martes, 25 de enero de 2011

Fuente de la salud

Días pasados, en una de mis salidas matinales, paseaba por el camino del bocal y al llegar a la altura de la Fuente de la Salud sentí la curiosidad de averiguar definitivamente, tras intentarlo en otras ocasiones infructuosamente,  el estado actual de ese manantial, que en otro tiempo fue solaz de todos los tudelanos.

A él nos llevaban de excursión con la merienda a los niños de los colegios. En un promontorio berroqueño, a la sombra de los pinos, en una oquedad  a la que se llegaba por una senda estrecha, surgía con fuerza a escasamente un metro de altura un gran chorro de agua que, discurriendo entre los ruejos, iba a desahogar en un riachuelo de agua cristalina que alimentaba el llamado molino de Caritat.

De buenas a primeras, una poderosa familia de agricultores que poseía allí unos terrenos decidió cercarlos y clausuró el acceso a ese idílico lugar de esparcimiento popular. Desconozco si estaba en su derecho o simplemente se lo arrogó. Lo cierto es que al pueblo de Tudela se le imposibilitó el goce de un paraje cautivador del que había venido disfrutando desde tiempos inveterados.  

El río entrando en el Molino de Caritat

Me acerqué hacia el arroyo. Una vieja cadena, arrumbada en el suelo entre dos pinos, pretendía impedir la entrada. Remonté la corriente por una estrecha senda unos cien metros hasta que me fue imposible seguir. Una maraña de vegetación exuberante y descuidada me obstruía  el paso.

Por aquí no se puede pasar

Y por aquí tampoco

Por aquí sí. Así está el acceso

Volví al camino circundando unos edificios abandonados y dejando atrás alguna casa de campo y más construcciones ruinosas, me metí en un barbecho. Por una valla desvencijada que ya no cumplía ninguna misión penetré para acercarme otra vez a la orilla del río. Husmeé dando vueltas por donde alcanzaba y por fin dí con el lugar en el que antiguamente estaba el alumbramiento. 

Ahí está, ahí está

A esto se ha visto reducida

¡Que decepción! Nada se asemejaba a mis recuerdos. Ni chorro de agua, ni ésta fluyendo por los cantos, ni guijarros ni nada de nada. Había sido cegada y encauzada. Un aro de ladrillos de unos dos metros de diámetro, casi oculto por las espinosas bardas resecas, recibía el agua que llegaba a él a través de un tubo de cemento. Todo ello encuadrado en un ambiente de abandono, dejación y deterioro desalentadores.

Al otro lado de los pinos se encuentra la fuente

Volví sobre mis pasos desmoralizado. Mis bellas evocaciones infantiles se vinieron abajo como un castillo de naipes. Ya no lucía tan hermoso ese balcón desde el que se dominan los campos de Lodares, Mosquera y El tamarigal, con el Ebro cercando sus límites y el telón de fondo de San Gregorio y las Bardenas.

domingo, 23 de enero de 2011

Decepción

El sábado, a la vuelta de mi excursión por los Altos de Canraso, me encontré con un miembro de la peña La Teba, entablamos conversación y me comentó que habían programado para el domingo una marcha por el Vedado de Eguaras. Se trata de una reserva natural enclavada en las Bardenas Reales de Navarra que sin embargo no pertenece a ellas. Como preparación para la Javierada, me pareció interesante incorporarme al grupo, se lo sugerí y me dijo que podía acompañarles con toda tranquilidad.

 A las ocho de la mañana salimos en nuestros vehículos para situarnos en el punto de partida. Una densa niebla dificultaba nuestra visión. Dejamos atrás Arguedas y el Yugo y enfilamos el Camino Real de Tudela en dirección a Carcastillo. Dejamos los coches en el corral que hay junto a la cuesta de Landazuría,  subimos el repecho y comenzamos a caminar por El Plano. En una bifurcación giramos a la derecha y, poco más adelante, penetramos en territorio del Vedado.

