. A pesar de la dificultad para entender el francés, el reportaje causó verdaderos estragos en mi ánimo. El realismo y la crudeza de las imágenes de los soldados durante la batalla fueron escalofriantes, mucho más descarnadas que cualquier escena de una película bélica. Al fin y al cabo, la segunda guerra mundial fue la primera guerra filmada.

La playa de Arromanches

Arromanches-les bains se encuentra a unos veinticinco kilómetros de Caen y, como ya he dicho, llegábamos un poco tocados.  Nuestro autobús pasó por una carretera en cuyas cercanías se encuentra el cementerio americano, aunque no lo vimos, afortunadamente creo yo, y nos dejó situados en un mirador sobre el pueblo, que desciende de las laderas y se ubica en una hondonada resguardada por acantilados. 

Otra vista de Arromanches
La torre de la iglesia se yergue airosa sobre el caserío que se acerca a la playa. En ella y dentro de sus aguas se encuentran los restos de los grandes cajones de hormigón que fueron traídos desde el puerto de Southampton para construir este puerto artificial al que llamaron puerto B y que fue el único operativo puesto que el denominado puerto A fue destruido días antes del desembarco por una descomunal tormenta.

Una de las entradas al pueblo de Arromanches
Descendimos hacia el poblado para hacer nuestro particular desembarco y un tanque con el cañón apuntando al mar nos dio la bienvenida. Más abajo, ya junto a la playa, unas plataformas metálicas que formaron parte de las pasarelas del puerto. Y más armas de esa guerra a lo largo del recorrido en jardines y estacionamientos. Todo orientado a rememorar los hechos acaecidos en la zona. 

Pasarelas
Hoy día, Arromanches es un sitio turístico localizado en un buen punto para visitar lugares de batallas y cementerios de guerra. No se trata de algo agradable pero, estando en Normandía,  lo creo imprescindible por las connotaciones históricas en un conflicto bélico, que no vivimos por los pelos, cuyas consecuencias contribuyeron a la configuración de un nuevo orden mundial.

Restos del puerto artificial Mulberry
Si Saint Michel me impactó por su belleza, el pisar las arenas de la playa de Arromanches lo hizo por el recuerdo histórico de una guerra que causó grandes sufrimientos en tantísimas personas.

Mural en Arromanches
Como es habitual, terminamos el recorrido en uno de los bares de la zona marítima. Sentado, saboreando una cerveza, observé enfrente un mural con unos niños escribiendo este mensaje: please no more war love.

Escultura a la entrada del Memorial de Caen
Como no domino el inglés, soy de la generación que maltrata el francés, aunque intuía el significado, he recurrido a la corte celestial; en concreto a un nuevo santo, un tal san Google y éste me ha puesto en contacto con su traslator que me informa que ese texto quiere decir en román paladino lo siguiente: por favor, no más amor de guerra. Me parece un buen mensaje, similar a la escultura junto a la entrada del Memorial de Caen, aunque los asuntos del santoral no sean muy de fiar.

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