sábado, 31 de mayo de 2014

Madrigal a Cáceres



En sus vetustas calles empedradas
se percibe el perfume de las flores
colmando de frescura y de sabores
la secreta oquedad de balconadas.
Me deleita volver
de nuevo a recorrer
sus rincones, su adarve, los oscuros
dinteles blasonados,
las torres con remates almenados,
los velados aljibes intramuros.



Felipe Tajafuerte
2014

lunes, 26 de mayo de 2014

En las Tablas de Daimiel

Salimos pronto, después del desayuno matinal. Poco a poco el paisaje fue trocando el verde de los cereales, salpicado del tono rojizo de las parcelas labradas, por los más que incipientes brotes de las vides, tanto de vaso como de espaldera, en la comarca de Tomelloso. Nuestro autobús siguió rodando por la A-43, atravesando la provincia de Ciudad Real. Dejamos atrás las poblaciones de Manzanares y Daimiel. Por el camino, nos deleitamos al contemplar la bella alfombra que, con un insultante bermellón,  habían tejido los ababoles. En la lejanía las formaciones difusas de los Montes de Toledo cabalgaban sobre el horizonte. Eran las diez y media de la mañana cuando entramos en el Parque Nacional de las Tablas de Daimiel. Bajamos del autocar y nos encaminamos para hacer nuestro recorrido.

Los tarayes a ambos lados de la senda
El humedal,  situado a caballo entre los términos municipales de Daimiel y Villarrubia de los Ojos, está formado por las inundaciones del río Guadiana, que vuelve a aparecer tras su desaparición poco después del embalse de Peñarroya, y las aguas salobres del río Cigüela. La escasez de pendientes favorece la retención y el estancamiento de estas aguas, originando varias islas y conformando un paraje de gran belleza y alto valor ecológico donde conviven aves y plantas en singular armonía.

Una vista del parque
A pesar de los problemas que acechan al parque, en esta época se encuentra con un nivel freático más que aceptable, dando la impresión de haber superado la degradación temida durante algún tiempo. Iniciamos nuestra visita por una pista, bajo la sombra de los tarayes plateados, tamarices los llamamos en Tudela, hacia la laguna de aclimatación. Penetramos en el observatorio de madera y, a través de sus ventanas, contemplamos unos patos que nos obsequiaron con sus inmersiones.


En la laguna de aclimatación
A partir de aquí comenzamos el verdadero recorrido por la ruta de la Isla del Pan. Por unas pasarelas muy acordes con el lugar, fuimos saltando de isla en isla. Vimos agua por todas partes, un agua oscura, delimitada por masiegas, eneas, carrizos y juncos; produciendo unos reflejos increíbles de toda esta flora con los azules algodonados del cielo.  Espejos que hicieron que mi entusiasmo por la fotografía se desbordase sin saber a donde acudir.


Un mundo de reflejos

Agua, vegetación, cielo
Nos detuvimos unos instantes en la casita de los pescadores y continuamos por una senda, a cuyos lados crecían las amapolas de flores carmesíes y los cardos, todavía sin flor, hasta llegar al observatorio de la Isla del Pan.


Fauna y flora
Desde aquí se puede contemplar la panorámica completa del parque, la vegetación exuberante de las islas y los meandros que dibuja el Guadiana. Proseguimos en dirección al bosque de tarayes. El sonido amortiguado de nuestros pasos sobre la madera de las pasarelas, se abría camino entre los trinos incesantes de los pájaros.


Nos acompaña el trino de este ejemplar
Penetramos en el bosquecillo. A ambos lados de la senda sinuosa los troncos perfilan formas caprichosas alternando el verde de las finísimas hojas con el amarillo crema de los racimos de sus flores.


En el bosque de tarayes
A la salida, más agua, más pasarelas, más islas. En una de ellas, las aves habían puesto a secar los pañuelos blancos de sus alas en las ramas secas de los arbustos.


Las aves en la isla cercana
En el agua los ánades rompían con sus estelas los espejos verdiazules de la laguna.


Un ánade marca su camino 

Los troncos hundían sus extremidades con formas oblicuas buscando el tesoro de sus recuerdos en el fondo.


Reflejos
Los aficionados a la fotografía nos fuimos quedando rezagados y, cuando finalizamos el recorrido circular que se nos había propuesto, nuestros compañeros estaban a punto de subir a autobús.


y más reflejos

El paseo, de unos dos kilómetros, con una duración de algo más de hora y media, se me hizo corto, sin apenas darme cuenta de que el tiempo transcurría inexorablemente. 