Caminando por el Vedado

Albergábamos la esperanza de que levantara la niebla y luciera un sol esplendoroso que nos permitiera admirar la belleza del paraje. Vana ilusión. La bruma, tozuda,  fue compañera inseparable durante toda la mañana.

Camino dificultoso en algún tramo 

No hubo forma de contemplar prácticamente nada de un paisaje medianamente lejano. Solamente teníamos visibilidad unos metros a ambos lados de la pista. Lentiscos y pinos, algunos invadidos por el muérdago, flanqueaban nuestro paso. Los espartos y sisallos rozaban nuestros pies, en tanto, los romeros y lavandas daban un aroma liviano al ambiente humedecido.   

Visión muy limitada

Tras algo más de una hora de andadura llegamos a la casa del guarda, un edificio de dos plantas muy deteriorado. A escasos metros apenas se distinguía, encaramada en un cerro, la silueta amorfa del castillo de Peñaflor o de Doña Blanca.

La casa del guarda

Con algunos efectos del ruinoso edificio, montamos una improvisada mesa en la que, poco a poco, fueron apareciendo un sinfín de viandas suficientes para reponer fuerzas y algo más. Debidamente reconfortados con el comercio y el bebercio, emprendimos el regreso hasta el lugar donde habíamos estacionado nuestros coches. En tres cuartos de hora estábamos en casa.

Mesa dispuesta para el yantar

Es la segunda vez que trato de  apreciar este rincón emplazado en las Bardenas Reales sin haberlo conseguido todavía. En la primera ocasión no pude ni llegar, apenas se veía a dos metros de distancia y temí perderme en los caminos. En esta oportunidad he logrado  hollarlo, pero verlo, lo que se dice verlo, ni por asomo. Otra vez será.

jueves, 20 de enero de 2011

Altos de Canraso

Hoy definitivamente me decido ha llevar a cabo el recorrido de los Altos de Canraso, pero iniciándolo  en la potabilizadora en  lugar en el barranco de Barcelosa.

La temperatura es fresca  pero con un sol radiante. Transito por varias calles y enfilo la cuesta asfaltada que me va a dejar en el lugar donde quiero comenzar la ruta.

El cerro de los Pendientes de la reina, horadado por los surcos de las motos, es testigo de mi leve jadeo ante las primeras dificultades. Corono la cima y me detengo a recuperar la respiración junto al panel indicador, contemplando la vasta meseta que tengo ante mis ojos. El letrero me informa que el camino a seguir es el sendero local NA-218.

Los pinos del fondo ocultan la ermita
Una vez repuesto, doy comienzo a mi andadura. Tomo una pista lo suficientemente ancha para el tránsito de vehículos. Las dos franjas de un poste cercano, una blanca y otra verde, me indican inequívocamente que esta es la dirección correcta.

La ciudad oculta por los pinos y detrás el Moncayo
Bordeo primero el barranco del Cristo. Al fondo se ven los pinos que ocultan la ermita. Llego a un lugar  donde la planicie se estrecha y tengo a ambos lados sendos barrancos: a mi derecha el del Cristo y a la izquierda el de Las Norias. La vista es preciosa. La ciudad envuelta en la bruma y el Moncayo con su cresta nevada por un lado, por el otro se adivinan la Bardenas tras la depresión el Ebro, nexo de unión de los dos paisajes.

Al otro lado el valle del Ebro
Continúo la marcha y al poco tiempo la senda se orienta hacia el fondo. Es un descenso con una pendiente muy pronunciada con numerosas vueltas. Hacia la mitad, me encuentro a un joven que sube corriendo, no aceleradamente, pero corriendo. Me tiemblan las piernas nada más de verlo.

El descenso
Llego a la hondonada de Las Norias. Por un terreno de suaves toboganes cruzo a la concavidad de Barcelosa. Me acerco al cartel anunciador del comienzo del recorrido natural del paseo. Recorro el mismo camino del otro día hasta la presa. Los patos iniciando su vuelo diluyen en estrías el espejo del embalse. En el silencio reinante, el rumor de mis pasos los ha sobresaltado. A ambos lados pinos, unos secos y otros verdes, estos muy afectados por la procesionaria.

