jueves, 24 de diciembre de 2015

Resplandor en la paridera (Cuento de Navidad tudelano)

A Chechu Alcate, el de la Motrila, alias Pocoapego, le dio la turruntera y decidió darse un garbeo por la corraliza donde guarda las ovejas. Nunca se sabe qué puede ocurrir en un día festivo, pensó. Eso pensó mientras conducía su Nissan Patrol hacia la majada de la Remonta, pasado el Soto de los Tetones, a la izquierda del meandro. Hacía frío, un frío del que te entra ganchera en las manos y duelen hasta los zapatos. Aún así, un sol apocado, cohibido por la rosada matinal, intentaba, sin conseguirlo, abrir una brecha en la densa boira reinante.

  

La Nochebuena en casa del cansalmas de su cuñado Paco, el Fanfarrias, con el que ya ha tenido más de un empentón, había sido similar a la de otros años. Le estuvo corrompiendo durante la cena con los mismos injonazos de todos los días: Mira a ver si te echas novia y te casas, que para luego es tarde; a ver si tienes más aforros y sientas la cabeza, tienes que ser más agre, que no vales más que para pingonear... Este tío es un canso, un tontolaba y un metete con el que acabo pleiteando siempre. Algún día tendremos una enganchada. No sé qué ve la Feli en ese carnuz, porque es más corto que el caño de una braga. Si no fuera por las muetas... Y aún añadió, ya lo dice el refrán: parentesco que lleva la U, pa tú.


Feli Alcate, la de la Motrila, es su hermana pequeña, la tardanica y, como ya se ha dicho antes, está casada con el mendrugo de Paco Bermejo, el Fanfarrias. Tienen dos preciosas niñas a las que Chechu quiere al querer de la vida. Son las causantes de que, con ellas, el apodo de Pocoapego le cuadre menos que a un Santo Cristo dos pistolas. Por ellas no se cantea y acude a casa de su hermana todas las Nochebuenas, aguantando al samaruco del Fanfarrias, en lugar de emprender cualquiera de esos viajes que le tienen devoradico desde hace algún tiempo. Con avisar al Faustino, el Pinto, para que le cuidase las ovejas durante unos días... 


Chechu Alcate es un mozo viejo, un camastrón entreverao, algo rebotudico, que nunca ha querido sujetarse a mujer alguna. O no ha logrado convencer a ninguna para que se amarre a él. Que eso tampoco se ha sabido nunca. De ahí le viene el dichoso mote que le tiene encangrenao. Bueno, el caso es que se encuentra más sólo que el kiosco del Prao. Suele decir: más vale sólo que mal acompañado o el buey suelto bien se lame o cada cual en su corral. Eso dice muchas veces. Aunque, en otras ocasiones, cuando está un poco mantudo, cree que el dinero y la mujer son para la vejez.

Entre estas y otras pichorradas, sin apenas darse cuenta, llegó al corral. Bajó del Patrol, se ajustó el anorak y se dirigió al aprisco. Le pareció oír un balido en el chamizo cercano que utiliza para separar las ovejas preñadas próximas a parir. Extrañado porque no tenía ninguna en ese estado, se encaminó, a trompatalega, hacia la choza. Al acercarse, un resplandor de radiante claridad, algo parecido a un cañón de luz, hendió la niebla, alcanzando la paridera como si incidiera sobre un escenario. Abrió, con medrosa precaución, el negro portón desvencijado y cruzó la cancela.


Chechu, con los ojos como platos, contempló aquel belén. Una joven, cubierta con un yihab, daba el pecho a un  niño envuelto con una sudadera. A su lado, un sujeto alto, de rostro atezado, cabellos ensortijados y barba rala, ataviado con vaqueros ajustados y, solamente, con una camiseta de manga corta, tiritaba de frío. A Checu le dio, de pronto, una ardorada y se concaró con ellos, a pesar de que no tenían mala traza.

- ¿Qué hacéis aquí?
Il fatit froid dehors. Nous sommes mieux ici.
- ¡Joder! No entiendo nada. ¿Tú no spik español?
- Je ne parle pas espagnol, mais je comprends un petit peu. Je ne parle que français.
- Pues, si no hablas cristiano, vamos a hacer un pan como unas hostias. A ver cómo nos entendemos, porque yo sé poco de francés, aunque alguna palabra juno. Sólo hablo castellano, o sea, español. ¿Por qué estáis aquí? -preguntó ya más calmado.
- Elle a doné naissance. L'enfant est né la nuit dernière
- ¿Dio a luz aquí? ¿Anoche? ¿Solos? ¿Sin ayuda?
- Oui monsieur. Mieux ici, l'exterieur est mauvais. Nous avons faim... hambre.