Como en un espejo
Dado que en el recito del parque no hay ningún establecimiento de hostelería donde pudiéramos tomar unas cervezas, pretendimos hacer una parada en el restaurante existente a la entrada del mismo, pero se encontraba cerrado. Un poco más adelante vimos otro, cuyo letrero indicaba que estaba abierto. Juani, nuestra guía, nos informó que nunca había parado en él y desconocía cómo era. Descendió para informarse, permaneciendo nosotros en el autocar. Cuando volvió, la perplejidad se dibujó en su rostro al confesarnos:
- Nunca me había sucedido esto; uso palabras textuales: "no os voy a atender porque para lo que voy a ganar... además estoy sólo". 
Nuestro asombro no tuvo límites al darnos cuenta de que, en los tiempos que corren, todavía queda alguien sin las suficientes ganas de trabajar si todo un autobús se detiene ante su puerta, cuando otros muchos lo están suspirando. El restaurante en cuestión responde al apelativo de Los Pinos y, posiblemente sus dueños sean de aquellos que se quejan de la situación de crisis del país. 


Mi última foto del parque
Facilito su nombre para que si alguien tiene la tentación de entrar en él, sepa a qué atenerse. Parece ser cierto el dicho de que Dios da pañuelo a quien no tiene mocos. Quienes ganaron fueron los establecimientos de Ruidera, población cercana a Ossa de Montiel, donde paramos para tomarnos el aperitivo. 


miércoles, 21 de mayo de 2014

Fin de semana, aves y otras cosicas

Coincidí este fin de semana que me encontraba en Cáceres con su Festival de las aves. Una de las actividades programadas, que obtuvo una gran aceptación, fue un maratón fotográfico dedicado a estos animales de pico y pluma. 

Como no me obligaba a nada, por indicación de mi hijo, me inscribí en el certamen, más que nada por incrementar el número de participantes, por hacer bulto que decimos aquí. 

Acudimos a la plaza de Santa María y allí nos proporcionaron información precisa sobre las aves más características de la zona, unos planos delimitando el área urbana de actuación y un chaleco, un par de tallas menor que la que uso, eso sí, con numerosos departamentos y una bonita inscripción en la espalda.

Armado con mi cámara me dispuse a pasar el tiempo entretenido en fotografiar pájaros, algo que me resulta muy difícil ya que para cuando me preparo han echado a volar.

Este no se me escapó
No obstante, a disparos de obturador fui cazando de todo: una cigüeña, un milano, una paloma, un gorrión y alguna cosilla más que no tenía plumas.

Una cigüeña espectante

Este gorrión aparecerá en alguna serie televisiva
No me aburrí; sin embargo, entre col y col, me dediqué a pasear contemplando el ambiente multicolor de la plaza de la concatedral, propiciado por la afluencia de familias atraídas por los actos organizados y por la excelente temperatura, muy similar a la de un día veraniego. Allí había unas cuantas carpas dirigidas especialmente al público infantil: talleres de pintura, de disfraces, de baile, de huellas, otra de audiovisuales... actividades para todos los gustos.

Todo el mundo a bailar

Esta paloma contempla el espectáculo
En la Plaza de San Jorge un par de actores representaban una función imitando a las cigüeñas, haciendo piruetas en dos columpios. Mis nietos observaban sus evoluciones con la boca abierta. Volví a la plaza de Santa María y me senté en unas gradas de la iglesia a observar lo que acontecía.

Me dio por las antenas

Se me acercó una joven, micrófono en mano, solicitándome una entrevista a la que accedí. Las preguntas de rigor: qué me parecía la feria, si era fotógrafo, si era de Cáceres... en fin, lo que suelen preguntar en estos casos. No me apercibí de ello, pero probablemente se trataba de una televisión local ya que, más tarde, vi a la chica del micrófono, acompañada de un cámara, interrogar a otra persona.

¡Ay!, perdón, me había paicido un pajaro.
En la calle Arco de la Estrella, un joven con una guitarra interpretaba, con mucho arte, lo que me parecieron unos fandangos, aunque no entiendo mucho de arte flamenco. Sevillanas no eran, desde luego. Contribuí con agrado a incrementar su recaudación.

Este se me dio mejor, se estaba quietico
La verdad es que, como quien no quiere la cosa, hice unas cuantas fotografías de aves y de todo lo que se me ocurrió. Por supuesto, sin intención de presentarlas, sino por el simple placer de hacerlas. Así fue transcurriendo el tiempo sin apenas darnos cuenta. Descendimos a la Plaza Mayor, donde había un gran ambiente con las terrazas abarrotadas.