En el cerro central del fondo, la cuesta para subir a los altos
Ya estoy en el lugar en el que anteayer decidí continuar por la falda de Canraso en lugar de ascender a la cima, hoy por el contrario vengo con la determinación de subir a lo más alto. El ruido ensordecedor de unas motos de montaña rompe la tranquilidad del lugar.

En el embalse se refleja la cima por donde transitaré
Echo mano de una barrita energética, tomo un poco de bebida isotónica y ¡tira para arriba! El desnivel es muy exigente. Tengo que pararme varias veces y descansar hasta que se me pasa el resuello. ¡Qué mayor estoy!  Concluyo la cuesta y me recibe una huerta solar. Estoy de nuevo en la altiplanicie, allí abajo toda la cuenca de Barcelosa.

Final de la cuesta. Barcelosa abajo
Descanso y acabo con toda la bebida. Un ciclista subiendo por la misma rampa que yo me alcanza y me saluda. ¿Cómo es posible que le queden fuerzas para saludar? De nuevo me tiemblan las piernas. Definitivamente: soy muy mayor.  

Sigo por el camino balizado y él en dirección contraria. Ahora voy andando por una vereda entre piedras y pinos,  los de la izquierda me impiden ver el final del barranco. De vez en cuando algún vano permite asomase y apreciar el panorama.
 Al final de esta parte de Canraso que, como un muro, separa los dos barrancos se abre un espacio sin pinos que parece adentrase en el vacío y es un fantástico mirador. ¡Madre mía, qué maravilla! Voy a tratar de describirlo, no tengo mucha confianza en ser capaz de ello.

Tras la bruma, las Bardenas 
Todo el valle del Ebro a mis pies. Aquí debió suceder aquello de: todo esto te daré si postrado me adoras. El río dibujando infinidad de meandros, los tres barrancos nombrados, las Bardenas al fondo, Valdetellas, San Gregorio, la Bardena Negra y Sancho Abarca, la ciudad de Tudela, el valle del Queiles, Moncayo nevado, los Montes del Cierzo y nuevamente las Bardenas. Todo visto a través de un ligero velo de neblina que, a pesar de restarle luz, le da un halo cautivador y sugestivo.

Bordeando el barranco
Reanudo la marcha por el alto de Canraso contorneando de nuevo los barrancos, primero el de Las Norias, luego el del Cristo y me sitúo otra vez frente a la potabilizadora.  No resta sino descender por la carretera asfaltada hasta alcanzar las primeras calles de la ciudad. En media hora estoy en casa.

Dejo atrás la depuradora
La excursión ha durado tres horas y media, algo menos que si la hubiera hecho partiendo del panel de Barcelosa. La temperatura inicial de 5º ha ido ascendiendo hasta los 14º. El sol y el ejercicio me hacen suspirar por una ducha reparadora.

lunes, 17 de enero de 2011

Blogmanía

Lo reconozco, me tiene encandilado la cuestión esta del blog. Todo comenzó como consecuencia de mi afición a la genealogía y el deseo de dejar constancia escrita de los logros conseguidos en la investigación llevada a cabo.

Poco a poco fui ampliando los temas. En un principio fueron asuntos relacionados con los pueblos que surgían como consecuencia de mis pesquisas y más tarde cualquier materia que se me ocurría encajándola dentro de unos parámetros familiares. El salto definitivo fue la apertura el pasado mes de julio de esta nueva bitácora. Libre del corsé de ese tamiz familiar que me había impuesto, pude posar mis ojos en objetivos más variados y, por añadidura, haciendo uso de otra de mis grandes aficiones, incorporar las fotografías que voy tomando, como un complemento adicional a los contenidos de mis redacciones .

Un nuevo hito fue conocer e introducirme en la red de Blogueros Mayores. Con este grupo aprendí a desinhibirme, perder los miedos y lanzarme definitivamente a esta aventura. Incluso he tenido la osadía y desvergüenza de incluir un par de haikus. No lo he hecho tan mal, según dice alguno de ellos. Son buena gente, me leen con buenos ojos.

