martes, 25 de julio de 2017

Jotas a Santa Ana



El formato habitual de una jota es el de la copla, es decir, una composición de arte menor, compuesta por cuatro octosílabos cuyo esquema es -a-a con rima asonante, aunque algunas veces lo hagan en consonante y rimen también el primer y el tercer verso.

A la hora de interpretar las que conozco, tanto las aragonesas como las riojanas y las navarras, las famosas Jotas del Ebro, tienen la misma estructura: se entonan comenzando por el segundo verso, continúan con el primero, segundo, tercero y cuarto, se repite este cuarto y se termina con el primero, guardando todo ello un sentido. Se convierte por tanto en una estrofa de siete versos en total que se cantan en este orden: 1,2,1,3,4,4,2, siguiendo la rima a-a-aa-. 


Esta entrada y estas jotas, cuyas letras he escrito, además de a nuestra Patrona Santa Ana, se las dedico a todos los joteros y joteras que contribuyen al mantenimiento de las costumbres y tradiciones de nuestra tierra, en especial a mi compañero de Javierada Jesús María Iturre, "Puchero", a quien siempre se le encuentra en esos menesteres, de cuya amistad disfruto y espero que algún día utilice alguna de estas cuatro jotas que muestro, acompañadas de otras tantas imágenes tudelanas de Santa Ana. 

¡Va por ellos!

Santa Ana triple en una de las capillas del coro de la catedral.
La gloriosa Santa Ana,
en su regazo de abuela,
tiene a la Virgen y el Niño
y es patrona de Tudela.


Santa y la Virgen en el Museo de Tudela
Son las jotas tudelanas
como el humo de las velas:
ascienden hasta los cielos
para ensalzar a la Abuela.


Imagen de Santa Ana triple en la iglesia de la Magdalena de Tudela
Que es consuelo de Tudela
en los gozos se proclama
los días de la novena
en honor a Santa Ana



Santa Ana Triple trasladadasal altar mayor de la catedral

Cuando pasa Santa Ana
durante la procesión
se hace un nudo en la garganta
y se inflama el corazón.


Felipe Tajafuerte. 2017

martes, 18 de julio de 2017

La playa del desembarco


Hacía solamente nueve días del setenta y tres aniversario del desembarco de las fuerzas aliadas en Normandía durante la segunda guerra mundial. Salimos de  la ciudad de Caen con destino a la población de Arromanches, el centro de las playas donde tuvo lugar dicho desembarco el día seis de junio de 1944, el denominado día D. Allí se construyó uno de los dos puertos artificiales Mulberries, el B, que fue primordial para el éxito de la Operación Overlord al permitir poner en tierra toda clase de bagajes necesarios para la contienda.

El Memorial de Caen
Yo, creo que como muchos de mis compañeros, me encontraba un tanto decaído después de visitar el Memorial de Caen, un museo imprescindible para conocer los entresijos de la segunda guerra mundial pero que resulta desalentador. La tarde, al contrario que la mañana, pintaba el paisaje con unos amenazadores y plomizos nubarrones grises más acordes con mis sentimientos. 

Interior de Memorial
La visita previa al Memorial había sido muy dura, en especial el documental del desembarco y los bombardeos que sufrió la ciudad, que causaron la destrucción del setenta por ciento de la misma. A pesar de la dificultad para entender el francés, el reportaje causó verdaderos estragos en mi ánimo. El realismo y la crudeza de las imágenes de los soldados durante la batalla fueron escalofriantes, mucho más descarnadas que cualquier escena de una película bélica. Al fin y al cabo, la segunda guerra mundial fue la primera guerra filmada.

La playa de Arromanches

Arromanches-les bains se encuentra a unos veinticinco kilómetros de Caen y, como ya he dicho, llegábamos un poco tocados.  Nuestro autobús pasó por una carretera en cuyas cercanías se encuentra el cementerio americano, aunque no lo vimos, afortunadamente creo yo, y nos dejó situados en un mirador sobre el pueblo, que desciende de las laderas y se ubica en una hondonada resguardada por acantilados. 

Otra vista de Arromanches
La torre de la iglesia se yergue airosa sobre el caserío que se acerca a la playa. En ella y dentro de sus aguas se encuentran los restos de los grandes cajones de hormigón que fueron traídos desde el puerto de Southampton para construir este puerto artificial al que llamaron puerto B y que fue el único operativo puesto que el denominado puerto A fue destruido días antes del desembarco por una descomunal tormenta.

Una de las entradas al pueblo de Arromanches
Descendimos hacia el poblado para hacer nuestro particular desembarco y un tanque con el cañón apuntando al mar nos dio la bienvenida. Más abajo, ya junto a la playa, unas plataformas metálicas que formaron parte de las pasarelas del puerto. Y más armas de esa guerra a lo largo del recorrido en jardines y estacionamientos. Todo orientado a rememorar los hechos acaecidos en la zona. 

