martes, 25 de noviembre de 2014

Incredulidad


Cuando mi mejor amiga me confesó lo de su marido, quedé muda y no supe qué decirle. Me pareció increible. ¡Era tan encantador...! Después de los hechos, ya no tengo dudas y sé lo que debo hacer: unir mi dolor al de sus padres.

Felipe Tajafuerte
2014











jueves, 20 de noviembre de 2014

De lagos por Italia. Garda


En este nuevo viaje por Italia, nuestro destino era el norte para conocer la Lombardía, el Véneto, el Piamonte y la Emilia Romaña. Aterrizamos en Milán, en la que pernoctamos, no sin antes hacer un recorrido por la ciudad con paradas en la Piazza della Scala, la Gallería Vittorio Emanuele II  y la visita a su espléndido Duomo. Pero no es de las ciudades de lo que voy a tratar en estas entradas, sino de los lagos que recorrimos en nuestro periplo.

La fortaleza de Sirmione
El lago Garda es el primero que visitamos tras nuestra primera estancia en Milán. Llegamos en una mañana luminosa solamente deslucida por la neblina que nos impedía ver con nitidez las orillas del lago italiano, que con una superficie de trescientos sesenta y ocho kilómetros cuadrados, es el mayor de Italia. En el embarcadero de Sirmione nos distribuimos en tres pequeños barcos para bordear todo el contorno a la península de ese mismo nombre.

La Rocca scaligera
Al inicio de la navegación, nos dimos de manos a boca con el magnífico castillo llamado Rocca scaligera. Pasando bajo el puente levadizo salimos al lago propiamente dicho dejando a nuestra derecha el casco antiguo del pueblo con sus numerosos hoteles. En la punta de la península se nos mostró, en medio del verdor de la naturaleza, las ruinas de una villa romana denominada las Cuevas de Catulo, que ni son cuevas ni pertenecieron al poeta latino Cayo Valerio Catulo, que vivió con anterioridad en el lugar.

Las Cuevas de Catulo
Allí dimos la vuelta a la península para acceder al punto de partida. En las orillas del lado por el que retornamos, se encuentran las playas y el balneario.

Las playas
En un momento dado, pararon las máquinas de las lanchas y pudimos observar cómo subía del fondo el agua burbujeante, al mismo tiempo que percibíamos un fuerte olor a azufre. Las aguas sulfurosas de este manantial son elevadas mediante bombas al mencionado balneario.

Vamos llegando al embarcadero
La iglesia
La hermosa silueta del castillo, la iglesia y el casco histórico de Sirmione se fueron acercando poco a poco. Desembarcamos, nos hicimos las fotos de rigor con la fortaleza al fondo y fuimos paseando hasta el estacionamiento donde había quedado nuestro autobús.

El gran lago Garda
Fue una visita breve, pero muy agradable y relajante, a este lago que nos pareció enorme por sus  cincuenta y dos kilómetros de longitud, sus dieciséis de anchura, con una profundidad media de ciento treinta y tres metros y máxima de trescientos cuarenta y seis.


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viernes, 14 de noviembre de 2014

Un puente y su castillo





Mi reciente viaje de Tudela a Cáceres me ha dado pie a componer estos versos alejandrinos, quizás no muy afortunados, con el deseo de dejar constancia de un pueblo salmantino, llamado Puente del Congosto, a orillas del río Tormes, escondido en un recodo de la carretera que une Piedrahíta con Sorihuela, que conocí en un no muy lejano mes de agosto.

Tal vez, un tal Lázaro, hijo de Tomé González y Antona Pérez, hace casi cinco siglos, anduvo por sus callejuelas en compañía de un astuto ciego, de un avaro clérigo o de un pobre escudero. Quien sabe si, durante mi corta visita, hollé sus pasos perdidos junto a las rocas por las que discurre el Tormes, bajo el hermoso puente medieval, o sus huellas olvidadas al pie de las almenas del castillo de los Dávila. 



El altivo castillo de Puente del Congosto
que vimos por primera vez en un mes de agosto
se levanta orgulloso a la vuelta del camino.
Surgió de pronto. Casi no lo vemos. Destino
esta gran fortaleza tutora de la ruta
que abre el paso en la seca y vasta meseta hirsuta.
Isabel la Católica oyó aquí la noticia
del fin de su hijo el Príncipe de Asturias. Justicia
del emperador Carlos V que honra le dio
cuando marchaba a Yuste donde se retiró.
No acaba aquí la historia de este feudal castillo:
cuando la francesada, el pequeño ventorrillo
fue durante dos años presa de los franceses
siendo objeto el poblado de infinitos reveses.
Aun perdura su fuerte torre, incólume, grácil,
con sus romas almenas. El acceso no es fácil.
A sus pies el vetusto puente del río Tormes
cuyas límpidas aguas, entre rocas informes,
discurren murmurando raudas hacia la presa
cercana del embalse azul de Santa Teresa.
Del congosto, castillo y puente son maravillas
que para sí quisieran buen número de villas
que entre gentes viajeras gozan de gran renombre.
sin tener monumento alguno que a nadie asombre.


Felipe Tajafuerte
2014

sábado, 8 de noviembre de 2014

Castaños, cochinos y castillo: todo en uno


Aprovechamos el sábado, un día soleado, magnífico, antes de que se instalasen entre nosotros las anunciadas lluvias. Tomamos la carretera hacia Miajadas, la que utilizábamos para ir de Cáceres a Villanueva de la Serena cuando todavía no se había construido la autovía a Trujillo.

