viernes, 16 de mayo de 2014

Mutación

El miércoles veintitrés del pasado mes de abril, día del libro, tuvo lugar en Castel Ruiz la resolución del concurso de microrrelatos con la votación popular que eligió los dos ganadores de un total de diez seleccionados.  No tengo por costumbre el presentar mis escritos a concursos, sin embargo, a éste lo he hecho por tercera vez consecutiva, correspondiendo a la invitación de nuestro profesor del Taller de Escritura Creativa. En esta ocasión, el mío no se encontraba entre los elegidos; no obstante, transcribo el relato presentado por unas razones que son muy válidas para mí: en primer lugar, porque publiqué los que fueron seleccionados en años anteriores, El legado y El carrico del helado, y este no va ser menos, a pesar de no haber gozado de la misma consideración; en segundo lugar, porque lo escribí el pasado año con la misma ilusión que los anteriores; en tercer lugar, porque no pienso presentarlo a ningún otro concurso, por tanto, no tengo que reservarlo; y sobre todo, aunque esto sea muy subjetivo, porque me satisface lo suficiente como para no desecharlo. Aquí lo tenéis, lleva por título


Mutación
Su gran pasión, el tiro con arco, absorbía toda su atención de manera obsesiva. En cierta ocasión lanzó sus flechas contra el lucero del alba. Y acertó. La aurora se tiño de un rojo sanguinolento sin que las aves pudieran evitarlo. Fue al despuntar la primavera cuando los primeros síntomas comenzaron a aflorar. Su rostro se volvió lampiño y unas protuberancias, de las que asomaban unos plumones, surgieron de su espalda, junto a los omoplatos. La comezón de un sentimiento insaciable de amor prendió en su corazón abrasándolo. Las plumas crecieron más y más, transformándose en unas grandes alas de nácar. Aprendió a volar sin red. El carcaj de sus sueños siempre estaba avizor de nuevas dianas a las que disparar y éstas, paulatinamente, fueron adquiriendo forma humana. Sus dardos, embebidos del virus perturbador de la ternura, impactaban en el blanco, extendiéndose por todo el planeta, poniendo en peligro la supervivencia del sistema. Los hombres de negro se aprestaron a la lucha contra el enemigo redivivo, prepararon sus venablos impregnados del veneno del egoísmo y la indiferencia y afilaron los cuchillos del odio para cortar las alas al nuevo Cupido.




Felipe Tajafuerte
2013

martes, 13 de mayo de 2014

Aýna, la Suiza manchega


Salimos al punto de la mañana de Ossa de Montiel, en cuyo único hotel hemos plantado nuestros reales. A pesar de la frescura matinal, he dejado aparcada la ropa de algo más abrigo que traje durante el viaje, sustituyéndola, en vista de la calurosa tarde con que fuimos recibidos ayer, por una más veraniega que, prudentemente, metí en la maleta.

En la cima la imagen de la patrona.
A ambos lados de la carretera, el amarillo florido de las retamas da paso a la singular mezcla de los verdes de los cereales en desarrollo y los impactantes almagres de los barbechos, que se alternan con vastas extensiones de encinas perdiéndose en el profundo azul del horizonte. Paulatinamente, el paisaje va modificándose y la imponente meseta roqueña donde se ubica el castillo de Peñas de San Pedro, vigila el paso de nuestro autobús hacia la Sierra de Alcaraz, camino de Aýna, la Suiza manchega.

Peñas de San Pedro desde el autobús
Conforme vamos ascendiendo los pinos van ocupando el lugar que han dejado las encinas y la ruta se hace más sinuosa. Poco después iniciamos el descenso con la carretera encajonada entre rocas. De súbito se nos abre la panorámica de un profundo valle cercado de enormes farallones rocosos.

Mirada desde abajo
Nada más de pensar que tenemos que llegar hasta abajo da vértigo. La cinta gris de la carretera dibuja zigzags milagrosos en el tajo rojizo de la montaña, y las casas semejan descolgarse con osadía, entre los peñascos, hacia el abismo.

