domingo, 12 de enero de 2014

Comenzamos

Aún no era "la del alba" cuando, ya juntos, salimos de nuestro punto de encuentro, donde se ubicaba el desaparecido restaurante Delicias, "tan contentos, tan gallardos, tan alborozados" por vernos ya encaminados hacia Cascante en esta nuestra primera jornada de entrenamiento en cuadrilla con la que damos comienzo a la cuenta atrás de esta nueva javierada  que, si no surge algún contratiempo, como los que he padecido en las dos últimas ediciones, nos congregará el próximo día nueve de marzo en la explanada del castillo de Javier. Las ocho de la mañana y todavía noche cerrada.

Iniciamos la ruta por Amigos del País y la Ronda de Santa Quitería, dejando el cerro de esta ermita a nuestra izquierda, cruzamos la autovía y tomamos el camino de Murchante. Comienza a amanecer y vamos dejando atrás las luces de la ciudad y del polígono industrial. He echado en mi morral la cámara por si tenía la ocasión de fotografiar la salida del sol, pero "el rubicundo Apolo" no se ha dignado apartar las nubes y mostrarnos "las doradas hebras de sus hermosos cabellos", por lo que el cielo nos muestra un grisáceo color panza burra.

Camino de Cascante
A las nueve y cinco pasamos por Murchante y, los que están en la puerta de la Cooperativa nos miran con curiosidad. Tomamos la estrecha carreterica que nos lleva a Cascante. La temperatura es excelente para caminar, siete grados, pero llevo un buen rato traspirando. A la entrada de Cascante, el embriagador perfume del estiercol nos anega. Por fin llegamos al lugar donde vamos a reponer fuerzas: "el caminito", el bar de la gasolinera. Son las diez y cinco de la mañana, dos horas justas de marcha, y aquí se nos unen algunos que han venido en automóvil.

¡Buenísimos!
La mayoría nos inclinamos por los huevos en el momento de elegir el menú, con jamón, con chorizo, con lomo, con patorrillo, con albóndigas, con lo que sea, pero los huevos que no falten, por lo que pueda ocurrir. Buenas viandas, bien regadas, verdadera armonía y camaradería y, sobre todo, buen humor. ¿Qué más se puede pedir? 

Vuelta para Tudela
Concluido el repostaje, nos ponemos en marcha para el regreso, ahora por la vía verde del Tarazonica, que tomamos en la antigua estación. Pasada ésta, nos topamos con el mojón que nos indica que faltan diez kilómetros para la de Tudela, y una cigüeña nos observa indiferente desde su elevada posición. Mantenemos una buena marcha, aunque vamos conversando animadamente, ignorando el sonido de los cercanos disparos de los cazadores que dan rienda suelta a su afición en las proximidades.

La cigüeña impertérrita

Nos faltan diez
Mientras camino, mantengo animadas charlas con mis acompañantes, unas veces con uno, otras con otro  y, sin apenas darme cuenta, se van pasando los kilómetros de tal manera que me sorprendo al ver que debemos ya abandonar la vía verde. Entramos en el barrio de Lourdes y nos dirigimos a nuestra siguiente parada. Nuestra compañera Ascen, como en años anteriores, nos ha preparado un aperitivo en su casa al tiempo que nos muestra su magnífico belén antes de pasar al choco.

El belén de Ascen
Da la sensación de que el almuerzo no ha sido muy contundente a juzgar por el "chandrío" que estamos haciendo en la mesa. Me tomo una cerveza que me sabe a gloria, acompañada de algo que llevar a la boca para que no caiga muy honda. Nos encontramos a gusto y nos cuesta levantarnos de la silla, quizá también por el cansancio, pero es hora de marchar a comer con la familia, que nos estará esperando. Bajo las escaleras de la Torre Monreal hacia mi casa. Cuando introduzco la llave en la cerradura, sueño con una ducha de agua bien caliente. 

jueves, 9 de enero de 2014

Niebla en la Mejana

Estoy recobrando mi actividad andariega. Por segundo día consecutivo me he decidido por dar una vuelta a la Mejana y hoy, a diferencia de ayer, una densa niebla me acompaña en mi andadura. No hay viento y, por tanto, los siete grados que marca el termómetro constituyen una temperatura muy llevadera para caminar.

