miércoles, 14 de diciembre de 2011

Confusión fortuita


Un joven muy atildado, perteneciente a una excelente familia,  con ocasión  de un viaje de negocios a la gran ciudad, conocedor de que su prometida precisaba unas gafas de sol, tuvo la oportunidad de comprarle unas muy adecuadas que vio en el escaparate de una óptica.

Entró en el local comercial y, después de examinar unas cuantas, se decidió por las expuestas que tanto le habían llamado la atención y, por ende, las compró a muy buen precio.

La dependienta, amablemente, se las preparó como para un regalo. Se dirigió a la caja para satisfacer su importe y, al marcharse, cometió un grave error: en lugar de coger el paquete  con las gafas, tomó uno muy parecido que había a su lado y que contenía unas bragas que seguramente alguna clienta de la óptica acaba de comprarse en otro establecimiento y se había dejado olvidadas en un costado del mostrador.

Sin apercibirse de la  equivocación, cargó con el envoltorio, marchó directamente a Correos e introdujo su regalo en una caja acompañada de una carta dirigida a su amada.

La novia, al recibir el envío y abrirlo, quedó perpleja contemplando su contenido. Su asombro iba en aumento llegando, a medida que avanzaba en la lectura de la misiva,  a límites insospechados. La cuestión no era para menos puesto que la misiva estaba escrita en los siguientes términos: 

Querida mía: 

Espero que te guste el regalo que te envío. Sobre todo por la falta que te hace, ya que llevas mucho tiempo con las otras que tenías y éstas son cosas que se deben cambiar de vez en cuando. 

Espero haber acertado con el modelo. La dependienta me dijo que eran la última moda y me enseñó las suyas que eran iguales. Entonces yo, para ver si eran ligeras las cogí y me las puse allí mismo. ¡No sabes cómo se rió la dependienta!, porque estos modelos  femeninos en los hombres quedan graciosos y más a mí, que ya sabes que tengo unos rasgos muy alargados. 

Una muchacha que había allí me las pidió, se quitó las suyas y se las puso para que yo viera el efecto que hacían. Las vi estupendas. Me decidí y las compré. 

Póntelas y enséñaselas a tus padres y hermanos, y en fin a todo el mundo. ¡A ver que dicen...! 

Al principio te sentirás un poco rara, acostumbrada a ir con las viejas y más ahora que has estado un tiempo sin llevar ninguna. Si te están pequeñas me lo dices, porque te pueden dejar señal cuando te las quites y todo el mundo va a notar que las usas. 

Ten cuidado también de que no te estén grandes, no sea que vayas andando y se te caigan. Llévalas con cuidado y sobre todo te pido, que no vayas a dejártelas por ahí y las pierdas, ya que tienes la costumbre de llevarlas en la mano para que todos vean sus encantos.

En fin, ¿para que te voy a decir más?. Solo que estoy deseando vértelas puestas aunque te las tendrás que quitar cuando te bese. Creo que es el mejor regalo que podría hacerte cariño. 

   Muchos besos. 

Esta es la nota que he encontrado revisando el baul de los recuerdos, una de esas cosas que te llegan sin saber de quien. A pesar de su antigüedad, he querido compartirla para alegrar un poco la mañana y olvidarnos un tanto de la mala baba que nos rodea.

Os podéis imaginar la odisea y el cachondeo al hacer las fotos que ilustran este post. Lo de las gafas no tuvo mayor problema, pero eso de solicitarle por las buenas las bragas a una señorita... ¡¡Tela!!

viernes, 9 de diciembre de 2011

Iglesia de la Magdalena

Después de nuestra visita al claustro catedralicio, dentro nuestro recorrido por la Tudela románica, nos dirigimos a visitar la iglesia de Santa María Magdalena, del siglo XII, contemporánea de la catedral de Santa María, aunque la construcción de ésta última tuvo más años de duración.

Nos detenemos ante la puerta principal, de estilo románico avanzado. En el tímpano un pantocrátor dentro de una mandorla cuadrilobulada, el tetramorfos y dos figuras femeninas en los ángulos inferiores, la de izquierda de María Magdalena y otra a la derecha  de una de las hermanas de Lázaro. Sobre el tímpano cuatro arquivoltas. En la primera de ellas quince dovelas con las figuras de los doce apóstoles además de María, El Ángel de la Anunciación y el Espíritu Santo. En la segunda otras quince dovelas con arpías. En la tercera diecinueve con ciervos con la cabeza vuelta hacia la grupa. En la última veintidós dovelas con motivos vegetales repetitivos. Esta hermosa portada estuvo oculta durante siglos por una fachada de ladrillo hasta la reconstrucción de 1986.