Chechu fue al cuatroporcuatro, volvió y les ofreció unas pringles, un par de cafareles más duros que pie de Cristo y una cocacola algo esbafada; todo ello sacado de la guantera. El hombre bebió un trago largo, con avidez. La muchacha comió unas patatas e ingirió un sorbo, sonriendo agradecida. El bebé rompió a llorar con un llanto débil, como un balido. Justamente como el balido que Chechu había escuchado antes.

- No tengo otra cosa. ¿Cómo te llamas? -dijo quitándose el anorak.
- Mon nom est Joseph. Elle s'apelle Marie.
- Toma, ponte esto que vas a coger un pasmo de muerte. Y al niño, ¿qué le pasa, cómo se llama?
- Le garçon..., comment dit'on?... débil, ne pas nom encore.
- Mi nombre es Jesús Alcate, pero todos me llaman Chechu. ¿De dónde venís?
- Nous venons du Bénin. Nous allons à la France.

¡Cagoensós! Sé tanto de geografía como de idiomas, rezongó Chechu, el de la Motrila. ¿Dónde leches estará Benin? Seguro que allá, donde Cristo dio las tres voces. Echó mano al bolsillo en busca del móvil para llamar a la Cruz Roja y, al no encontrarlo, se dio cuenta de que lo había dejado olvidado en casa, sobre la mesilla de noche. ¡Me ca...!, las veces que me pasa lo mismo.

- Venga, subid al coche que vamos al hospital escopetiaos. Malo será que me paren los forales y me pongan una multa por no llevar la silleta. Luego os llevaré algo para comer.

Chechu, el Pocoapego, a pesar de que allí pintaba menos que Caramba en el Bocal, se quedó en la sala de espera del Reina Sofía, aguardando, un tanto nervioso, la vuelta de Joseph, que había desaparecido, junto a la mujer y el crío, por la puerta de urgencias. Quería saber, antes de marcharse, en qué estado se encontraban.

- ¿Cómo están? - preguntó en cuanto Joseph asomó la cabeza.
- Tres bien. L'enfant est forte et Marie fatigué..., cansada. Merci beaucoup. Nous appelons l'enfant comme toi.
- ¿Le vais a llamar Chechu, como yo?
- Ne pas Chechu, Jésus.

Chechu, el de la Motrila, mostró una sonrisa de oreja a oreja. Quizás sea una buena idea, reflexionó mientras se marchaba colicanguila, comenzar el nuevo año junto a esta pobre gente. En el piso tengo una habitación de sobra que podrían ocupar. Al menos hasta que se repongan y decidan marcharse. Desde luego, casi voy a estar mejor con ellos que con la Feli y el sinsustancia de Paco. Si no fuera por las muetas, no volvía a su casa jamás de los jamases.


- Cuando termine de arreglar las ovejas, aunque sean las tantas, volveré y se lo plantearé, a ver qué les parece. Que no se me olvide llevarles unos bocatas. Así discurrió Pocoapego quien, como podéis ver, no tenía nada de roñoso ni hornicao. 

El sol, por fin, había logrado romper por el flanco las defensas de la niebla, levantando un manto de vaho blanquecino, vaporoso, de las huertas lindantes. A pesar de que el termómetro todavía señalaba cuatro grados, el cielo lucía un azul intenso. Cuando llegó a la paridera, le pareció que ésta resplandecía con una luz diferente, muy peculiar.

- Sí, volveré y, según lo que decidan, me los traeré conmigo.

Eso afirmó Chechu Alcate, el de la Motrila, alias Pocoapego.

Felipe Tajafuerte
Navidad 2015

Dedicado a mis hijos, hoy ausentes, para que se lo lean o cuenten a mis nietas y nietos



sábado, 19 de diciembre de 2015

Monasterios en el aire

Panel de las Meteoras con Kastraki (izda.) y Kalambaka (dcha.)