Paseo del Cristo
El paseo del Cristo está silencioso y los tamarices han perdido la brillantez de sus dorados ante la invasión de una atmósfera amorfa y gris. El tip-tap, tip-tap, tip-tap de mis botas sobre el camino marcan la cadencia de mi marcha. La acequia molinar, casi vacía, muestra sus entrañas de lodo.

La acequia molinar muestra su lecho
Sobrepaso la ermita del Cristo que apenas se vislumbra a otro lado del talud de la vía férrea. Más adelante, unos obreros, con chalecos reflectantes amarillos, trabajan en las vías haciéndose notar por el tableteo de los martillos neumáticos. Después de un largo pitido avisador, un Alvia aparece y desaparece a una velocidad endiablada. Un tractor cargado de coliflores se dirige hacia la ciudad, dejando un aroma a verdura fresca. Cuando el ruido del motor se pierde en la lejanía, llega hasta mí el rumor de las aguas del Ebro derramándose en la presa cercana.

De la presa no se ve el final
Me aproximo, y contemplo cómo la lámina rectilínea de las aguas, sobrepasando el dique, se pierde en el difuminado contorno plomizo de la otra orilla. Siento curiosidad, y penetro en el pequeño edificio de compuertas que sirve para alimentar la acequia.

Interior de las compuertas

Edificio de compuertas de la acequia
Llevo caminando algo menos de una hora y, como de momento, no quiero forzar la máquina, emprendo el regreso por el camino de la Mejana paralelo al río, por la margen derecha, siguiendo el curso de las aguas. Una joven hace el mismo camino que yo, pero corriendo en sentido contrario. En los sotos, las bardas crecen a sus anchas entre chopos, álamos, tamarices y cañaverales.

El soto

En esta ocasión, el sol no reverbera entre las ramas desnudas de los árboles que hunden sus raíces en las orillas, sino que una bruma plomiza atenaza el ambiente. 

El camino entre cañas y tamarices
Las hiedras escalan anhelantes los tapiales renegridos, y las cañas, mecidas por una brisa suave, susurran melodías antiguas.

El `puente
Las aguas cenicientas se deslizan inexorablemente para ser engullidas por las dieciséis fauces abiertas del puente, mientras las campanas de la torre de la Magdalena, intuida entre vahos grisáceos, acuchillan el silencio de los campos. Es mediodía.

La nota de color del día
Termino mi recorrido dirigiéndome a casa. Cerca de dos horas caminando es suficiente para ir cogiendo forma. La niebla no ha levantado. Una pintura mural, producto del último avant garde, rompe la monotonía de las calles, que conservan el tono tristón que lucían a mi salida.

martes, 7 de enero de 2014

Cansalmas

Abrumado por los desastres causados por el tifón Haiyan en las Filipinas, decidí aportar mi granito de arena a la ayuda a ese país haciendo un ingreso en una cuenta facilitada por Cáritas española. Con posterioridad, recibí en mi celular una invitación para enviar un mensaje con la palabra FILIPINAS a un número que no recuerdo en este momento. El importe íntegro del coste de dicho mensaje contribuiría a paliar las necesidades más urgentes de los filipinos afectados. Consideré que era una forma muy cómoda de colaborar, lo hice y me olvidé del asunto.

Consecuencias del tifón  (AFP PHOTO / NOEL CELIS)

Días más tarde, daba una plácida cabeza después de ver el teledíario, cuando el sonido del móvil interrumpíó mi siesta.

- ¿Dígame?
- Buenas tardes, llamamos de... -dijo el nombre de una asociación que ahora no recuerdo- ¿envió usted hace unos días un mensaje de ayuda a Filipinas?
- Si, ¿ocurre algo?
- No, solamente queríamos darle las gracias e invitarle a que se haga socio de nuestra ONG.
- Perdone, pero ya soy socio de dos y, de momento, no quiero aumentar el número.
- ¿Y no desea hacer una aportación mayor para esta causa?
- Pues no, ya he hecho una aportación puntual además de colaborar con las dos ONG tal como le he dicho.
- ¿Y para alguna otra de las necesidades que tenemos?
- Mire, ya le he dicho que no. Puse el mensaje porque me pareció una forma muy cómoda de colaborar sin que se resintiera mi presupuesto, pero ya me estoy arrepintiendo de haberlo hecho. Buenas tardes - y colgué.