Castillo de Montánchez
Las torres se fueron sucediendo unas a otras: Torreorgaz, Torrequemada, Torremocha y, por fin, Torre de Santa María. Aquí tomamos el desvío hacia Montánchez, el lugar quizás más emblemático del producto estrella extremeño, el jamón ibérico.

Dentro del recinto amurallado
Estacionamos nuestros automóviles junto a la plaza de toros y, como todavía no era la hora del yantar, decidimos dar un paseo por el bosque cercano. Elegimos la ruta del castañar, de algo más de dos kilómetros, suficiente para dar un paseo con los niños. Partimos pues, de la plaza de toros y, tras unos campos de vides de marchitas hojas amarillas, tomamos un camino empedrado, cómodo de andar a pesar de alguna que otra cuesta, siempre siguiendo las flechas rojas y azules que balizan la ruta ante las que mi nieto mayor mostraba la ingenua alegría de sus cuatro años al localizarlas. 

La materia prima
Llegamos a unas cochiqueras cercadas con piedra que fueron parada obligatoria para que los pequeños contemplaran una piara de cerditos pequeños, cenicientos, casi negros que, a juzgar por sus gruñidos de satisfacción, disfrutaban del sol otoñal.  En la ladera cercana, otros cerdos de mayor tamaño pastaban libremente en la dehesa de encinas de una finca delimitada por un pequeño muro pétreo. Continuamos nuestro camino, internados ya en pleno bosque.

El camino empedrado
A nuestro alrededor, encinas, alcornoques y castaños nos proporcionaban un agradable cobijo de los rayos solares. El color verde de los helechos y del musgo rompía el monótono gris de las rocas. Por un sendero a la derecha nos introdujimos en el castañar propiamente dicho.

El castañar
La alfombra mancillada de hojas secas y cápsulas vacías de las castañas ya recogidas crujía al avance de nuestros pasos por un vericueto descendente. Ante alguna de estas vainas espinosas, que todavía contenían algunos frutos, mostré a mi nieto pisándolas con un movimiento giratorio del pie, cómo sacar esos frutos sin clavarse ninguna púa. Él recogía encantado las castañas y se las daba a su padre.

De vuelta por el bosque
El sendero desembocó en un camino que nos devolvió al lugar donde se encontraban las cochiqueras y de allí, de nuevo al pueblo. La gazuza se dejaba sentir y nos dirigimos al sitio adecuado para calmarla. Muy cerca de allí se encontraba la plaza donde se ubica el Ayuntamiento. Las terrazas de bares y restaurantes estaban repletas, la magnífica temperatura invitaba a ello,  de gente cumpliendo el menester que nosotros pretendíamos llevar a cabo.

La animada plaza de Montánchez
Una vez satisfechos nuestros estómagos decidimos caminar hasta el castillo venciendo la modorra que se apoderaba de nosotros. Como todo castillo que se precie, éste se encuentra en la altura más escabrosa del lugar. Sin pensarlo dos veces, salimos de la plaza por una empinada cuesta, giramos a la izquierda y otra calle más pendiente todavía nos situó al pie de la fortaleza. Numerosas personas estaban haciendo el mismo recorrido que nosotros. Nos dimos cuenta de que allí mismo se encontraba el cementerio y que era el día de Todos los Santos, por lo que la mayoría se quedaron en él. Continuamos nuestra ascensión para visitar el recinto amurallado.

Puerta de entrada
El castillo lo constituyen distintos volúmenes superpuestos, adaptados al terreno abrupto, derruidos en su interior, por lo que solamente quedan sus muros almenados. De origen romano, fue reconstruido y ampliado por los almohades; fue remodelado durante la reconquista y durante los siglos XV y XVI  fue residencia de los comendadores de la orden de Santiago.

Dentro de recinto amurallado

Está edificado en la cota más elevada del terreno por lo que el panorama desde esa altura es espectacular. Esta ubicación, la altura de sus muros y la torre del homenaje emergiendo de ellos hace que el aspecto desde la carretera, al aproximarse al pueblo, sea de una esbeltez dominadora, lo que nos da una idea de lo que eran los castillos en tiempos de la reconquista.

Interior de la ermita de la Consolación
Nada más traspasar la puerta, a la izquierda, nos encontramos con la ermita de Nuestra Señora de la Consolación, toda blanca ella. Entramos y, mientras echábamos un vistazo,  descansamos de la subida.

Todo derruido en el interior
A continuación, fuimos pasando de un recinto a otro y pudimos constatar que en el interior estaba todo derruido; solamente dentro de la torre de homenaje parece que pueda haber algo en pie, pero no pudimos acceder a ella. Al pasear por las almenas escuchamos los rezos cercanos de los fieles en el camposanto situado al pie de la muralla.

El pueblo a través de otra puerta
El atardecer hacía luminoso el gris terso de dos embalses en la lejanía, mientras la bruma se hacía dueña del horizonte.

El ocaso ya muy cercano
Descendimos hacia el paisaje ocre de los tejados del caserío del pueblo. Hicimos una parada junto a la iglesia parroquial de San Mateo con su campanario exento, de cuatro cuerpos desiguales.

Campanario e iglesia. Al fondo el castillo
Mientras los niños se entretenían jugando en el parque infantil contiguo me acerqué al templo y, como la puerta estaba abierta, me  introduje sin reparar en la oscuridad; esta era tal que no hubo forma de hacerme a la idea de su interior. Más parecía haber penetrado en la boca de un lobo. En vista de ello volví donde me esperaban los míos y aún hice un par de fotos sin apenas luz ya que ésta desaparecía a pasos agigantados. Como nuestros coches estaban en la otra punta del pueblo, era ya noche cerrada -¡qué pronto anochece ahora!- cuando nos poníamos en marcha hacia Cáceres.

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