Pasarelas
Hoy día, Arromanches es un sitio turístico localizado en un buen punto para visitar lugares de batallas y cementerios de guerra. No se trata de algo agradable pero, estando en Normandía,  lo creo imprescindible por las connotaciones históricas en un conflicto bélico, que no vivimos por los pelos, cuyas consecuencias contribuyeron a la configuración de un nuevo orden mundial.

Restos del puerto artificial Mulberry
Si Saint Michel me impactó por su belleza, el pisar las arenas de la playa de Arromanches lo hizo por el recuerdo histórico de una guerra que causó grandes sufrimientos en tantísimas personas.

Mural en Arromanches
Como es habitual, terminamos el recorrido en uno de los bares de la zona marítima. Sentado, saboreando una cerveza, observé enfrente un mural con unos niños escribiendo este mensaje: please no more war love.

Escultura a la entrada del Memorial de Caen
Como no domino el inglés, soy de la generación que maltrata el francés, aunque intuía el significado, he recurrido a la corte celestial; en concreto a un nuevo santo, un tal san Google y éste me ha puesto en contacto con su traslator que me informa que ese texto quiere decir en román paladino lo siguiente: por favor, no más amor de guerra. Me parece un buen mensaje, similar a la escultura junto a la entrada del Memorial de Caen, aunque los asuntos del santoral no sean muy de fiar.

miércoles, 12 de julio de 2017

Un lugar mítico

Desde hace mucho tiempo la roca normanda del Mont Saint Michel me había parecido un lugar esotérico y legendario que soñaba visitar. Este deseo se intensificó cuando, hace un par de años, leí el triller, publicado por Frederic Lenoir y Violette Cabesos, La promesa del Ágel, un bestseller al estilo de Los pilares de la tierra que, sin ser ninguna obra importante literariamente hablando, acrecentó el interés que siempre había sentido por poner los pies en ese imponente islote berroqueño. Pude cumplir este deseo hace escasamente un mes.

Saint Michel desde el estacionamiento de autobuses
Salimos temprano de Rennes y para las ocho y media de la mañana del miércoles catorce de junio, el autocar en el que viajábamos logró estacionar, prácticamente en solitario, en el parking habilitado a tres kilómetros de la isla rocosa donde se ubica la abadía dedicada a San Miguel.


Saint Michel desde la pasarela
Desde allí contemplé la majestuosa figura piramidal, inconfundible, de este monumento emergiendo de las arenas húmedas de la playa, en ese momento al descubierto por el retroceso de las aguas, donde se asienta la base de sus murallas y culminada por la aguzada torre de la iglesia abacial de la que sobresale una brillante estatua del Arcángel San Miguel luchando contra el dragón.

Hacia la Grand Degré
Unos autobuses lanzadera, navettes les llaman allí, nos aproximaron por el nuevo puente pasarela a unos cuatrocientos metros de las puertas del mítico islote, en cuyo entorno se producen las mareas más altas del continente europeo, dejándonos el camino expedito para que, como peatones, pudiéramos disfrutar de unas preciosas vistas despejadas sobre el Mont y la bahía.

El pueblo, que se desarrolló más abajo del cenobio edificado por los benedictinos, se extendió hasta el pie del peñasco transformándose en una plaza inexpugnable, ejemplo de arquitectura militar, y sus murallas y fortificaciones resistieron todos los ataques a lo largo de los siglos. Más tarde, tras la disolución de la comunidad durante la revolución francesa, fue transformada en prisión y en 1874 fue convertida en edificio histórico.

Iglesia parroquial de San Pedro
Tras la puerta de acceso, iniciamos una exigente ascensión por una estrecha calle, la Grande Rue, cuajada a ambos lados de comercios de souvenirs, ropa, libros, licores, bares, restaurantes etc. en dirección al abadengo. A la izquierda, un pequeño templo sale al paso del visitante; se trata de la iglesia parroquial de San Pedro en la que se encuentra una efigie del siglo XVI de Santa Ana educando a la Virgen. Un breve descanso en un mirador al pie de las escaleras que llevan a la sala de guardias nos permitió admirar el paisaje de la costa.

El río Couesnon desde la terraza
Después de atravesar dicha sala, previa entrega de los tickets para recorrer la abadía, subimos más escaleras entre los edificios de los monjes a la izquierda y la iglesia a la derecha, unidos por unos pasajes suspendidos, llegamos a una gran terraza en la que se encuentran el atrio de la iglesia abacial y unos tramos de la nave destruidos por un incendio en el siglo XVIII. Desde esta terraza se disfruta de una espléndida vista de la bahía, el islote Tombelaine, el canalizado río Couesnon y, más lejanos, el peñasco de Cancale y el Mont Dol.

La gaviota y el islote Tombelaine
Una insolente gaviota posó impertérrita ante mi objetivo, indiferente a todos los concurrentes.

La iglesia abacial

Cruzamos la sobria puerta que da acceso a la basílica. Es de tres naves, la central más alta que las laterales, majestuosa, sin más adornos que su soberbia arquitectura y unos sencillos bancos de madera.


