sábado, 17 de noviembre de 2018

Lo que está bien, está bien


Ayer tuvo lugar, en la recoleta plaza de San Jaime, el VIII pregón en homenaje a la elástica y la boina tudelanas.  En esta ocasión, a mi juicio, se ha obrado con cordura y se han separado las cenas de las dos celebraciones. Ambas, como es lógico y natural, tienen sus defensores y detractores. Esto no lo podemos evitar, porque de todo tiene que haber en la viña del señor. No obstante, anoche, los partidarios de la boina pudieron reunirse sin renunciar a nada y disfrutar de la tradicional cena. Lo mismo ocurrirá el próximo viernes: los acérrimos de la elástica podrán degustar su cena, también tradicional, sin que nadie les haga sombra. Quienes son indiferentes a estas tradiciones seguirán absteniéndose y los que somos gustosos de participar en ambas, podemos hacerlo sin tener que optar por una u otra.

El honor de hacer el pregón de este acto, así lo consideramos los que hemos sido pregoneros, recayó, de nuevo, en una mujer: Blanca Aldanondo, una fotógrafa profesional como la copa de un pino, a quien vemos recorrer los rincones de Tudela para dar noticia gráfica de cualquier acontecimiento. Como es habitual, hizo la presentación el polifacético Pepe Alfaro ante un numeroso público entre el que nos encontrábamos Isidro López, primer pregonero, Milagros Rubio, la última y yo que fui el cuarto. A los tres nos hicieron la correspondiente foto junto a la protagonista de este año y el presentador.

De izquierda a derecha: Isidro, Milagros, yo, Blanca y Pepe
Blanca estuvo muy amena y emotiva en su discurso un si es no es nostálgico. Le agradezco la mención que hizo de quienes la hemos precedido, pero tengo que hacerle una pequeña corrección: Si no recuerdo mal, la "alucinante puerta giratoria" no era la del Diamante, sino la de un bar contiguo, ubicado entre éste y el Arbella: el Amaya.  Estos dos últimos desaparecieron y han sido sustituidos por otros. 

Blanca Aldanondo leyendo su pregón, junto a ella Pepe Alfaro
Como en ocasiones anteriores, transcribo íntegro el pregón, que amablemente me ha facilitado Blanca Aldanondo, para quienes no tuvieron oportunidad de escucharlo. Dice así:

VIII PREGÓN DE LA BOINA Y LA ELÁSTICA TUDELANA


Y digo yo…
¿Qué hace una fotógrafa como yo en un escenario como este?
Un lugar por donde han pasado poetas, escritores y gentes de mucho saber. Isidro, Fermín, El Jabonero, Felipe, Inma, Pepe, Milagros. ¡¡¡Qué vértigo!!!
Yo no sé hacer maravillosas rimas ni bellos relatos. Solo puedo mirar. Mirar y ver. Usar mi cámara y perpetuar nuestro día a día.
Y ahora vamos a mirar juntos unas imágenes que todos guardamos en la memoria colectiva. Os invito a ‘fototransportarnos’ juntos a momentos de la Tudela de los últimos años en los que la Elástica y la Boina son protagonistas.

Mi primera foto.
 Cerrad los ojos. El paseo de Invierno. El quiosco del señor Andrés. El parque infantil. La imprenta Muskaria. Y el Colegio Lestonac.  Esta es la foto de mi infancia. Por aquel entonces, eso era Tudela para mí.
¿Veis el quiosco del señor Andrés? El olor pegajoso de los pepinos y cebolletas en los dedos. Aquellos regalices rojos, y los kilos y kilos de pipas y maíces.
Ahora bajamos un poco. Al parque infantil de hierros oxidados. El tobogán, las barras paralelas  donde dábamos volteretas suicidas. Aquellos columpios con un gran charco de agua debajo. Y la reina del parque: la bola del mundo con una barra vertical en su mismísimo núcleo para poder bajar…, o evitar despeñarse de cabeza. Solo unos pocos valientes se atrevían con ella. Y aquel suelo cubierto con una alfombra de piedras.
La imprenta Muskaria, con un pequeño escaparate  que contenía los mayores tesoros. Las gomas de borrar, lapiceros, bolígrafos, cuadernos y sobre todo, cromos…
Y para terminar, el Colegio Lestonac. Allí crecimos e hicimos amigos.
Aquí comienzan mis primeros recuerdos de la boina y la elástica. Esa imagen de mi padre o de mi abuelo cuando venían a buscarme. Con sus txapelas, como las llamaban ellos. Podía verlos acercarse desde la otra punta del parque. ¡¡¡Blanca!!! ¡¡¡Te llama tu madre!!!