Se trata de un magnífico colectivo de amigos virtuales. Unos escriben muy bien, otros simplemente bien, los más lo hacemos regular y alguno un poco peor. Pero ¿qué más da? Transcribimos lo que pensamos, queremos y sentimos sin malos rollos, deleitándonos con ello. De eso se trata, de disfrutar los días que nos quedan por delante porque en esta vida no hay moviola. Además, hay quien afirma que  es una estupenda cura preventiva para la enfermedad de alzhéimer.

Y aquí me encuentro ahora, al comenzar este nuevo año, inmerso en ésta vorágine adictiva, observando todo a través de un filtro que me incita a ponerlo negro sobre blanco. Me sucede con este artilugio llamado ordenador algo parecido a lo de nuestro buen Alonso Quijano con los libros de caballería, se me pasan las noches de claro en claro y los días de turbio en turbio


Tengo la esperanza de que a mí no se me seque el cerebro. 

domingo, 16 de enero de 2011

Barcelosa

A las diez y media me he puesto en marcha. Ayer, cuando llegue al barranco de Barcelosa me quedé con las ganas de hacer la ruta de los Altos de Canraso y he salido dispuesto a cumplir mis deseos con el presentimiento de un magnífico día.

Siguiendo el mismo itinerario de ayer, por el paseo del Cristo, en tres cuartos de hora me planto en el puente sobre la vía que da acceso al barranco de Barcelosa. La temperatura va ascendiendo y han quedado atrás los 5º iniciales.


Estudio el panel indicador y fijo en mi memoria el plano del recorrido tomando nota de que tiene una longitud de nueve kilómetros. Sin pensarlo dos veces tomo una pista que, dejando a la derecha la finca de las coliflores, me sitúa en el dique del embalse.

Marcho durante un  buen trecho bajo un sol radiante reconfortado por una suave brisa, ascendiendo y descendiendo por los ligeros toboganes del camino que bordea el barranco. Abundan los pinos y cipreses. En la hondonada los chopos, desnudos de hojas, sarmentosos, se abren paso entre los carrizos. Varios conejos huyen despavoridos al oír mis pasos.

Cromatismo en la vegetación
Llego a un punto en que  la vereda se empina para alcanzar las alturas, caigo en cuenta que nueve kilómetros de travesía con duras subidas y un descenso muy pronunciado me va a llevar un buen tiempo y, recordando que llegar desde casa hasta el inicio de la ruta me ha costado 45 minutos y voy a invertir otros tantos en el regreso, considero que la caminata supone una tarea excesiva.

Un pequeño repecho al inicio
En vista de ello decido en ese punto modificar el plan previsto y regresar por otro camino que recuerdo haber hecho en otra ocasión bordeando la falda de Canraso.  He tomado la decisión más idónea. Ha resultado un paseo extraordinario. Me he quedado sin palabras ante la sencilla belleza de este barranco. Tanto es así que dudo saber expresar lo que he sentido, por tanto, como una imagen vale más que mil palabras, os dejo con las instantáneas que he ido tomando durante la andadura, a pesar de mis limitaciones como fotógrafo.

Los pinos omnipresentes

Los carrizos señalan el cauce del barranco
También abundan las torres de alta tensión
Predominio de arcillas
La bruma dificulta la vista del valle. Al fondo Canraso
Pinos y más pinos.
Erosión de las aguas
Embalse. Al fondo la Bardenilla
Las barrancadas hacia el estanque
Mirando hacia abajo
Camino por la falda de Canraso
Caídas de Canraso
Descansillo en el camino
El estanque desde otra posición
Está cercano el final
Chopos desnudos
Pino muerto caído
Tengo la esperanza de haber sabido plasmar medianamente bien alguna de las sensaciones percibidas y que las fotografías sean de vuestro agrado.