"La Aurora, de azafranado velo, se levantaba de la corriente del Océano para llevar la luz a los dioses y a los hombres, cuando..."
Bueno, aunque esta entrada trate sobre Grecia, dejemos en paz a Homero con su canto XIX de la Ilíada. Yo diré sencillamente que, en Kalambaka, aquel domingo de setiembre en que se celebraban las elecciones griegas, amaneció un día cojonudo. En la soleada mañana pudimos contemplar los enormes farallones que respaldaban nuestro hotel; porque la noche anterior, ya se sabe que a esa hora todos los gatos son pardos, apenas apreciamos unas tenues luces en las alturas, mientras dábamos buena cuenta de unos gin tonics, al amparo de las estrellas, en una de las numerosas terrazas de la población. 

Formaciones rocosas de Meteora
No tardó nuestro autobús en estar a punto para emprender un recorrido por uno de esos lugares mágicos y placenteros que hacen que un viaje merezca la pena. A eso habíamos venido y estábamos dispuestos: a disfrutar de los Μετέωρα Μοναστήρια. En román paladino: monasterios suspendidos del cielo o en el aire o monasterios arriba del cielo; causantes del título de esta entrada. Ya, ya sé que el dicho habitual es aquello de "castillos en el aire", cuyo significado es el de que algo no tiene bases sólidas para sostenerse.


Grandes peñascos enhiestos
Sin embargo, estos cenobios sí que tienen unas fuertes bases de formas fálicas que se afincan en el terreno como flechas lanzadas por Zeus desde las alturas. Un secreto, muy bien guardado, de la vieja Europa en el país cuna de la civilización occidental.

Desde la carretera ascendente
Dejamos atrás Kalambaka o Kalampaka, de ambas maneras se la nombra, atravesamos una pequeña población llamada Kastraki, en la falda de los grandes peñascos y enfilamos la carretera hacia los monasterios. Están habitados desde el siglo XIV y se ubican en alturas superiores a los seiscientos metros. En la actualidad, diecisiete se encuentran en ruinas y seis en uso, cinco masculinos y uno femenino. Un recorrido de unos diecisiete kilómetros permite dar la vuelta a todos ellos.

Otra vista del valle
Conforme vamos ascendiendo, podemos apercibirnos de la constitución del valle de Meteora, formado por la desaparición del gran río que encontró, hace miles de años, otra salida al mar Egeo


Grandes menhires naturales
La erosión y los hundimientos por terremotos formaron uno de los paisajes más increíbles del planeta, con berroqueñas montañas grises, modeladas caprichosamente por la naturaleza, como gigantescos menhires en medio de la llanura de Tesalia.

El primer monasterio que vimos
Hicimos un alto en un descansillo de la carretera para contemplar y fotografiar el primero de estos monasterios, amenazadoramente colgado en las rocas. Incredulidad de  los viajeros ante este adelanto de lo que nos esperaba a partir de entonces.

La segunda parada debajo de otro monasterio
Más adelante hicimos otra parada debajo de otro de estos conventos con una panorámica espectacular del que más adelante íbamos a visitar. Hice mi composición del lugar y me propuse fotografiar este sitio desde la posición inversa, es decir, desde el monasterio que veíamos allá en las alturas.

En la peña central, en lo más alto, Varlaam
Continuamos la ascensión y, tras unos pocos kilómetros, llegamos a un espacioso aparcamiento. Descendimos del autocar y nos dirigimos hacia la entrada del Monasterio de Varlaam, paso obligado para el de Gran Meteora, consagrado a Todos los Santos. Después de subir empinadas escaleras incrustadas en la roca y un par de puentes sorteando el abismo, arribamos a la entrada propiamente dicha. 


Acceso al monasterio de Varlaam
Los hombres no tuvimos problemas, advertidos, todos llevábamos pantalones largos. Las señoras debieron cubrirse, aunque llevaban pantalones, con una especie de pareos que allí mismo les facilitaron, quizás para no soliviantar la libido de los castos monjes.


Monasterio de Varlaam 
Solventado el problema de las féminas, accedimos a una plaza central, en uno de cuyos lados estaban realizando la reconstrucción de una zona, y de allí pasamos a una especie de atrio, con unos grandes frescos en el frente, y de éste a la iglesia ortodoxa de estilo bizantino, con pinturas murales impresionantes, muy vistosas a pesar de la escasa luz del interior.