La carretera a media altura
Enfrente, un pico puntiagudo se yergue del fondo mostrando en lo más alto una imagen de la patrona del pueblo. En el hondo abisal del barranco discurre, apenas perceptible, el río Mundo. El diccionario de Madoz dice refiriéndose a Aýna: "... es montuosa y tan áspera, especialmente a las márgenes del río, que solo es accesible a las cabras montesas"

Abajo, el río Mundo casi no se ve
Una vez abajo nos espera el guía local. Comenzamos la visita por las calles de la villa. A mi entender, el caserío desluce tan encantador paraje: casas anodinas, sin orden ni concierto, de diferentes alturas, carentes de un estilo propio, pequeños hoteles y apartamentos que podrían situarse en cualquier lugar de nuestra geografía. Existen algunos rincones dotados de gran belleza, pero siempre hay algo que los estropea: una tapia de ladrillos sin lucir, una viga de hormigón, un chamizo de bloques de cemento, una puerta de almacén de chapa "pegaso"... Para mi gusto, un verdadero desastre.

Las casas se descuelgan
Subimos, quizás, por lo más destacable, las calles estrechas de la parte árabe, hasta el mirador de los Mayos, al que se accede a través de la brecha abierta en una enorme roca, estropeada también por ciertos arreglos chapuceros.

Brecha en la roca. Mirador de los Mayos
El panorama desde este mirador es espectacular, con la montaña puntiaguda enfrente y el río Mundo discurriendo por el fondo del pequeño valle, en el que se ven huertos muy bien cuidados, hasta perderse en los angostos vericuetos de los montes que parecen querer impedir su salida de la vaguada. 

Un rincón "aprovechable"
Descendemos hasta la iglesia de Santa María de lo Alto. El templo fue construido en 1953 sobre los restos del castillo de de la Yedra y la ermita de la Virgen de lo Alto, patrona de la ciudad, cuya antigua advocación de Virgen de la Raja fue sustituido por el actual, por motivos obvios que no hace falta explicar. Es de destacar la torre de sillería del siglo XVII que pertenecía a la citada ermita.

Desde la Plaza Mayor
Continuamos hasta la plaza Mayor. Tiene una forma un tanto peculiar, ahusada, que sirve de auditorio al aire libre ya que uno de sus lados largos está formado por escalones. Se utiliza también como plaza de toros, y en otro de los lados, frente a las gradas, se encuentra el ayuntamiento y un pequeño museo etnográfico. 

Vista desde la iglesia
Siguiendo por la calle Mayor, topamos con la ermita de Nuestra Señora de los Remedios, cuya apariencia exterior es el de una casa más a pesar de que en la entrada se puede apreciar un arco de medio punto con dovelas. En la actualidad, se encuentra desacralizada  y dedicada a una exposición relativa al filme "Amanece, que no es poco", rodada en estos escenarios.  A destacar un precioso artesonado mudéjar.

Otro rincón apreciable
Por palabras de nuestro guía colegimos que los ayniegos se sienten orgullosos de sus fiestas y del encierro de toros que discurre por sus calles escabrosas y, según él, muy bien reflejado en un vídeo casero emitido en el popular espacio televisivo Vídeos de primera. Como no soy un televidente asiduo no me entero del programa en cuestión. También tienen la satisfacción de que José Luis Cuerda utilizase su pueblo como uno de los escenarios de la citada película.

Para salir hay que volver arriba
Nos dirigimos tranquilamente al autocar. Una vez acomodado, recuerdo los pueblos que he conocido del norte, aragoneses, andaluces, extremeños o castellanos, por decir algunos, tan encantadores; y me pregunto ¿cómo es posible que los habitantes de un lugar tan extraordinariamente agreste y pintoresco, con tantas posibilidades como Dios les ha dado, no hayan sido capaces de adecuarse al entorno y lograr unas edificaciones más acordes con él y no tan vulgares? Un si es no es adormilado, y sin saber por qué, me viene a la memoria una de las escenas de la surrealista película del director albaceteño en la que se dicen estas palabras:  "de orden del señor cura, se ha de saber,  que Dios es uno y Trino". Debe ser cosa de la siesta borreguera, como llaman por aquí a la que nosotros decimos del carnero.



martes, 6 de mayo de 2014

Siempre




Cuando de amor tenía sed, me diste a beber
en tus labios jugosos temblorosa ambrosía.
Cuando el hambre de besos llegaba al paroxismo,
de tu boca vertiste, pródiga, el calor fresco
del maná. Cuando el frío de la tristeza anclada
dentro del pensamiento agosta mis percepciones,
me abrigas con cercana y continuada alegría.
Cuando por mis mejillas ruedan tercas las lágrimas,
el lienzo primoroso de tus dedos viajeros
me las enjuga. Cuando el camino se hace largo,
tiendes tu mano fértil y amenizas mi vida.
Cuando llega el invierno de mis sienes plateadas,
reverbera en mis sueños el brillo de tu estío
nuevo. Siempre dibujas mi piel con tu presencia.



