viernes, 30 de septiembre de 2011

Armenteira

Hace escasamente una semana que mi mujer y yo hemos regresado de un viaje por las Rías Baixas. Prácticamente es el mismo viaje que ya habíamos realizado hace cuatro años con la diferencia de que, en esta ocasión, en lugar de hacerlo por nuestra propia cuenta lo hemos hecho con un grupo de jubilados de Pamplona. El recorrido ha resultado muy agradable y relativamente cómodo, proporcionándonos nuevas y gratas amistades.

Uno de los días teníamos programada una excursión para visitar el Monasterio de Santa María de Armenteira que, casualmente, en el viaje anterior no pudimos ver. A pesar de que el día salió nublado, al poco tiempo comenzó a lucir un  sol esplendoroso que ya no nos abandonó en toda la jornada.  Llegamos a las inmediaciones del monasterio hacía las diez de la mañana. La visita guiada era a las once por lo que disponíamos de una hora de tiempo libre para dar un breve paseo por una ruta que nos habían recomendado.

El agua desciende rápida

Comenzamos tomando una pista cómoda que se iniciaba junto a un panel que decía "ruta da pedra e da auga". Caminamos unos 150 metros, cruzamos una estrecha carretera y descendimos por un sendero paralelo a un riachuelo. El itinerario se tornó más agreste y umbrío conforme seguimos el curso del agua. El río  Armenteira fluye en cascadas rumorosas sosegándose en pequeños remansos donde refulge, tornasolada,  la luz que se  filtra a través de las hojas de los frondosos árboles, produciendo unos matices insospechados. 

El agua se diluye entre las rocas

De cuando en cuando, en ambas orillas, alternándose, una reducida construcción de piedra. Son antiguos molinos de agua reconstruidos parcialmente. En algunos de ellos, las redondas piedras para moler el maíz nos hacen rememorar las sensaciones de la dura vida rural. Tiempos pasados, no muy lejanos en esta zona. Exploramos seis u ocho "muiños" e iniciamos el regreso puesto que ahora la subida iba a resultar más costosa. Sorprendido por la belleza del paraje, dí rienda suelta a mi afición fotográfica tomando instantáneas que más adelante deberé seleccionar.  

Reflejos en el remanso

Cuando llegamos al monasterio, era la hora de emprender nuestra visita guiada por el mismo. En las puertas de la antigua residencia obispal, un grupo folclórico desgrana las notas de sus gaitas, mientras contemplamos el rosetón gótico de calados geométricos, florales, sobre la portada con arquivoltas sustentadas por seis pares de columnas.

Agua cristalina

La iglesia, en forma de cruz latina, consta de tres naves muy simples con bóvedas ligeramente apuntadas, de configuración muy armónica; cada una con sus ábsides  semi circulares de ornamentación muy sobria que nos revelan la simplicidad y orden del arte del císter. Cubre el crucero una singular cúpula de influencia mudéjar única en toda Galicia.

que discurre tranquila

El claustro de mediados del siglo XVI nos muestra en las claves de su crucería los distintos estilos por los que ha ido atravesando. Del primitivo recinto solamente perdura la puerta de acceso. Salimos  y contemplamos la fábrica de los ábsides por el exterior.  Este monasterio comenzó a edificarse en el año 1168 por San Ero, noble que decidió dedicarse a la vida contemplativa y de quien nuestra guía, en su despedida, nos relató una leyenda  muy similar a la navarra de San Virila de Leyre, con alguna pequeña variación. 

Uno de los molinos

Finalizado este acto, mi mujer y yo nos dirigimos a la tienda que regentan las monjitas donde venden artesanía, regalos y artículos producidos por ellas mismas: pastas y sobre todo, unos jabones muy apreciados de glicerina transparente y de aceites vegetales. Compramos unos regalos de recuerdo y el consiguiente dedal para la colección. Preguntamos por Lourdes, una religiosa tudelana prima de mi cuñada. Tuvimos suerte: era domingo y por tanto no estaba en la huerta con el tractor, su labor cotidiana.