Cuando a mi regreso, cansado, traspongo el umbral de mi casa, consulto el reloj y veo que han transcurrido tres horas desde mi salida. Probablemente, la ruta inicial hubiera supuesto una hora más de caminar. De nuevo, los Altos de Canraso quedan pospuestos para una ocasión más propicia.

viernes, 14 de enero de 2011

Paseo del Cristo

Luce un cielo plagado de borrones grises-blanquecinos sobre fondo azul. El sol trata de abrirse paso entre los vanos de los nimbos.  A partir del puente sobre el Ebro, desecho la puerta de la Mejana y enfilo el paseo que discurre entre la carretera y la acequia molinar.

A mi izquierda, al otro lado de la calzada, el talud sobre el que discurre la vía férrea sostiene inquebrantable las estribaciones del cerro de Santa Bárbara. Las excavaciones recientemente realizadas dejan al descubierto los vestigios del castillo y de la muralla.

En el flanco derecho una hilera de tamarices cobrizos que, algo más adelante, se tornan verdes me impide la visión de la acequia y más allá de ella los verjeles mejaneros. A través de un pequeño túnel situado a la izquierda accedo al paraje de "El Cristo" donde se levanta la ermita de la Santa Cruz. Esta pequeña iglesia fue trasladada a este  lugar en 1859 debido a la construcción del ferrocarril. Citada ya en 1145 ha sufrido numerosos avatares a través de los tiempos, restaurándose por última vez en 1972.

Ermita de la Santa Cruz
Tras una corta visita vuelvo para continuar el itinerario previsto. Dejo a mi derecha la segunda y última puerta de la mejana y la Escuela Taller de La Obra, centro promovido por el Ayuntamiento de Tudela que da formación  a los jóvenes en las especialidades de albañilería, electricidad, fontanería, carpintería y jardinería.

La presa de Las Norias
Llego a la presa de las norias y a la caseta que da origen a la acequia molinar. Junto a ellas una nueva central hidroeléctrica. El sol está ganando la partida. Las nubes de plomo se baten en retirada pero no cejan en su continuidad. Las aguas represadas del río se bifurcan después de la caída formando pequeñas isletas y sotos.

La vías, rectilíneas, apuntan hacia la ciudad
Descanso unos instantes y reemprendo la marcha. Subo el repecho de la carretera que lleva a una abandonada industria química, atravieso el puente sobre las vías y arribo al barranco de Barcelosa. Un letrero me facilita información de que me encuentro al comienzo de la ruta de los altos de Canraso. Hay un olor intenso, penetrante, a verduras frescas.


Recolección de colifor
En la finca cercana unos contenedores de plástico, un camión, dos tractores y varias personas recolectando la cosecha de coliflor. Comienza la zona de los nuevos regadíos por aspersión de Barcelosa y del Soto de los Tetones. 

Desde este promontorio contemplo el paisaje: al fondo, iluminada por el sol, la Bardenilla; a mis pies, lamiendo la carretera, el meandro del Ebro antes de llegar a la presa y en la orilla opuesta los sotos de Las Norias y de Traslapuente con su minicentral.


El meandro y la Bardenilla al fondo
Es hora ya de regresar. Emprendo el retorno por el mismo recorrido pero en sentido inverso. Mientras camino observo suciedad por doquier, bolsas de plástico, botellas, latas de refresco, cartones... ¡Vaya guarrada!

La acequia molinar
Al llegar a la Mejana cruzo la puerta y sigo por el camino paralelo a la acequia. Está casi cegada por los carrizos. En el lado izquierdo los huertos de ocio de la Mejana y allí, en la lejanía, nuevamente el toro de Osborne señala las grandes aspas de los molinos productores de energía de Valdetellas.

Cultivos de alcachofas, bróculi, coliflores etc.  Barbechos y tierras preparadas para nuevas labores.  Los cardos, con su traje de pingüino, se inclinan reverenciosos a mi paso.

En la cima del cerro, el Corazón de Jesús parece abrir en el azul sus brazos para cobijarme en ausencia de los nubarrones que no han logrado imponerse.

El cerro de Santa Bárbara y el Corazón de Jesús
Atravieso las calles y llego a casa donde me espera una reconfortante ducha. Hoy la andadura ha sido más breve, tan solo se ha prolongado durante dos horas.

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