Releyendo mi última entrada del mes de junio pasado que titulé Viajes, me ha venido a la memoria el realizado también en el año 2009 -¡vaya año!- a Italia. Después de cuatro agotadores días de trotar por Roma, recorriendo lo más emblemático de la ciudad eterna: el Quirinal, el palacio de Víctor Manuel II, el Panteón, el Coliseo, el Foro, los arcos de Constantino y Tito, las catacumbas, las plazas de España, del Popolo y Navona, sus iglesias como San Juan de Letrán, Scala Santa, San Pedro, Santa María in Trastevere, San Pedro y San Pablo extramuros y Santa María del Popolo, íbamos a disfrutar, por fin, de una tarde verdaderamente libre.
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| Roma |
Me encontraba físicamente agotado y mentalmente saturado. Mi programa para esa tarde consistía en sentarme en la terraza de la cervecería que habíamos descubierto junto al hotel, en Porta Magliore, y dejar pasar las horas plácidamente, sin dirigir mi mirada ni a una sola piedra más.
No obstante, nuestros guías ofertaron una excursión adicional, y lo hicieron de forma muy atractiva; tan atractiva que mis propósitos se fueron al traste.
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| Jardines de la villa D'Este en Tívoli |
Dejar atrás el bullicio de Roma y dirigirnos al campo, a una villa veraniega donde podríamos descansar bajo el murmullo del agua, a la sombra de los árboles y percibiendo el perfume de las flores, sonaba muy tentador. Era algo totalmente diferente a todo lo acontecido hasta entonces. Y caímos en la tentación. Subimos al autobús y nos dirigimos hacia Tívoli, lugar muy cercano a Roma, donde se encuentra la finca reconstruida por el cardenal Hipólito II D'Este, hijo de Lucrecia Borgia y del duque de Ferrera Alfonso D'Este, nieto de Alejandro VI, el papa Borgia.
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| Frescos de la bóveda. (Foto de la red) |
Cuando llegamos, me temí lo peor. Comenzamos la visita guiada de la villa y presté poca atención, aunque si me apercibí de los magníficos frescos del techo abovedado del Appartamento vechio. Salimos a los jardines, dispuestos en torno a un eje central, a los que se accede, a través de grandes escalinatas, a las diversas terrazas que se suceden unas a otras, en las que compiten cerca de quinientos chorros de agua en fuentes, cascadas y abrevaderos diseminados a lo largo y ancho de este vergel.
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| Fuente de Neptuno (Foto de la red) |
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| Las cien fuentes (Foto de la red) |
Esto ya fue un gozar continuo. El agua, dueña del lugar, proporciona frescor y vida a las numerosas fuentes, a cual más atrayente, conformando un espacio a resguardo de otros ruidos que no sean los propios de sus surtidores y de la afluencia de visitantes. El recorrido de todos y cada uno de los rincones de estos jardines constituyó un alto en camino, una especie de borrón y cuenta nueva, que limpió mi mente de la bruma que se había aposentado en ella.
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| Fuente oval (Foto de la red) |
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| Fuente La pequeña Roma (Foto de la red) |
El cambio del escenario de tanto monumento, tanta escultura y tanta pintura vistos en Roma, y el paso a los jardines de Tívoli, me insufló un nuevo aire proporcionándome nuevas fuerzas para continuar nuestro viaje.
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| Plaza de la Signoría de Florencia |
Al día siguiente, ya más relajado, partimos para Florencia deteniéndonos en Asís y Siena.
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| Venecia "inundada" |
En la capital de La Toscana permanecimos un día y dos noches, con una programación exhaustiva. Después nuestro viaje continuó, deteniéndonos unas horas en Padua, hasta llegar a Venecia, con tan mala fortuna que la encontramos inundada. A pesar de ello, nos quedamos allí otro par de noches y tuvimos que utilizar unas curiosas barquichuelas que allí llaman góndolas. Es que los venecianos son muy suyos.
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