Arbol caído en el lecho

Rápidamente apareció y mantuvimos una charla muy agradable, a pesar de que el fallecimiento de mi hermano también fue tema de nuestra conversación. La vimos muy interesada por nuestras respectivas familias. A mi pregunta sobre los cantos que tendrían lugar más tarde, a la una y cuarto, me contestó que no se trataba de canto gregoriano sino del císter. Nos despedimos de ella con la promesa de que, si nos era posible, asistiríamos a esos cánticos.

El monasterio a la vista

Nos reunimos con nuestros amigos en un bar cercano y saboreamos un excelente albariño, acompañado de una cazuelica de riquísimas fabes con oreja de cerdo que nos pusieron como tapa. Alguno tomó un ribeiro que dejó en la taza un oscuro y espeso tinte granate.

Nos estaban esperando

Comprobamos que disponíamos de suficiente tiempo y fuimos a la capilla donde iban a tener lugar los rezos. En un ambiente cálido y lleno recogimiento, las sores comenzaron una suave melodía. Lourdes, al pasar, se apercibió del lugar donde estábamos. Nos impresionó la delicadeza y religiosidad de sus moduladas oraciones. Nos alegramos de haber acudido a este acto porque ella, al finalizar, vino a nuestro encuentro para despedirse. Dos cariñosos besos y sus buenos deseos para nuestro viaje, nos dieron el adiós definitivo. 

Los ábsides exteriores del monasterio

Emprendimos el regreso a nuestro hotel para almorzar, con el grato regusto de la excursión. Jornada completa. Habíamos paseado por un paraje incomparable, nos habíamos impregnado con los conocimientos artísticos de un admirable monasterio encuadrado en lugar privilegiado y, por ende, habíamos tenido un agradable encuentro con una paisana, retirada del mundanal ruido, a quien trasmitimos los saludos que nos había encomendado mi cuñada, su prima, antes de acometer este periplo.

 

martes, 27 de septiembre de 2011

Patio de caballos

Tudela, busto de José María Iribarren. (Antonio Loperena)

La reciente despedida de la Monumental de Barcelona por la prohibición de celebrabar corridas de toros en Cataluña, me ha traído a la memoria una página del libro del magnífico escritor tudelano José María Iribarren, gran conocedor de la Fiesta, publicado en 1952 con el título  El Patio de Caballos y otras estampas.

Cuando el motor de un automóvil anuncia la llegada de un nuevo diestro, corro a verle al portón. En la calle, dos filas de curiosos le abren un cauce de miradas ansiosas.

El matador baja del auto como el reo de muerte baja del coche celular, y su entrada en el patio, pasando entre los dos guardias civiles que custodian la puerta, debe de ser bastante parecida a la del condenado a muerte que llega al patio de la cárcel donde se alza el garrote.
-Grasia; veremo a vé -dice maquinalmente, correspondiendo a los que le saludan y le animan.
-¡A ver que hacemos hoy! -le ha dicho un guaja, así, en plural, como si él también fuese a jugarse la vida ante el toro.
Luego le han rodeado unos cuantos amigos que le hablan; ¿para qué?. Le veo contestar con monosílabos, con gestos evasivos. No se entera de nada. Está a cien leguas de lo que le dicen.
(Sería interesante preguntarles a los toreros, una hora después de la corrida, con quién y de qué hablaron en el patio en esos diez minutos crueles que preceden al paseíllo).
 Y continúa diciendo:

Al llegar el tercero de los espadas (siempre el mejor suele llegar el último) la espectación del público es tan grande, que, sin querer, resulta depresiva para los otros dos. Los partidarios del recién llegado se echan sobre él; le acosan, adulándole:
-¡Tú el amo; el mejor!
-¡Dales el baño a todos!
Y en su rostro, la misma mueca helada, la misma trágica sonrisa, el mismo gesto ausente y preocupado de sus predecesores.
¡No es exageración, amigos! Si queréis ver el miedo reflejado en la cara de un hombre, venid al patio de caballos y contemplad en él a los toreros. Cierto que unos lo disimulan mejor que otros. Hay a quien se le nota extraordinariamente, y hay a quien apenas se le trasluce. Es cuestión de nervios. O cuestión de tez. Pero en todos, por dentro, va la procesión del miedo: un miedo inconfesable a ser heridos, a quedar mal, a no poder rendir todo lo que la gente les exige.