Quizá fui un tanto brusco, un mal despertar lo tiene cualquiera. Entiendo que quisieran aprovechar la oportunidad para buscar nuevos adeptos, y que la causa es digna de ser tenida en cuenta, sin embargo, sintiéndolo mucho, no volveré a utilizar ese sistema de ayuda por muy simple y cómodo que me parezca. 

De la misma manera, comprendo que aquellos que nos llaman a horas intempestivas están trabajando, cosa harto difícil hoy en día, y cumplen con su obligación, pero eso no es óbice para que yo esté hasta los mismísimos de las reiterativas ofertas que no me interesan para nada. A estos pesados, cargantes, aburrecamellos y pelmas que se conducen de forma insistente y molesta, en Tudela los llamamos "cansalmas"

Por todo ello, reivindico mi derecho a encontrarme con Morfeo, el sosegado hijo de Hipnos y Pasitea, sobre todo a la hora del descaso del guerrero. Y estoy hastiado de que me den el tostón y manoseen mis congojos estos cansalmas de onos, movistares, vodafones, oranges, jazteles, endesas, fenosas, iberdrolas, eroskises, carrefures, santalucias, ienegés, citibanes, bankínteres y la madre que los parió, a éstos y a otros más que no he nombrado por no cansar al personal.

Y ahora, las que faltaban: las oenegés.

¡Éramos pocos, y la abuela tuvo un desliz!

jueves, 2 de enero de 2014

Despedida del año

Aburrido y cansado de sujetar el sofá para que no levantase el vuelo, me he decidido a dar un garbeo por la ciudad. Había un buen ambiente y mucha gente en la Plaza Nueva. Se estaba disputando la San Silvestre Tudelana en su XXXIII edición y, si me descuido un poco, llego al humo de las velas. Me he situado en el quiosco de la plaza dispuesto a hacer alguna fotografía. La bocacalle de la Concarera va vomitando hacia la plaza, en pequeños grupos, un rosario de participantes, que desfilan corriendo, hasta desparecer por los toriles de la Casa del Reloj, disfrazados de animales de todas las especies: ciervos, pingüinos, conejos, patos, un gallo, la pantera rosa... También desfilan ante mí soldados romanos, Obélix, bailarinas con "tutú", jugadores de los equipos del "clásico" y otros numerosos corredores equipados tanto con ropa deportiva como con cualquier otro tipo de prenda, todos ellos con el correspondiente dorsal. Los más tomándose la carrera de una forma lúdica, y unos pocos de manera más seria tratando de disputar un triunfo reservado a los más profesionales.

El público, indiferente al espíritu competitivo, lo pasa en grande animando al hijo, a la nieta, al amigo del primo o a la cuadrillica del cuñado de las vecinas. Por último, cerrando la competición, dos chicas, disfrazadas de insectos y perseguidas por el municipal en bicicleta que hace de escoba, van saludando a la concurrencia.

La San Silvestre tudelana

Después, continúo dando un paseo por la Carrera. Unos comercios están cerrados y otros abiertos; parece ser que hay división de opiniones sobre los horarios. Se palpa un ambiente festivo en la calles propiciado por una buena temperatura. Cinco grados en Tudela, sin cierzo, se aguantan de maravilla. 

Todo el personal deseando echar el mal pelo fuera, despedir los sinsabores del año que concluye, con la esperanza puesta en los días venideros. En contrapartida, en el centro de la calle, un hombre de mediana edad, arrodillado bajo un gran cartel en el que nos cuenta sus penas, pega la frente al suelo solicitando ayuda. A pesar de ser enemigo de esta parafernalia a la hora de pedir, dejo caer unas monedas en su platillo, ante la general indiferencia. Así es la injusticia de nuestros tiempos: unos instalados en la abundancia y despilfarro de esta noche y otros careciendo de lo más indispensable para la subsistencia.

Paseo por la Carrera

Me encamino a casa dando por concluido el paseo. Se acerca la hora de la cena y debemos ser puntuales, no vayamos a tener que tomarnos las uvas al sonar las doce campanadas en las islas Canarias.

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