Dos cañas y ración de oreja con patatas: dos euros. A ver si toman nota los de Tudela
En una tapería de una calle transversal a la de Pintores nos acomodamos para tomar una aperitivo. Las cañas, a precio muy asequible, fueron acompañadas de unas tapas, costumbre arraigada en la ciudad, en la que en algunos bares son abundantes y variadas; algo muy distinto a lo que sucede en nuestra tierra, en la que es casi milagroso que  unas cervezas, cobradas a riñón, vengan unidas aunque sea a un triste acompañamiento de cerdo de plástico o comida de monos. Pienso que será por el afán que tienen de vender el pincho, muy elaborado lo reconozco, pero que cuesta el otro riñón.

viernes, 16 de mayo de 2014

Mutación

El miércoles veintitrés del pasado mes de abril, día del libro, tuvo lugar en Castel Ruiz la resolución del concurso de microrrelatos con la votación popular que eligió los dos ganadores de un total de diez seleccionados.  No tengo por costumbre el presentar mis escritos a concursos, sin embargo, a éste lo he hecho por tercera vez consecutiva, correspondiendo a la invitación de nuestro profesor del Taller de Escritura Creativa. En esta ocasión, el mío no se encontraba entre los elegidos; no obstante, transcribo el relato presentado por unas razones que son muy válidas para mí: en primer lugar, porque publiqué los que fueron seleccionados en años anteriores, El legado y El carrico del helado, y este no va ser menos, a pesar de no haber gozado de la misma consideración; en segundo lugar, porque lo escribí el pasado año con la misma ilusión que los anteriores; en tercer lugar, porque no pienso presentarlo a ningún otro concurso, por tanto, no tengo que reservarlo; y sobre todo, aunque esto sea muy subjetivo, porque me satisface lo suficiente como para no desecharlo. Aquí lo tenéis, lleva por título


Mutación
Su gran pasión, el tiro con arco, absorbía toda su atención de manera obsesiva. En cierta ocasión lanzó sus flechas contra el lucero del alba. Y acertó. La aurora se tiño de un rojo sanguinolento sin que las aves pudieran evitarlo. Fue al despuntar la primavera cuando los primeros síntomas comenzaron a aflorar. Su rostro se volvió lampiño y unas protuberancias, de las que asomaban unos plumones, surgieron de su espalda, junto a los omoplatos. La comezón de un sentimiento insaciable de amor prendió en su corazón abrasándolo. Las plumas crecieron más y más, transformándose en unas grandes alas de nácar. Aprendió a volar sin red. El carcaj de sus sueños siempre estaba avizor de nuevas dianas a las que disparar y éstas, paulatinamente, fueron adquiriendo forma humana. Sus dardos, embebidos del virus perturbador de la ternura, impactaban en el blanco, extendiéndose por todo el planeta, poniendo en peligro la supervivencia del sistema. Los hombres de negro se aprestaron a la lucha contra el enemigo redivivo, prepararon sus venablos impregnados del veneno del egoísmo y la indiferencia y afilaron los cuchillos del odio para cortar las alas al nuevo Cupido.




Felipe Tajafuerte
2013

martes, 13 de mayo de 2014

Aýna, la Suiza manchega


Salimos al punto de la mañana de Ossa de Montiel, en cuyo único hotel hemos plantado nuestros reales. A pesar de la frescura matinal, he dejado aparcada la ropa de algo más abrigo que traje durante el viaje, sustituyéndola, en vista de la calurosa tarde con que fuimos recibidos ayer, por una más veraniega que, prudentemente, metí en la maleta.

En la cima la imagen de la patrona.
A ambos lados de la carretera, el amarillo florido de las retamas da paso a la singular mezcla de los verdes de los cereales en desarrollo y los impactantes almagres de los barbechos, que se alternan con vastas extensiones de encinas perdiéndose en el profundo azul del horizonte. Paulatinamente, el paisaje va modificándose y la imponente meseta roqueña donde se ubica el castillo de Peñas de San Pedro, vigila el paso de nuestro autobús hacia la Sierra de Alcaraz, camino de Aýna, la Suiza manchega.

Peñas de San Pedro desde el autobús
Conforme vamos ascendiendo los pinos van ocupando el lugar que han dejado las encinas y la ruta se hace más sinuosa. Poco después iniciamos el descenso con la carretera encajonada entre rocas. De súbito se nos abre la panorámica de un profundo valle cercado de enormes farallones rocosos.