Siempre he sentido una gran admiración por el escritor navarro más leído en el siglo XX, figura clave para entender el habla y las costumbres navarras. Su pulida prosa recuerda en algunos de sus escritos la de Pío Baroja. Reconozco y me congratulo por ello, como aprendiz y novel aficionado a esto de juntar letras, que su estilo ha influido considerablemente en mi incipiente e inexperta forma de narrar.  

sábado, 24 de septiembre de 2011

La Mejana


mejana.


(Del lat. mediāna, que está en medio).

1. f. Isleta en un río.
Real Academia Española 


No podía ser de otra manera. Esta entrada, que hace la número cien de mi blog, va a estar dedicada a la mejana de las mejanas, la de Tudela. Esta isleta fluvial se fue formando a lo largo de los siglos por los sedimentos arrastrados por el río Ebro y llenó de inquietud a los tudelanos que temieron que el cauce se desviase dejando el puente en seco. Tal es así, que durante el siglo XVI y parte del XVII la ciudad hizo grandes esfuerzos por destruirla sin lograr su propósito, por lo que se arrendaron sus pastos, destinándose después para carnicería pública. 

En 1666 se decidió aprovecharla para usos agrícolas acordando "se roce y ponga en cultivo la mejana de la Santa Cruz, porque sería muy conveniente para sus intereses e ingresos", sin embargo, este acuerdo no se llevó a la práctica.  En 1754 hubo una propuesta para reducir a cultivo la mejana, levantar un plano de ella y fijar el lugar más conveniente para darle riego. El proyecto tras diversas vicisitudes llegó a buen término y en 1760 se promulgaron las Ordenanzas. A partir de ese momento el Municipio la arrendó por lotes hasta que en 1813, arruinado por las exacciones de la guerra contra los franceses, se vio obligado a enajenarla por medio de subasta. Según tasación, su superficie era de 602 robos y 15 almudes y el producto obtenido por la venta fue de 1.442.511,32 reales de vellón.


En Tudela se demomina "robo" a una medida de superficie equivalente a la robada, es decir, 898 metros cuadrados. El robo consta de 16 almudes.

Mejana de la Santa Cruz

La Mejana se ha convertido en el signo emblemático de la ciudad y base del conocimiento de la calidad y exquisitez de nuestras verduras por toda la geografía española, configurándola como la huerta por excelencia del valle de Ebro, la huerta VIP. En ella se cultivan de forma artesanal toda clase de verduras y hortalizas: espárragos, alcachofas, cardos, cogollos de lechuga, borrajas, achicorias, acelgas, tomates, guisantes etc. todo con un sabor excepcional.  También tienen lugar preeminente las frutas: melocotones, albaricoques, ciruelas, peras, manzanas, caquis, higos... algún valiente se atreve con las naranjas y los limones, pero la crudeza invernal hace muy difícil estos cultivos. Es muy complicado conseguir frutos de este enclave en otros lugares por su limitada producción, destinada prácticamente al consumo propio y al mercado y restaurantes locales. Desde hace ya mucho tiempo, a Tudela se la conoce como "la ciudad de la mejana".

Cultivo de alcachofas

Los famosos cogollos de Tudela

A los saludables beneficios gastronómicos emanados de este vergel se añaden los convenientes paseos de las personas que requieren una hora diaria de caminar. Esta es la duración aproximada de la "vuelta a la Mejana", paseo denominado "del colesterol", que todos días un considerable número de tudelanos y tudelanas recorren  con satisfacción. 

Puerta de la Mejana

En la actualidad el uso hortícola de este espacio se alterna con las actividades de ocio puesto que numerosos huertos se han transformado en fincas de recreo. Su puerta ha sido dibujada y pintada en infinidad de ocasiones y abundan las jotas navarras en las que su nombre es pronunciado. Como muestra aquí os dejo un botón.