Portada principal


Soportando el alero, once curiosos canecillos esculpidos con personajes en variadas actitudes entre los que descuellan un cantero, un músico, un campesino, una costurera, un comerciante o prestamista y un último  canecillo representando al demonio, cosa habitual en el románico navarro.


Canecillos del alero


A la izquierda de esta portada, la única torre original conservada de entre los siete templos románicos con que contaba Tudela, de los cuales solamente quedan  la catedral de Santa María, esta iglesia de la Magdalena y un pequeño lienzo de la de San Nicolás. Es ésta una torre esbelta de tres cuerpos, prismática de gran fuerza y contundencia que recuerda la forma de construir en el pirineo oscense. Consta de vanos para las campanas en los dos cuerpos superiores, cuatro ventanas dobles en el más elevado y cuatro sencillas en el siguiente.

Torre


En el lado norte existe otra puerta lateral con tres arquivoltas apoyadas sobre capiteles muy deteriorados que se encuentra cerrada con tapial de ladrillo y un óculo. Sobre ella un elaborado e interesante crismón trinitario. Por esta puerta, en cuyo lado derecho se pueden ver los restos de dos sepulcros,  se pasaba de la iglesia a un cementerio medieval hoy oculto por el pavimento. Fue redescubierta en 1972 ya que se encontraba oculta tras una capa de yeso en la desaparecida capilla del Santo Cristo, para cuya construcción en el siglo XVII se inutilizó.

Puerta norte
Sepulcros exteriores


Pasamos al interior, levantamos la vista y observamos la notable desviación del eje de la nave así como la falta de paralelismo de los fajones. Aunque da la impresión de tener planta de cruz latina es una iglesia de una sola nave, dividida en siete tramos, reforzada con robustos contrafuertes y con una bóveda de medio cañón apuntado apoyada en sólidos arcos fajones sobre capiteles historiados, alguno de ellos con el fuste de la columna eliminado. El ábside, virado hacia la izquierda, no es semicircular como es habitual en los templos románicos de esta época sino plano y está cubierto por un retablo plateresco del siglo XVI dedicado a la Magdalena, cuya figura central se adelanta hacia nosotros, realizado por el escultor Domingo de Segura.

Nave y retablo


En el siglo XVI se levantaron las capillas laterales en cumplimiento de lo dictado por el Concilio de Trento, En la del lado derecho se encuentra la capilla bautismal y en la de la izquierda está soterrada la sacristía. En ésta última, dedicada a Santa Ana, existe una excepcional representación de la patrona de Tudela del siglo XV, un grupo triple (Santa Ana, la Virgen María y el Niño) gótico hispano-flamenco, cuya policromía no es la original. 

Santa Ana "la vieja"


A los piés del templo, obedeciendo también las normas del citado concilio, un coro alto en piedra sobre una bóveda de crucería gótica.

Exterior de la iglesia


Parece ser que está levantada esta iglesia sobre los cimientos de otra mozárabe que existía bajo la dominación musulmana y se cita en un escrito de 1119,  poco después de la reconquista de Tudela por Alfonso I El Batallador. Además de las capillas citadas anteriormente, en el siglo XVII se construyeron las de las Animas y del Santo Cristo, de estilo barroco, eliminadas en la  reconstrucción llevada a cabo en el año 1986 para dejar al descubierto la belleza y sobriedad de este templo románico. En esa misma actuación se derribaron las casas que se encontraban adosadas, dejándolo prácticamente tal y como fue concebido en el siglo XII. 


Entradas relacionadas:
Agonía de un claustro

lunes, 5 de diciembre de 2011

Todo incluido



- Venga mañana a las ocho de la mañana,  me invitaron sorpresivamente con una llamada telefónica.

Y aquí estoy. Se trataba de un buen hotel en el que voy a pasar la noche. Descubro a la entrada que en lugar de estrellas luce tres banderas y no me sorprende. En recepción, un empleado vestido de forma un tanto extraña me conduce a mi habitación, la 210, espaciosa, de dos camas, una de ellas ocupada. Esto me mosquea puesto que me acompaña mi mujer que me gusta bastante más que ese señor mayor, cejijunto y con bigotes.

Han debido notar alguna mueca en mi rostro porque al poco tiempo se lo lleva alguien que parece un policía municipal, lo digo por el uniforme con rayas reflectantes. Seguidamente viene una camarera con uniforme blanco.