Mirada desde abajo
Nada más de pensar que tenemos que llegar hasta abajo da vértigo. La cinta gris de la carretera dibuja zigzags milagrosos en el tajo rojizo de la montaña, y las casas semejan descolgarse con osadía, entre los peñascos, hacia el abismo.

La carretera a media altura
Enfrente, un pico puntiagudo se yergue del fondo mostrando en lo más alto una imagen de la patrona del pueblo. En el hondo abisal del barranco discurre, apenas perceptible, el río Mundo. El diccionario de Madoz dice refiriéndose a Aýna: "... es montuosa y tan áspera, especialmente a las márgenes del río, que solo es accesible a las cabras montesas"

Abajo, el río Mundo casi no se ve
Una vez abajo nos espera el guía local. Comenzamos la visita por las calles de la villa. A mi entender, el caserío desluce tan encantador paraje: casas anodinas, sin orden ni concierto, de diferentes alturas, carentes de un estilo propio, pequeños hoteles y apartamentos que podrían situarse en cualquier lugar de nuestra geografía. Existen algunos rincones dotados de gran belleza, pero siempre hay algo que los estropea: una tapia de ladrillos sin lucir, una viga de hormigón, un chamizo de bloques de cemento, una puerta de almacén de chapa "pegaso"... Para mi gusto, un verdadero desastre.

Las casas se descuelgan
Subimos, quizás, por lo más destacable, las calles estrechas de la parte árabe, hasta el mirador de los Mayos, al que se accede a través de la brecha abierta en una enorme roca, estropeada también por ciertos arreglos chapuceros.

Brecha en la roca. Mirador de los Mayos
El panorama desde este mirador es espectacular, con la montaña puntiaguda enfrente y el río Mundo discurriendo por el fondo del pequeño valle, en el que se ven huertos muy bien cuidados, hasta perderse en los angostos vericuetos de los montes que parecen querer impedir su salida de la vaguada. 

Un rincón "aprovechable"
Descendemos hasta la iglesia de Santa María de lo Alto. El templo fue construido en 1953 sobre los restos del castillo de de la Yedra y la ermita de la Virgen de lo Alto, patrona de la ciudad, cuya antigua advocación de Virgen de la Raja fue sustituido por el actual, por motivos obvios que no hace falta explicar. Es de destacar la torre de sillería del siglo XVII que pertenecía a la citada ermita.

Desde la Plaza Mayor
Continuamos hasta la plaza Mayor. Tiene una forma un tanto peculiar, ahusada, que sirve de auditorio al aire libre ya que uno de sus lados largos está formado por escalones. Se utiliza también como plaza de toros, y en otro de los lados, frente a las gradas, se encuentra el ayuntamiento y un pequeño museo etnográfico. 

Vista desde la iglesia
Siguiendo por la calle Mayor, topamos con la ermita de Nuestra Señora de los Remedios, cuya apariencia exterior es el de una casa más a pesar de que en la entrada se puede apreciar un arco de medio punto con dovelas. En la actualidad, se encuentra desacralizada  y dedicada a una exposición relativa al filme "Amanece, que no es poco", rodada en estos escenarios.  A destacar un precioso artesonado mudéjar.

Otro rincón apreciable
Por palabras de nuestro guía colegimos que los ayniegos se sienten orgullosos de sus fiestas y del encierro de toros que discurre por sus calles escabrosas y, según él, muy bien reflejado en un vídeo casero emitido en el popular espacio televisivo Vídeos de primera. Como no soy un televidente asiduo no me entero del programa en cuestión. También tienen la satisfacción de que José Luis Cuerda utilizase su pueblo como uno de los escenarios de la citada película.

Para salir hay que volver arriba
Nos dirigimos tranquilamente al autocar. Una vez acomodado, recuerdo los pueblos que he conocido del norte, aragoneses, andaluces, extremeños o castellanos, por decir algunos, tan encantadores; y me pregunto ¿cómo es posible que los habitantes de un lugar tan extraordinariamente agreste y pintoresco, con tantas posibilidades como Dios les ha dado, no hayan sido capaces de adecuarse al entorno y lograr unas edificaciones más acordes con él y no tan vulgares? Un si es no es adormilado, y sin saber por qué, me viene a la memoria una de las escenas de la surrealista película del director albaceteño en la que se dicen estas palabras:  "de orden del señor cura, se ha de saber,  que Dios es uno y Trino". Debe ser cosa de la siesta borreguera, como llaman por aquí a la que nosotros decimos del carnero.



martes, 6 de mayo de 2014

Siempre



Cuando de amor tenía sed, me diste a beber
en tus labios jugosos temblorosa ambrosía.
Cuando el hambre de besos llegaba al paroxismo,
de tu boca vertiste, pródiga,  el calor fresco
del maná.  Cuando el frío de la tristeza anclada
dentro del pensamiento agosta mis percepciones,
me abrigas con cercana y continuada alegría.
Cuando por mis mejillas ruedan tercas las lágrimas,
el lienzo primoroso de tus dedos viajeros
me las enjuga. Cuando el camino se hace largo,
tiendes tu mano fértil y amenizas mi vida.
Cuando llega el invierno de mis sienes plateadas,
reverbera en mis sueños el brillo de tu estío
vivo. Siempre dibujas mi piel con tu presencia.