Bibliografía:
Mariano Sáinz. Apuntes tudelanos

jueves, 15 de septiembre de 2011

Urederra

Hoy voy a mostraros uno de los rincones más encantadores de Navarra. Se trata del nacedero del río Urederra. Este ocurre a una altura de 713 metros, al pié de un impresionante circo rocoso conocido como el balcón de Ubaba en la sierra de Urbasa. La erosión del agua ha formado a lo largo de millones de años un monumental anfiteatro que impresiona a todos los visitantes. Desde este mirador surgen las aguas del Urederra que, al cabo de 19 kilómetros, atravesando el valle de Améscoa, se diluyen, a la entrada de Estella, en el  río Ega que, según el dicho,  junto al Arga y Aragón hacen al Ebro varón.

Hace bastantes años lo visitamos por vez primera toda la familia. Entonces no había ningún impedimento y descendí con el coche hasta el fondo de un barranco por donde fluía el torrente. Como los niños eran muy pequeños desistí de llegar al lugar del alumbramiento puesto que había que realizar una dura ascensión.

Hace cinco años realicé una nueva visita eligiendo para ello un día esplendoroso. Tuve que dejar estacionado mi vehículo en el aparcamiento del pueblo de Baquedano  porque ya no es posible continuar con él la ruta que se inicia aquí . Bien pertrechados, tomamos el sendero que tras 5,3 km. nos llevaría hasta el nacedero.

Al fondo, el río

Por el bosque


La senda desciende cómodamente hasta un claro junto al río, continúa por  un llano para internarse en el bosque y más adelante va ascendiendo sin que entrañe mayores dificultades. Caminamos contra corriente en paralelo al curso del agua.  Es difícil describir las sensaciones que se nos van acumulando conforme vamos haciendo el recorrido. El contraluz de las hayas y robles, el murmullo del agua que, saltando alegremente entre las piedras, se torna alborotado en las numerosas cascadas, ruidoso en otras de más altura, los remansos cristalinos, las pozas de color verde esmeralda, el crujir de las hojas bajo nuestros pies, el canto de las aves que habitan la arboleda como los herrerillos, los carboneros, los chochines... el vuelo espectacular del quebrantahuesos. Es un bosque de cuento de hadas que hace volar la imaginación.

Una de las cascadas

Cromatismo natural

La travesía se hacía más y más  exigente a medida que avanzábamos. Fuimos ascendiendo hacia el circo y llegamos a una pasarela de madera que atraviesa la corriente. Mi mujer estaba cansada y nos dijo que nos esperaba a la vuelta. Yo, que me había adelantado, la animé a que continuase porque se percibía claramente el estruendo del agua. Tras un titubeo, al tenderle mi mano, accedió y proseguimos la marcha. 

Una de las pozas

El bosque a nuestro paso

Efectivamente, a muy pocos metros se nos mostró el gran espectáculo. Una pared impresionante de granito y surgiendo de ella un torrente en caída libre de 30 metros se estrella en los peñascos desprendiendo una nube de infinitas gotas creando una ambiente húmedo que nos cala de igual manera que el sirimiri. El ruido es ensordecedor a causa de la cantidad de agua que se despeña.

Descanso en el fluir

Reflejos plateados

En un apartado tomamos un pequeño refrigerio y descansamos contemplando semejante esplendor. Ciertamente el nombre en euskera de ur ederra, agua hermosa, hace honor al lugar.

Volvimos recorriendo el mismo itinerario, bien balizado, que no tiene mayor riesgo que el quedar estupefacto ante tanta hermosura.

Del blanco al verde

¿Verde o azul?

Llegamos al pueblo de Baquedano, escenario natural de la película de Montxo Armendáriz "Tasio", recogimos el coche e iniciamos el regreso a casa. Lo pensé mejor y nos dirigimos al cercano puerto de montaña. Dejando a la derecha el pueblo de Zudaire, por donde también se puede llegar al nacedero, ascendimos a la sierra de Urbasa para, desde lo alto del balcón de Ubaba, apreciar el universo verde que se extendía ante nuestros ojos. 

No era la primera vez que observaba tal maravilla. Recuerdo con agrado mis años de estudiante en Alsasua. En alguna excursión llegué hasta este hermoso emplazamiento y, en posición de decúbito prono debido a mi problema de vértigo, presencié semejante belleza que dejó profunda huella en mi memoria.  

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