Otra foto, la de mi adolescencia.
Mirad esta otra imagen. Tudela se hacía más grande para mí. Descubrí la plaza Nueva.
Vamos a recorrerla juntos. En la esquina, el Banco Bilbao. La zona de los bares, inaccesibles para mí en aquella época. La alucinante puerta giratoria del Diamante. Allí jugábamos girando y girando hasta que algún adulto te lanzaba un par de gritos. Y aquel olor que salía a la calle de los legendarios calamares a la gabardina del Arbella.
Y lo más importante de todo: los carricos de chucherías en los porches de la plaza. El paso previo a la sesión de primera hora de la tarde del cine Versalles.
Allí discurría nuestra adolescencia y comenzamos a fijarnos en las cuadrillas de amigos con elásticas y boinas que chiquiteaban por los bares de la plaza. Aquellos que te miraban con sorna y te preguntaban: “¿Y tú…, de quién eres?”.

La foto de juventud
Tudela crecía y crecía;  el Paseo del Prado, el Corazón de Jesús, la Torre Monreal. La experiencia en el grupo de danzas….
Quién de vosotros no se coló en la Torre Monreal para encontrar el pasadizo hacia la catedral… Y quién no se refugió en cuadrillas en el paseo del Prado  para fumar a escondidas aquellos cigarros que comprábamos de uno en uno…
Y aquella música que salía desde las ventanas abiertas de la Casa del Reloj y que te invitaba a entrar. Allí viví mi experiencia con el Grupo Municipal de Danzas. Boinas rojas, negras, elásticas. Los txistularis y los danzaris. Los primeros chicos…
Y el mayor de los descubrimientos: Cocorico.  Aquella primera vez que conseguí entrar sin la edad exigida después del enésimo intento. Aquello era el paraíso; enorme, azul, con chicos y la mejor música… Boinas no había; creo…

Y por último, la foto de hoy
Aquí y ahora mismo. En esta noche de otoño en la que homenajeamos a estas prendas tan nuestras.
Y en la plaza de San Jaime, un lugar entrañable de Tudela en el que casi se pueden escuchar los siglos de historia. Cerrad los ojos un momento. ¿No oís el repiqueteo tozudo de los canteros que construyen la Catedral?
 A casi todos os he conocido por mi trabajo de fotoperiodista. Con boinas, con elásticas, en el trabajo, dedicando vuestro tiempo a Tudela o disfrutando de nuestras tradiciones. Así que congelo también este instante y lo guardo para siempre en mi memoria. En nuestra memoria…
Pero os voy a pedir un pequeño favor. Aquello que os pido siempre cuando os apunto con mi cámara: Mirad hacia aquí y, sobre todo…, ¡SONREID!”.
Y ahora, que suene la música de los gaiteros con sus txapelas y elásticas. Vamos, que ya huele a tostadas de ajo y se nos van a socarrar…

domingo, 21 de octubre de 2018

Cuando una amiga se va...


Conocí virtualmente a Nerim, autora del blog Cajón secreto, hace poco más de ocho años. Me enamoré de su forma de escribir con una breve, maravillosa, historia titulada Sonando boleros, que después incluyó en su libro. Más tarde supe su verdadero nombre: Jone Miren Asteinza, una vasca afincada en Cataluña después de pasar por Venezuela. Recuerdo su avatar de aquel tiempo como si fuera ayer mismo: gafas oscuras y sombrero muy calado -¿un borsalino?- que apenas dejaba entrever su rostro sonriente. 

Coincidimos por primera vez en Blogueros Mayores, que por entonces dirigía el Viejo Pescador. Empatizamos de inmediato. Más adelante, puso en marcha un nuevo blog, Audiolecturas, dándome la sorpresa de poner voz a uno de mis primeros relatos, Sirenas. 