Felipe Tajafuerte
2014

sábado, 3 de mayo de 2014

La culeca o clueca

Hoy, día tres de mayo, se celebra en Tudela la fiesta del Cristo en la ermita del mismo nombre, situada en el extrarradio de la ciudad, aguas arriba del Ebro, en la margen derecha. Un festejo, en la actualidad, dedicado muy especialmente a los niños, a los que la Orden del Volatín, provee de una golosina muy popular: la "culeca". 

Instaurada la romería en abril del año 1734, siempre ha gozado de gran predicamento por parte de los tudelanos. La devoción a esta imagen del crucificado que, según cuenta la tradición, bajó flotando por el río hasta detenerse a las puertas del antiguo monasterio existente en el lugar, rivaliza con la que acapara Santa Ana. Ambas efigies han sido objeto en numerosas ocasiones de rogativas tanto para atraer las lluvias como para su cese.

Aspecto de una culeca tudelana
En esta festividad es costumbre muy tradicional el comer la típica "culeca". Se trata de un gran bollo dulce, confeccionado en el horno y en cuyo interior se introducen uno o dos huevos sin quitar la cáscara. Lo habitual es consumirla con chocolate, apartando los huevos para pelarlos cuando se vayan a comer. Está deliciosa de cualquier manera; no digo nada untadica en el chocolate a la taza. Las numerosas referencias en los periódicos locales de las dos últimas décadas del siglo XIX, indican que originariamente se las denominaba "cluecas". 

Esta es de un solo huevo
Esta práctica es pues muy antigua. Luis María Marín Royo, en su libro Costumbres, tradiciones y maneras de vivir, nos dice, respecto a este dulce, que las primeras noticias sobre estas cluecas o culecas se encuentran en un anuncio de 1887 en el periódico tudelano Diario de Avisos. En él la Confitería de Castro pone en conocimiento de la ciudadanía que ha comenzado la fabricación de cluecas, asegurando que "los parroquianos quedarán tan complacidos como todos los años"; para añadir a renglón seguido, que también fabrica "cluecas de tortada con longaniza y ternera". También en 1889, sigue diciendo Marín, la Confitería y Abacería de la Viuda de Boldoba e hijos, anunciaba cluecas de leche, con precios entre un real y siete.

Sacamos el huevo de su interior
Las culecas que se consumen en la Romería del Cristo de Tudela son típicas además en otras localidades. Como no quiero meterme en berenjenales, ni en camisa de once varas, diré solamente que las de aquí, aunque en la actualidad se fabriquen en algún pueblo de los alrededores, son excelentes, adoptando la forma más simple: el bollo con uno o dos huevos. Los sorianos de Ólvega catan las suyas con motivo de la Romería de San Marcos; los aragoneses de Ateca  en su Jueves Lardero y los de Borja para San Jorge. En en el pueblo riojano de Alfaro, también en el Jueves Lardero, dan cuenta de unas culecas cuyos ingredientes imprescindibles son los huevos y el chorizo. 

Queda un poquito de culeca y el huevo
A través del blog Moncayo tierra de fronteras me entero de que, en el pueblo moncaino de Ambel, se degustan otras muy curiosas, todas con la misma masa; unas con forma de mujer embarazada con los brazos en jarras y un huevo en el centro como símbolo de fertilidad; algunas con forma de tortas con uno o dos huevos según sean para mayores o niños y otras, llamadas pajaricos, con forma de pájaro. 

Seguro que hay otros lugares donde son típicos estos bollos, en algún punto coincidentes con los "preñaos", pero no quiero seguir para que no se os pongan los dientes largos con una entrada tan dulce y relamida.

Estáis invitados a la romería del Cristo. Yo pongo las "culecas" y vosotros el chocolate; por favor, a ser posible negro, entre un ochenta y un noventa por ciento de cacao. Aquí os espero, nunca mejor dicho, comiendo un huevo.

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