Interior de la iglesia de Varlaam

La recorrimos concienzudamente deteniéndonos en cada rincón. En un habitáculo se muestra un enorme tonel. Deambulamos por varias dependencias más hasta llegar a una abierta al precipicio, protegida por barandas de madera.


Por aquí se descolgalba la cesta
Allí se encontraba el arcaico mecanismo que hacía funcionar la polea que subía y bajaba la cesta para el acceso al monasterio cuando todavía no existían las escaleras y puentes que nosotros habíamos utilizado.

La fotografía que me había propuesto hacer
El monasterio está muy restaurado, quizás demasiado y su aspecto impone ya que en él se ha llevado al límite el aprovechamiento del terreno. Está literalmente al borde de la roca y la panorámica desde esta fortaleza inexpugnable es impresionante. No me conformé con la fotografía que me había propuesto e hice unas cuantas más. El paisaje lo merecía.

Otro de los monasterios  en una situación inverosímil
Continuamos por la carretera que bordeaba los grandes roquedales. Realizamos una nueva parada en plena cuesta para gozar de unas panorámicas espectaculares con Kalambaka en el fondo del valle, entre dos peñascos, uno de ellos culminado inverosímilmente por otro monasterio. La cámara fotográfica echaba humo.
Kalambaka en el valle

Llegamos al final de la carretera donde se encontraban estacionados varios autobuses y turismos. Un rótulo nos indicó que estábamos ante el Monasterio de San Esteban, sito sobre un acantilado desprendido de la meseta del aparcamiento, separado por una quebrada, que tuvimos que salvar mediante un puente, con arco de medio punto, que unía ambos lados.

Interior de San Esteban
La entrada estaba formada por un pequeño túnel y, junto a éste, de nuevo, el equipamiento obligatorio para las señoras. Esta vez fueron faldas largas, oscuras, con ondas de rayas claras. No les sentaban tan mal.

Interior de una capilla
Una vez en el interior, comprobamos que todo era espacioso, muy bien cuidado, alegre, con muchas flores que brillaban con intensidad ante los rayos del sol. Un paso más estrecho, entre el ábside de la iglesia y otra capilla, daba acceso a un nuevo espacio abierto con más jardines, otra capillita con frescos de vivos colores, una hornacina con un icono de arcángel San Gabriel y, al frente, un murete blanco de escasa altura que protege del precipicio.

Valle del Peneo
Nos acercamos, asomamos la cabeza y a mí me invadió el cosquilleo del vértigo. En el fondo, un diminuto Kalambaka, con la rojiza cubierta de su caserío, abría las puertas al hermoso valle del río Pinio.


Todo limpio y florido
Nos demoramos disfrutando del panorama, del colorido de la vegetación, de la armonía de las diversas edificaciones y de la tranquilidad. Se respiraba paz, a pesar de los numerosos visitantes.

De paseo hacia nuestro autocar, me entretuve en captar el  paisaje grandioso que dejábamos atrás: las rocas, el monasterio, la población en la profundidad del valle, las verdes montañas... ¡Todo un espectáculo!

San Esteban y Kalambaka
Camino del restaurante nos detuvimos en un establecimiento en el que pudimos adquirir toda clase de objetos típicos griegos y del lugar. En el restorán, al pie de los grandes peñascos, nos pusieron ensalada, tomates rellenos y cordero con salsa de limón, completado con helado de postre. Como en cualquier casa de comidas española. Aún tuvimos tiempo, antes de subir al autobús, para tomar alguno de los variados mocas del país, al gusto de cada uno: café, café gala, café micro gala o café frappé. Unos chupitos de ouzo completaron el ágape, y... ¡en marcha!

La plaza Sintagma con el parlamento al fondo
Varias horas, alguna de ellas dormitando, nos situaron de nuevo en Atenas, después de que Helios se refugiara tras el monte Parnaso. Una vez cenados, salimos a dar una vuelta por la ciudad. En la Plaza Sintagma, su centro neurálgico, todavía permanecían en funcionamiento dos grandes paneles electrónicos donde se daba información del resultado de las elecciones, la victoria de Tsipras y las valoraciones de los diversos líderes políticos.