Felipe Tajafuerte
2014

sábado, 3 de mayo de 2014

La culeca o clueca

Hoy, día tres de mayo, se celebra en Tudela la fiesta del Cristo en la ermita del mismo nombre, situada en el extrarradio de la ciudad, aguas arriba del Ebro, en la margen derecha. Un festejo, en la actualidad, dedicado muy especialmente a los niños, a los que la Orden del Volatín, provee de una golosina muy popular: la "culeca". 

Instaurada la romería en abril del año 1734, siempre ha gozado de gran predicamento por parte de los tudelanos. La devoción a esta imagen del crucificado que, según cuenta la tradición, bajó flotando por el río hasta detenerse a las puertas del antiguo monasterio existente en el lugar, rivaliza con la que acapara Santa Ana. Ambas efigies han sido objeto en numerosas ocasiones de rogativas tanto para atraer las lluvias como para su cese.

Aspecto de una culeca tudelana
En esta festividad es costumbre muy tradicional el comer la típica "culeca". Se trata de un gran bollo dulce, confeccionado en el horno y en cuyo interior se introducen uno o dos huevos sin quitar la cáscara. Lo habitual es consumirla con chocolate, apartando los huevos para pelarlos cuando se vayan a comer. Está deliciosa de cualquier manera; no digo nada untadica en el chocolate a la taza. Las numerosas referencias en los periódicos locales de las dos últimas décadas del siglo XIX, indican que originariamente se las denominaba "cluecas". 

Esta es de un solo huevo
Esta práctica es pues muy antigua. Luis María Marín Royo, en su libro Costumbres, tradiciones y maneras de vivir, nos dice, respecto a este dulce, que las primeras noticias sobre estas cluecas o culecas se encuentran en un anuncio de 1887 en el periódico tudelano Diario de Avisos. En él la Confitería de Castro pone en conocimiento de la ciudadanía que ha comenzado la fabricación de cluecas, asegurando que "los parroquianos quedarán tan complacidos como todos los años"; para añadir a renglón seguido, que también fabrica "cluecas de tortada con longaniza y ternera". También en 1889, sigue diciendo Marín, la Confitería y Abacería de la Viuda de Boldoba e hijos, anunciaba cluecas de leche, con precios entre un real y siete.

Sacamos el huevo de su interior
Las culecas que se consumen en la Romería del Cristo de Tudela son típicas además en otras localidades. Como no quiero meterme en berenjenales, ni en camisa de once varas, diré solamente que las de aquí, aunque en la actualidad se fabriquen en algún pueblo de los alrededores, son excelentes, adoptando la forma más simple: el bollo con uno o dos huevos. Los sorianos de Ólvega catan las suyas con motivo de la Romería de San Marcos; los aragoneses de Ateca  en su Jueves Lardero y los de Borja para San Jorge. En en el pueblo riojano de Alfaro, también en el Jueves Lardero, dan cuenta de unas culecas cuyos ingredientes imprescindibles son los huevos y el chorizo. 

Queda un poquito de culeca y el huevo
A través del blog Moncayo tierra de fronteras me entero de que, en el pueblo moncaino de Ambel, se degustan otras muy curiosas, todas con la misma masa; unas con forma de mujer embarazada con los brazos en jarras y un huevo en el centro como símbolo de fertilidad; algunas con forma de tortas con uno o dos huevos según sean para mayores o niños y otras, llamadas pajaricos, con forma de pájaro. 

Seguro que hay otros lugares donde son típicos estos bollos, en algún punto coincidentes con los "preñaos", pero no quiero seguir para que no se os pongan los dientes largos con una entrada tan dulce y relamida.

Estáis invitados a la romería del Cristo. Yo pongo las "culecas" y vosotros el chocolate; por favor, a ser posible negro, entre un ochenta y un noventa por ciento de cacao. Aquí os espero, nunca mejor dicho, comiendo un huevo.

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