- ¿Has desayunado?, me pregunta con desparpajo.
- No.
- Muy bien, no tomes ni agua. Ponte este camisón con la abertura hacia atrás. Me dice en tanto me lo tiende

Tendrán problemas con los suministros, pienso mientras obedezco. En breve vuelve pretendiendo afeitarme. Le digo que ya lo he hecho, pero insiste. Parece ser que solamente quiere probar la cuchilla porque me rasura el brazo izquierdo y se marcha. Nueva visita, esta vez con un carrito lleno de artilugios.

- Te voy a poner una vía. En un pis pas me introduce una aguja en el brazo derecho.

No tengo ninguna intención de coger el tren y además comienzo a mosquearme al advertir el tubito que sale de mi brazo y las bolsas de adorno en el cabecero de la cama. En este hotel pasan cosas muy raras. Me animo al ver que me pone una pulsera con mis dos nombres y dos apellidos. Muy completa, sí señor. Creo que es la del todo incluido para poder disfrutar gratis de las atracciones del complejo. Me fijo bien y constato  que figura en ella mi edad, 66 tacos. Esto ya no es de mi agrado y decido protestar, en el momento en que me vaya, por ese detalle tan feo.

Transcurren unas horas. Ya me estaba poniendo de malhumor cuando viene un joven, vestido también de blanco que se dirige a mí como si me conociera de toda la vida:

- ¡Hala, Felipe, que nos vamos!

Me extraña que mi mujer no se añada a la fiesta, pero según dice, ya conoce todo esto. Es muy divertido este paseo con la cama de aquí para allá, sorteando obstáculos, girando de izquierda a derecha hasta llegar al ascensor. Descendemos hasta el sótano y me lleva por otros pasillos. Siento más frío. Me deja aparcado en una especie de salita para esperar de nuevo.

- Buenos días. ¿Es la muñeca izquierda, verdad?, me pregunta un señor que viste totalmente de verde con un ridículo gorrito. Estudia un cartapacio que se han dejado sobre mi cama. Cuando empecemos notarás una fuerte presión en el brazo.

Me deja solo. No me ha dado tiempo de decirle que es en la derecha donde llevo los malditos tubos. Nueva espera y al poco rato nueva visita.

- ¡Hola!, soy anestesista. Te voy a dormir diez minuticos. Se trata de una chica muy joven que porta la misma vestimenta verde, pero a ésta le sienta el gorrito de maravilla, bueno, el gorrito y lo demás.

No sé por qué me ha informado de su profesión y con qué fin me va a dormir. ¡Joder, qué atracción más rara!. A esperar nuevamente. Sin duda, debe haber más personas para esta feria porque yo llevo más de media hora aguardando aquí abajo.

Esta vez es un joven, la misma vestimenta, quien me traslada a una camita más estrecha, también de color verde y, ante el temor de caerme,  me introduce en una habitación colocándome debajo de unos enormes ojos de acero inoxidable. A mi alrededor pululan unos seres todos de color verde de pies a cabeza. Esto debe de ser el espectáculo, me digo.

- Vas a notar una presión en la pierna cuando te tome la tensión, me dice la chica guapa de antes. 
- Vale, contesto maquinalmente.
- Ahora, cuando te ponga la mascarilla, respiras fuerte. Ya
- ... 
-Otra vez...

Me despiertan mis ronquidos. Estoy en la salita de antes. Me encuentro calentito en la cama con un ligero pinchazo de dolor en la muñeca izquierda. Tengo el brazo envendado. En el derecho siguen los tubitos y las bolsas colgando de la cabecera.  Una señora de blanco me lleva  a través de los pasillos al ascensor y de allí a la habitación.

- ¿Cuanto tiempo he estado ausente?, pregunto a mi mujer.
- Dos horas, pero la intervención ha durado treinta y cinco minutos y ha ido todo muy bien.

Habrá ido todo bien pero en la actuación he resultado herido en la muñeca. Duermo una buena siesta. Ha dejado de llover.

Me sirven la cena en la cama. Estoy hambriento y hago los honores. Pasamos la noche yo en la cama y mi mujer en un sillón. Me parece una desconsideración, máxime permaneciendo la otra cama intacta,  pero así son las normas del hotel.

A través de las lamas de la persiana, contemplo un rojizo amanecer enrejado. Más tarde, después de desayunar, otro señor vestido de verde -¡qué manía con este color!- aparece con una serie de documentos y dice consultándolos:

- Felipe, túnel carpiano. ¿Cómo ha pasado la noche, le duele la muñeca?.

Respondo que he pasado la noche durmiendo tranquilamente y que no me duele nada. Eso del túnel carpiano me suena de algo.