Cambio de guardia de los evzones

Nosotros, dado que el griego no era nuestro fuerte, nos inclinamos por saborear unos refrescos y alguna Mythos, la cerveza rubia del país, en una cervecería de la plaza, mientras, cercanos, los evzones cumplían su obligación montando guardia ante el parlamento griego. 



miércoles, 16 de diciembre de 2015

Villa Javier

El pasado lunes asistí a la presentación de la obra Guiso de Musas, El libro de Villa Javier, en el salón de actos del colegio de los Jesuitas de Tudela, al que he prestado mi modesta colaboración con un microrrelato. 

Acto de presentación de Guiso de Musas
Villa Javier es una iniciativa de la Fundación Tudela comparte, que pretende poner en marcha, el primer semestre del próximo año, un proyecto de alimentación social en el que se atenderá a personas en situación de exclusión. El objetivo, según la Fundación, es iniciar con este proyecto un trabajo más amplio que permita su reinserción social.

Este servicio de alimentación facilitará a las familias una cesta básica para que puedan cocinar los alimentos en sus propios domicilios, también habrá comida preparada para llevar y un comedor para atender a las personas que por su situación así lo precisen.

Nada más conocerlo, me pareció un magnífico proyecto. Ante ello, indagué los propósitos de los componentes de la Fundación Tudela comparte. Ellos mismos se definen de esta forma:

"Somos un grupo plural de personas que pertenecemos a diferentes ámbitos sociales, laborales e ideológicos. Pero nos une, por un lado, cierta experiencia en distintas actividades de tipo social, ya sean asociaciones, colectivos o plataformas y, por otro, el interés común de aportar nuestro esfuerzo para impulsar una entidad que, centrada en ayudar a los sectores más desfavorecidos, se sume y coordine con las que ya vienen trabajando contra la pobreza y las desigualdades."

Una buena forma de colaborar con este plan es hacerse socio y aportar la cantidad que uno desee para el mantenimiento del mismo. Según se desprende del formulario de inscripción, la cantidad mínima a aportar es de veinte euros anuales, trimestrales o mensuales. Para aquellos que no quieran comprometerse a estas ayudas regulares, existe la opción de hacer donativos puntuales mediante el ingreso de cualquier cantidad en la cuenta abierta en La Caixa.


También se precisan voluntarios para atender las diversas necesidades de este proyecto, por lo que el abanico de posibilidades para contribuir a su funcionamiento es muy amplio.

El importe casi íntegro de la recaudación conseguida con la venta del libro Guiso de Musas irá a parar a la financiación de este comedor social. Las librerías de Tudela Letras a la taza, Julio Mazo, El Cole, Santos Ochoa y AMIMET tienen ejemplares a disposición de quienes quieran colaborar adquiriéndolo al módico precio de siete euros.

Portada del libro
Permitidme invitar, especialmente a aquellos que, como yo, son escépticos ante las actuaciones de ciertas oenegés, a la colaboración en este plan, centrado en ayudar a los sectores más desfavorecidos de nuestra sociedad, porque, día a día, podemos comprobar el avance de las obras y ver que nuestros donativos alcanzan los fines propuestos. 

El correo electrónico de Villa Javier es:   villajaviertudela@gmail.com
Tiene su domicilio en:  Calle San Francisco Javier, número 2 
                                31500 Tudela (Navarra)

Colaboremos, de una forma u otra, en la medida de nuestras posibilidades, todos aquellos que podamos porque, como dice el slogan de Villa Javier: ¡Somos lo que hacemos! 

lunes, 14 de diciembre de 2015

¿A dónde la empatía?


Sentimos este mar Mediterráneo,
compendio de culturas milenarias,
campo abonado para las pateras
preñadas de sufridas gentes, víctimas
de ese miedo ancestral que pertenece
a los pueblos hambrientos de esperanza,
deseando cruzar las sugestivas
aguas en busca de un mejor estatus
para ellos y sus hijos escuálidos.
Y no siempre consiguen traspasar
esa húmeda línea que divide
el codiciado cielo de su infierno,
donde han dejado anhelos, ilusiones
y vidas, mientras nuestra vieja Europa
mira para otro lado, sin tener
en cuenta que formamos todos parte
inseparable del diverso género
humano, del que se muestra distante,
carente de empatía, temerosa,
mirándose el ombligo acojonada.


Felipe Tajafuerte
2015

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