Otro aspecto del interior

Está situada en la cima del peñasco, a ochenta metros sobre el mar y presenta tres alturas constituidas por arcadas, tribunas y ventanas altas. 


El claustro
Un pasaje en el lateral del evangelio nos abrió camino a un nuevo espacio que nos permitió admirar, a pesar de encontrarse en plenas obras de restauración, un magnífico claustro con una doble fila de columnas que trazan diversas perspectivas mutantes


Sala de huéspedes o visitantes
Mientras los obreros se afanaban en el trabajo, atravesamos su galería y recorrimos diversas salas comunicadas unas con otras y a distintas cotas: el refectorio, la sala de los Huéspedes, la cripta de gruesos pilares y otras capillas y criptas dispares hasta alcanzar una escalera que nos situó en la sala de los Caballeros, construida para sustentar el precioso claustro por el que habíamos pasado.


Cripta de gruesos pilares

Finalizamos el recorrido de esta maravilla en la Capellanía, establecida en el primer nivel, bajo la sala de los Huéspedes.


Sala de los Caballeros

Salimos al exterior, atravesamos un pequeño jardín y descendimos hasta llegar a la base de la escalera del Grand Degré


Otro aspecto de la sala de los Caballeros

Tomamos el camino de las murallas y continuamos bajando por el adarve, dejando el mar a nuestra izquierda y el pequeño caserío a la derecha, hasta sumergirnos en la vorágine del río de visitantes que a esa hora, cerca de las once de la mañana, atestaban la Grande Rue.


Una de las escaleras interiores
El calor apretaba de lo lindo por lo que nos introdujimos en una de las cervecerías allí situadas y pedimos unas bières très froides. A pesar de no estar a la temperatura solicitada y que tuvimos que llevarlas nosotros mismos a la mesa, nos soplaron la módica cantidad de 6,40€ por cada cervecica.


Escalinatas hacia la sala de guardias
Abandonamos el recinto amurallado no sin detenernos ante el restaurante La Mère Poulard, junto al puente levadizo, famoso por sus tortillas francesas de langosta y de bogavante, amén de los sablazos que dan al personal. 

La pasarela estaba repleta de viajeros que en esos momentos se acercaban al lugar que nosotros ya abandonábamos; unos a pie, los más en los autobuses navettes y otros en las coloristas navettes hippomobiles, unos grandes carruajes bien pertrechados tirados por caballos. 

Descendiendo por el adarve, a la izquierda el mar

No recuerdo las veces que, como la mujer de Lot, volví la vista atrás para retener en mi memoria y tomar las últimas instantáneas del mítico lugar que estaba dejando a mis espaldas, la gran pirámide del Mont Saint Michel, coronada por la dorada estatua del Arcángel San Miguel sobre la aguja de la torre de la iglesia, a ciento setenta metros por encima de la orilla.

Por el adarve, a la derecha el caserío

No tuvimos la suerte de contemplar la perspectiva de esta maravilla, este grand site de France, durante la pleamar cuando, gracias a la eliminación de la antigua carretera sobre el dique, sustituida por un puente pasarela eliminando el obstáculo que impedía el tránsito de las aguas de las mareas, adquiere el carácter de isla marítima, tal como la percibió el obispo de Avranches cuando, en el año 708, erigió el primer santuario en el Mont-Tombe, que así se llamaba entonces. De no haberse llevado a cabo esta modificación, dentro de veinticinco años, Saint Michel y su milenaria abadía hubieran estado rodeadas de praderas verdes en lugar de aguas azules.



sábado, 1 de julio de 2017

Septeto


Siete años han transcurrido ya desde aquel primero de julio, tan lejano desde la perspectiva del día de hoy en el que conmemoro el alumbramiento de este blog que, poco a poco, ha ido variando su contenido aportando trabajos literarios, últimamente con unas connotaciones más poéticas que antaño. Algunos temas se me han ido quedando por el camino y otros, como política, religión o sexo, prefiero no "meneallos".

Es probable que esta modificación constituya solamente una derivada puntual o transitoria. No lo sé. De momento estoy dando rienda suelta a unas nuevas inquietudes. Cierto es que no mantengo el mismo entusiasmo inicial ni la misma constancia. Como consecuencia de ello, las entradas se han ido espaciando. En esto de la escritura me ocurre como con el caminar y la bicicleta: si emperezo pierdo el hábito y cada día me cuesta más ponerme ante la tesitura de plasmar algo coherente. Quizás haya llegado el momento de plantearme una pausa o la propia continuidad de esta bitácora. El tiempo decidirá.

Durante este periodo último he tenido la satisfacción de alcanzar dos nuevos galardones y ambos han tenido lugar en el campo poético. Desconozco si ésto ha sido la causa o, tal vez, la consecuencia del cambio de orientación de mis trabajos. Sea como fuere, en tanto me encuentre a gusto con lo que en la actualidad estoy ocupado y que las emociones sigan aflorando, continuaré concediendo protagonismo a esta actividad reciente. Veremos lo que da de sí esta etapa un tanto incierta que hoy inicio. 

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