- Cuando le curen la herida de la muñeca, puede marcharse.

Da la impresión de que tienen prisa, quizá tengan otros invitados y no quieran tener entre ellos un herido. Me viene a la memoria  que en los hoteles hay que dejar la habitación antes de las doce. Recogemos nuestras cosas y nos marchamos. Al pasar por recepción observo el reloj calendario. Tres de diciembre. Caigo en cuenta de que hoy es el Día de Navarra.


Ya en los jardines recuerdo que no me he fijado en el nombre del hotel. Me giro y leo el rótulo junto a las tres banderas: HOSPITAL REINA SOFIA 

Felipe Tajafuerte
2011




viernes, 2 de diciembre de 2011

Agonía de un claustro.

Hace unos días realizamos una visita guiada a la Tudela románica, programada por Albea Asociación de Jubilados y Pensionistas a la que pertenecemos. La cita era para las cuatro de la tarde en la puerta del Museo de Tudela, enclavado en el Palacio Decanal. Comenzamos por el hermosísimo claustro de la catedral al que me voy a referir en esta entrada.

Componen este claustro cuatro galerías constituidas por arcos de medio punto, apoyados en cincuenta capiteles sostenidos alternativamente por columnas dobles o tripes. En estos capiteles historiados se nos presentan temas de la infancia y vida pública de Jesús, la pasión de Cristo, diversas hagiografías y otros  como escenas de caza,  músicos, alguna parábola, aves etc.

De entre todos estos capiteles destaca uno, considerado el más bello, en el que se narra  la resurrección de Lázaro. La plasticidad de los pliegues de las vestiduras, incluso las de la mortaja, es digna de encomio. El maestro escultor fue un adelantado en el tiempo y en el arte al expresar  sentimientos tales como la sorpresa o el hedor que los dos discípulos sienten llevándose  la mano a la nariz para evitarlo, así como la disposición de los personajes en distintos planos dándole un sentido tridimensional, hechos inusuales en el románico.

La resurrección de Lázaro

Poco a poco y con toda minuciosidad, nuestra guía nos fue haciendo partícipes de la historia, vicisitudes y problemas de este claustro.  Comenzó a construirse esta arquería entre los años 1180 a 1185, con piedra caliza tipo campanil, y duró 24 años. Existe un documento de 1186 en el que se describe la donación de unas casas para las obras del claustro nuevo de Santa María. Los capiteles parecen ser obra de un único taller, posiblemente el mismo que trabajó los relieves en el interior del ábside de la Seo de Zaragoza y, muy probablemente, construyó la portada de la ermita navarra de San Bartolomé de Codes.

Explicación pormenorizada de los capiteles

En 1940, ante el mal estado de alguno de los capiteles, se efectuó una restauración en la que se decidió reponer las piezas deterioradas  por unas nuevas realizadas en piedra arenisca. Este hecho, que en ese momento se creyó adecuado,  ha originado posteriormente una serie de problemas que está llevando esta maravilla a una rápida ruina.

Capiteles historiados, lisos y protegidos por malla

La humedad causa que una piedra se introduzca dentro de la otra produciéndose una reacción química que hace que la piedra caliza estalle de dentro hacia afuera desgajando las figuras. Los capiteles en los que ya había desaparecido la iconografía se sustituyeron por otros completamente lisos puesto que se desconocía la figurativa original.  Además, en los años 50, se utilizó cemento portland en algunos capiteles lo que todavía ha agravado más la situación dada la agresividad de este producto con la piedra caliza.

Otro ángulo del claustro.

El grupo Arbotante de la universidad de Zaragoza ha realizado algunos estudios sobre el problema que atañe a nuestra catedral.  La realidad es que los capiteles se están deshaciendo como azucarillos en el agua y es de destacar que el 85% de los daños se han producido en este último siglo. Algunos capiteles se han rodeado de mallas, no para protegerlos sino para evitar que los trozos desprendidos desaparezcan ya que se espera en un futuro poder repararlos con las actuales tecnologías que permiten conservar la piedra.

Lamentablemente a los enemigos que ya tenía nuestro espléndido claustro ha venido a unirse la falta de recursos económicos debido a que la actual crisis hace que estos se destinen a otras necesidades al parecer más perentorias.

La catedral desde el claustro

Abandonamos este maravilloso recinto para continuar nuestro recorrido apesadumbrados por la alarmante situación de esta joya del románico en Navarra no sin antes contemplar una de las bonitas vistas de la catedral de Tudela que se aprecia precisamente desde el interior del claustro.


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