En la presentación de su primer libro
La conocí personalmente, junto a otros blogueros amigos, en Madrid, en la presentación de su primer libro, una tarde-noche de abril, hace ya cinco años. Sin solución de continuidad, mudamos la empatía por la mutua simpatía. 

Al poco tiempo, me dio paso en su programa de radio Lecturas en audio, de la emisora de la ciudad argentina de Rosario, El mundo en voz, donde presenté mis relatos Sirenas y El carrico del helado, narraciones que a ella le encantaban, según me confesó algunas veces. Le dediqué, por su condición de vasca, mi escrito Un nuevo Basajaun. 

Me instaba a presentarme a concursos de microrrelatos en los que ella solía participar. Nunca seguí su consejo. Según sus propias palabras, no era de poesía, y mucho menos de escribirla, sin embargo me dijo que a Francisco Espada, a Chelo De la Torre y a mí sí que nos leía. Supongo que a algunos más también. 


Mi último encuentro con Miren
Hace un par de años, con motivo de mi viaje a Barcelona, tuvo la amabilidad de desplazarse, junto con su marido Luismi, hasta el hotel donde nos alojábamos para disfrutar un rato en nuestra compañía. 

Hablamos de su último libro, Voces de madrugada, que más tarde me envió, y se interesó por el proyecto del mío, manifestando el deseo de tenerlo pronto en sus manos. Pudo cumplirlo porque en junio pasado se lo facilité. Un poco antes, había solicitado mi autorización para poner voz a uno de mis últimos poemas: Sentí desfallecer. 

Hace unos meses tan sólo, me comunicó su último proyecto: una novela en la que tenía puestas sus ilusiones. A la vuelta de mi reciente viaje, me he encontrado con la noticia de su fallecimiento. Los cimientos de mi mundo bloguero se han visto sacudidos de nuevo. Primero fue Alberto Boutellier, más tarde Angelines Allúe, y ahora Miren. 

Como homenaje, traigo de nuevo el podcast donde su voz cálida, de matices acariciadores, primorosa en el sentimiento, recita mi poema.

 


Descansa en paz, Miren o Nerim, como prefieras, tu sonrisa abierta siempre nos acompañará.

lunes, 1 de octubre de 2018

Luna llena




Luna llena, rubicunda,
que dibujas de amapolas
los atardeceres rojos
y el lecho donde te alojas.
Viajas en carro de nácar,
ese que mece las ondas
cuando cantan las sirenas
y se iluminan las sombras.
Recalas en los remansos
que velan las caracolas
soñando con musgos tersos,
con besos de arena y ola.
Y cuando llegas al cénit,
donde los sueños se alojan,
resalta tu rostro níveo
en alboradas redondas.


Felipe Tajafuerte. 2018


martes, 4 de septiembre de 2018

Certeza


Era Fidel, no me cabía la menor duda. Como siempre que viajaba a Tudela, me acerqué al casco histórico para dar un paseo por sus emblemáticas calles. Las alegres notas de La primavera de Vivaldi, sobrevolando los aleros de sus casas solariegas, habían llamado mi atención cuando transitaba por el empedrado de la Rúa. 

Allí estaba, ante el portal de La Casa del Almirante. El mentón apoyado en la barbada de la tapa del violín, la mano izquierda en el mástil y la derecha meciendo el arco con la acompasada energía que exigía la música. De las cuatro cuerdas surgían vivaces los sonidos denotando su virtuosismo. 

Me costó reconocerle después de los años transcurridos desde nuestro último encuentro. Su rostro enjuto mostraba las estrías del frío, del calor, del hambre y del alcohol. De sus ojos había desaparecido la chispa de los triunfadores. Un marcado rictus de amargura había borrado su otrora sonrisa seductora. 

Me miró un instante, volvió la vista y continuó con su labor. No dijo nada, pero sé que me reconoció. Al fin y al cabo, yo no había cambiado tanto como él. Respeté su actitud esquiva y tampoco dije nada. La empatía me hizo pensar que quizás sentía vergüenza por su actual situación. No quise preguntarle por Cármen ni por su empleo como concertino en la Sinfónica de Melbourne. Ni se me ocurrió solicitar su aprobación para hacerle una fotografía. 

Dejé un billete de diez euros en la gorra tendida boca arriba en el suelo y proseguí mi camino hacia la catedral de Santa María. 


Felipe Tajafuerte. 2017 

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